Confesionalidad, Misión y Piedad.

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Uno de los problemas de la iglesia contemporánea es la Evangelización, o mejor dicho la misión. El no comprender realmente que es lo que conlleva el término en el sentido bíblico ha provocado un desajuste al formato que Jesucristo y sus Apóstoles nos enseñan a través de las Escrituras. La Historia es testigo de los esfuerzos evangelizadores de la Iglesia primitiva pasando por la era protestante de los Reformadores.  “Cuando la verdad bíblica y reformada es amada y correctamente enseñada, la evangelización y la actividad misionera abundan”. Con esto se quiere decir que debe haber una enseñanza correcta de la verdad bíblica, la cual lleva a un ejercicio correcto en la vida práctica y en la misión que corresponde a la Iglesia.

Este tratado quiere traer nuevamente a la memoria y práctica lo que las Iglesias confesionales han enseñado siglo atrás y que hoy se ha perdido con el tiempo. Tomo las palabras de Jesucristo en el evangelio de San Mateo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mat. 28: 19-20).

Por tanto ¡Id!

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat. 28: 19-20).

 Definitivamente éste es el versículo clave para comenzar con el tema, una orden directa de nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos, y por supuesto a nosotros, la cual llevaba mucha “urgencia” (¡id, vayan!). Con esta misma urgencia se cree que es necesario abordar el tema. Comencemos.

 La primera frase, “Por tanto, id”, en griego es poreúomai (πορεύομαι), su significado es: viajar, ir, andar, subir, seguir[1]. Podría traducirse como “las actividades generales de la vida”[2], se refiere a una vida conformada a la misión, que aprovecha cada instante para glorificar a Dios en llevar las Buenas Nuevas a todo hombre y mujer. Como dice Hendriksen: “que la evangelización del mundo estuvo desde el principio mismo incluida en el propósito de Dios”[3]. Claramente este mandato no se conforma a una forma puntual de evangelismo, o mejor dicho “impactos evangelísticos” usados comúnmente en nuestros tiempos, los cuales son superficiales y buscan un resultado rápido y pragmático[4], sino a un evangelio que aborda  todo y a todos, en todas las circunstancias de la vida.

Cada Creyente tiene la misión de extender el Reino de Dios y su Justicia, no solo transculturalmente, sino a todos.  Calvino escribe: “Somos llamados por el Señor con esta condición: que, después, todos nos esforcemos por llevar a los demás a la verdad, restaurar a los errantes al camino derecho, tener una mano ayudadora a los caídos, ganar a los que están fuera”[5] Los verdaderos creyentes anhelan extender la verdad de Dios por todas partes y que Dios sea glorificado en esto.

“Haced Discípulos”, es un mandato enérgico.  Queda claro que la enseñanza es indispensable en la misión, Dios no nos llama a convertir al mundo, ya que este trabajo es obra de Dios mismo, pero sí nos llama a enseñar. Un discípulo es un aprendiz, un alumno que estudia, comprende y practica. Hendriksen comenta:

 

       “Es necesario que los pecadores sepan acerca de su propia condición perdida, de Dios, de su plan de redención, de su amor, de su ley, etc. Sin embargo, esto no es suficiente. El verdadero discipulado implica mucho más. Un entendimiento puramente mental hasta ahora no ha hecho ningún discípulo. Es parte del cuadro, de hecho, una parte importante, pero sólo una parte. La verdad aprendida debe ser practicada. Debe ser apropiada por el corazón, la mente y la voluntad, para que uno permanezca o continúe en la verdad. Sólo entonces uno es verdaderamente “discípulo” de Cristo (Jn. 8:31)”.[6]

 

Después de ver los significados en el original de “Por tanto, id” y “Haced Discípulos” nos pasaremos inmediatamente a unas líneas más abajo, me refiero a  la palabra “enseñándoles”, la cual   en el griego es didásko (διδάσκω), y su significado es: “enseñar, instruir, aprender”. Con esto vemos claramente que la misión, evangelismo no solo es hacer el llamado: “Dios tiene un plan maravilloso para tu vida”, sino que es enseñanza e instrucción en doctrina de principio a fin. Es en esto en lo cual los Apóstoles se preocuparon en cada viaje misionero, como también en cada carta que escribieron. Esto lo podemos ver claramente en  Pablo que da instrucciones sobre la doctrina, como también defiende la misma (Rom. 1: 14-15; 1 Cor. 1: 10; Gal. 1: 8-9; Fil. 1: 9-11; Col. 1: 9-12).

Claramente el llamado es a ir y enseñar. Esta es la regla de la misión y el discipulado. En Deuteronomio 6:4-9 el llamado primordial es “Amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma y con todas tus fuerzas”. La reacción natural de cada verdadero creyente debe ser la  misión, no podemos decir que amamos a Dios si no nos movemos en esta dirección, ya que del amor debiera fluir el deseo de glorificar a Dios en todo y en todos, “Porque todas las cosas proceden de Él, y existen por Él y para Él. ¡A Él sea la gloria por siempre! Amén” (Rom. 11:36 NVI).

Algunos podrían, o mejor dicho, piensan que misión es prepararse un poco y viajar a otro continente y nada más que eso, pero Dios en su Palabra nos muestra el verdadero camino de la misión, el cual comienza en nuestro corazón, hogar, nuestros hijos y parientes. Deuteronomio 6: 4-9 es claro en decirnos: “Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades”.

La mayoría de nosotros hemos creído que el sentido de la misión es ir a otros solamente, pero no es así, nuestra primera misión es predicarnos el evangelio cada día, grabarnos en nuestros corazones las palabras del Dios Redentor. No solamente debemos hacer discípulos, sino que debemos hacernos discípulos de Cristo cada día.  Partiendo de este principio lo que sigue son nuestros hijos y o parientes. La enseñanza dentro de la familia es un mandato de Dios, y nuestros hijos son “hijos del pacto”. Ante esto nuestro deber es la enseñanza de la Palabra de Dios cada día y en todo lugar. No debemos desperdiciar el tiempo, sino clamar a Dios por su gracia en esta obra evangelizadora.

Debemos ser predicadores en nuestros hogares, en palabra y ejemplo que lleven ovejas a Cristo. Thomas Brooks escribe: “La vida de un predicador debería ser un comentario  de sus doctrina; su práctica debería ser el complemento de sus sermones. Las doctrinas celestiales siempre deberían ser adornadas con una vida celestial”[7]

Hoy nos vemos en la necesidad de estudiar más profundamente la Escritura con la ayuda del Espíritu Santo, no solo para dar un mensaje claro y verdadero, sino también, para actuar conforme a lo que  Cristo nos ordena en Su Santa Palabra. La Iglesia primitiva se preocupó por la edificación como por el evangelismo, hoy en día,  no debe cesar, sino que debe crecer progresivamente en la vida de los creyentes, tanto personalmente, como en comunidad.  Nuestro deber es predicar el Evangelio. “Por tanto, id… y Haced discípulos… enseñándoles”.

Juan Calvino, Enseñanza y Misión

“La gente llamó afortunado a Gerard Calvino cuando se casó con Jeanne le Franc, la hermosa hija de un posadero retirado. Su primer hijo fue Charles. Los dos siguientes murieron y luego vino Juan, el muchachito de los ojos penetrantes que vino a ser el favorito de sus padres. Nació a las 1:27 de la tarde, el 10 de Julio de 1509”.[8]

 La historia del cristianismo fue escrita con pequeños hombres que fueron usados grandemente por Dios, Juan Calvino es uno de ellos. Para muchos  solo fue un gran teólogo inmiscuido en las letras, preocupado de la doctrina y el desarrollo de esta, pero desconocen el espíritu evangelizador que brota desde sus mismos escritos. Calvino junto a otros reformadores, enseñó la evangelización, de forma general proclamando el evangelio con fervor y reformando a la Iglesia de acuerdo con los requerimientos bíblicos.[9] Él apuntó a la responsabilidad de los cristianos de ayudar en extender el Reino de Dios.

Según la visión de Calvino, la Misión comprende tanto de la soberanía de Dios, como también la responsabilidad del hombre. Dios usará a los hombres como instrumentos en su obra evangelizadora, es Dios quien convierte por obra soberana, pero se revela a través de la predicación del evangelio. Calvino dice que somos los colaboradores de Dios, Él nos permite participar del honor de proclamar a Cristo como Rey y Señor en todo el mundo.

La responsabilidad del creyente es orar por esta obra, que el evangelio sea extendido por todo el mundo, cada uno debe preocuparse por glorificar a Dios en esta gran Misión, no hacer esto sería una contradicción. Calvino escribe:

“Nada podría ser más inconsistente respecto a la naturaleza de la fe que aquella pasividad que lleva a un hombre a despreocuparse de sus hermanos y guardar la luz del conocimiento… en su propio seno”[10]

 Por gratitud debemos llevar el evangelio a todos, ejemplo hemos obtenido en Cristo, que entregó su vida por aquellos que serían salvados. El no hacer esto nos llevaría a parecer ingratos a Dios por nuestra salvación. Calvino enseñó que todo creyente debe testificar de palabra y hecho de la gracia de Dios a todo aquel con  quién se encuentre. Esto nos lleva a la frase “las actividades generales de la vida” (la cual me refiero en el primer capítulo).  Toda relación cotidiana que tenemos como seres humanos es una oportunidad para predicar el evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús. Calvino afirma el sacerdocio de todos los creyentes que implica la participación de la Iglesia en el ministerio profético, sacerdotal y real de Cristo. La “tarea real”, dice Calvino, tiene que ver con hacer discípulos, una base poderosa para la tarea evangelizadora de la Iglesia viviente.

Para Calvino la evangelización implica  un continuo llamado al creyente a ejercitar la fe y el arrepentimiento, esto es un compromiso de por vida. La evangelización demanda edificar a los creyentes en la fe más santa, según los cinco principios de la Reforma: Sola Escritura, sola gracia, sola fe, solo Cristo, sola gloria de Dios[11].

Calvino fue un notable practicante de este tipo de evangelización dentro de sus predicaciones. William Bouwsma escribe: “Predicó regular y frecuentemente sobre: el Antiguo Testamento los días entre semanas a las seis de la mañana, cada dos semanas; el Nuevo Testamento los domingos por la mañana; y los Salmos los domingos por la tarde. Durante su vida predicó, con este programa, unos 4.000 sermones tras su regreso a Ginebra: más de 170 sermones al año”[12]. La intención de Calvino en la predicación era  edificar como también evangelizar. Los predicadores, escribió, deben ser como padres, partiendo el pan en pedacitos para dar a comer a sus hijos.

En Ginebra se demandaban sermones en cada una de las tres Iglesias, primero a las 09:00. A medio día, los niños a clases de catecismo. A las 15:00, se volvían a predicar sermones en cada Iglesia. La visión de Calvino era reformar a los ginebrinos en todas las esferas de la vida. En sus ordenanzas eclesiásticas, demandaba tres funciones adicionales, además de la predicación, que cada Iglesia debía ofrecer:

 

  1. Enseñanza. Los doctores de teología debían explicar la Palabra de Dios, primero en las conferencias informales y, después, en el contexto más formal de la Academia de Ginebra, establecida en 1559. Para la época en que el sucesor de Calvino, Teodoro de Beza, se retiró, la Academia de Ginebra había preparado a 1.600 hombres para el ministerio.
  2. Los ancianos nombrados dentro de cada congregación eran, cuando Calvino vuelve a entrar en Ginebra, la asistencia de los pastores para mantener la disciplina cristiana, vigilando la conducta de los miembros de la Iglesia y sus líderes.
  3. Los diáconos de cada Iglesia estaban para recibir contribuciones y distribuirlas a los pobres. Inicialmente, las reformas de Calvino se encontraron con extrema oposición local. La gente en particular objetó el uso eclesiástico de la excomunión para ejercer la disciplina de la Iglesia. Tras meses de amarga controversia, los ciudadanos locales y los refugiados religiosos que apoyaron a Calvino ganaron control de la ciudad. Durante los últimos nueve años de su vida, el control de Calvino de Ginebra fue casi completo[13]

Calvino quería que la ciudad se convirtiera en una especie de modelo reformado para el reinado de Cristo por todo el mundo. La influencia de Ginebra se extendió por Francia, Escocia,  Inglaterra, Holanda, algunas partes de Alemania occidental, regiones de Polonia, Checoslovaquia y Hungría. La Academia de Ginebra se convirtió en mucho más que en un lugar donde aprender teología. Philip Hugues escribe:

“La Ginebra de Calvino era mucho más que un refugio o una escuela. No era una torre  de marfil teológica que vivía para sí misma, olvidada de su responsabilidad en el evangelio para con las necesidades de los demás. Barcos humanos eran equipados y reparados en este puerto… para emprender un viaje por el circundante océano de las  necesidades del mundo, enfrentándose con valentía a todas las tormentas y  peligros que les esperaban, para llevar la luz del evangelio de Cristo a quienes estaban en la ignorancia y tinieblas de las que ellos mismos habían salido originalmente. Eran enseñados en esta escuela para que ellos, a su vez, enseñaran a otros la verdad que los había hecho libres”[14]

Claramente Calvino estaba interesado por la Misión, que el evangelio se extendiera por todo el mundo. La enseñanza dentro de la Iglesia, donde se usaban “catecismos”, era primordial para llevar la semilla y tirarla por cada lugar, abarcando cada esfera de la vida cristiana. Él creía que la gran comisión no solo era para los apóstoles, sino para todo creyente. Por esto mismo era necesario la preparación en el estudio de la Palabra de Dios.

 “La Gran Comisión no está dirigida sólo a los once. Es el programa a seguir para todos los discípulos. Ser un discípulo es ser un hacedor de discípulos”[15]

La Misión dentro de la iglesia siempre ha sido el talón de Aquiles. El desarrollo de Teología es un área importante dentro de la misma, para Calvino era así, pero ésta iba llena de un espíritu evangelizador que abarcaba todas las esferas. ¡Que esta visión del padre de la Reforma florezca en este tiempo! Y que nuestra teología sea complementada por la Misión de Dios en Su Iglesia para Su gloria.

La enseñanza teológica, la confesionalidad y los catecismos van de la mano con la misión. Calvino no solo era un hombre de una mente brillante, sino también un hombre piadoso que buscaba glorificar a Dios a través de una vida sumida en la abnegación. No solo imitemos o busquemos el conocimiento que este hombre nos muestra en cada uno de sus escritos, si hacemos esto caeremos en un grave error. Muchos están hambrientos de conocimiento, pero lamentablemente tienen vidas contrarias a lo que profesan. Éstos leen a los reformadores, pero evitan la vida práctica de cada uno de ellos. La consecuencia es una misión estéril que hace el llamado a una generación que no ve la transformación que produce el evangelio en aquellos que han creído. Examinemos nuestros corazones a la luz de las Escrituras y obedezcamos los que Dios nos ordena.

“Atendamos a lo que Dios nos ha ordenado, porque  a Él le place mostrar su gracia no solo a una ciudad o a un puñado de personas, sino que desea reinar sobre todo el mundo, para que todos le sirvan y le adoren en verdad”[16]

Los Puritanos

 La palabra “puritano” incluye a aquella gente que fue expulsada de la Iglesia de Inglaterra por la Ley de Uniformidad de 1662. El término, sin embargo, también se aplica a quienes en Gran Bretaña y Norte América, durante varias generaciones después de la Reforma, trabajaron para reformar y purificar la Iglesia, y guiar a la gente hacia una vida bíblica y piadosa, consistente con las doctrinas reformadas de la gracia. El puritanismo surgió de, al menos, de tres necesidades: (1) La necesidad de una predicación bíblica y una enseñanza de doctrina reformada sana; (2) la necesidad de una piedad bíblica y personal que acentúe la obra del Espíritu Santo en la fe y vida del creyente; y (3) la necesidad de la restauración de una simplicidad bíblica en la liturgia, vestimenta y gobierno de la Iglesia, de modo que una vida de  Iglesia bien ordenada promoviera la adoración del Dios trino como es prescrita en Su Palabra[17]. Su fe era un calvinismo dinámico; compartieron la pasión de Pablo por la santidad personal y por la gloria de Cristo en su iglesia; y su propósito constante y unificador era promover la predicación espiritual y buscar la revitalización del ministerio.[18]

J. I. Packer escribe: “Los Puritanos trataron de aplicar las verdades eternas de la Escritura a las circunstancias particulares de su propio día: moral, social, política, eclesiástica, etc. Si mantenemos la verdadera tradición puritana, debemos buscar aplicar esas mismas verdades a las circunstancias alteradas de nuestros días. La naturaleza humana no cambia, pero los tiempos sí; por lo tanto, aunque la aplicación de la verdad divina a la vida humana siempre será la misma en principio, los detalles de la misma deben variar de una época a otra.”

Sobre la evangelización

 Los puritanos no utilizaban la palabra “evangelización”, pero eran evangelizadores en todo sentido. Para ellos la evangelización era una tarea de la Iglesia centrada en las Escrituras, y particularmente sus Ministros. Ellos eran pescadores de hombres que llevaban  a estos a la fe y el arrepentimiento, y todo esto en una vida en santificación y piedad.

Al igual que los reformadores, los puritanos eran catequistas. Creían que los mensajes del púlpito debían ser reforzados por el ministerio personalizado mediante la catequesis –la instrucción en las doctrinas de la Escritura usando los catecismos-. La catequesis puritana fue evangelizadora en varios sentidos[18]. Varios de los ministros puritanos crearon catecismos con la mentalidad de ayudar a los niños, jóvenes y adultos en comprender las doctrinas de la Escritura, los padres eran instruidos, para  enseñar a sus propios hijos, y así fortalecer los fundamentos doctrinales de la Iglesia en contra del error, y por supuesto, como hacer apologética en este sentido. En su mayoría la catequesis era la continuación de los sermones, y una manera de alcanzar al prójimo. Joseph Alleine, según dicen, continuaba su obra del domingo, cinco días a la semana, catequizando a miembros de la Iglesia y alcanzando con el evangelio a gente que se encontraba en las calles[19].

Como vemos la catequesis era evangelizadora, y con razón de examinar el corazón de las personas. Tanto Reformados como puritanos usaron estos métodos bíblicos de enseñanza y evangelización, un sistema que con el tiempo fue perdiéndose y quedando en el olvido. En los siglos en que el avivamiento protestante estuvo en su más alto nivel, estos métodos eran las bases en las comunidades de creyentes. La base doctrinal es una falencia dentro de las iglesias confesionales en este siglo, y al echar una mirada al pasado, es necesario reconocer que el vino viejo es mejor que el nuevo.

Iain Murrai escribe: “Sería insensato ignorar la gran diferencia que existe entre nuestros días y los de nuestros antepasados del siglo diecisiete. Sus tiempos se caracterizaron por las poderosas operaciones del Espíritu de Dios. La observancia de la oración secreta y el culto familiar, la audiencia de sermones de dos horas de duración, la celebración de días de acción de gracias o de ayuno, eran tareas agradables para gran parte de la gente”

El error de la iglesia contemporánea es alejarse de la verdadera tradición reformada. Hoy vemos cómo se coquetea con el progresismo y el liberalismo teológico. Muchos de los nuevos ministros desconocen la piedad, desconocen el quebrantamiento de un corazón que ha contemplado la gloria de un Dios Santo y que está continuamente asombrado por la inmensidad de Dios. Pero alguno replicará que el mover de Dios se ve en estos movimientos, las iglesias se están llenando y que todo va bien, la misión avanza. Claramente existe un mover, pero ¿es el mover de Dios? ¿Es la predicación fiel centrada en Cristo en centro de este mover? Debemos hacernos estas preguntas y examinar lo que se nos presenta como bueno y agradable a nuestros corazones caídos.

Si miramos al pasado, el mover de Dios era en el poder del Espíritu Santo y en la predicación fiel del evangelio, que desembocaba en corazones totalmente quebrados ante el poder del evangelio. Iain Murray escribe: Thomas Goodwin, después de escuchar la predicación de Rogers de Dedham, colgó “un cuarto de hora llorando en el cuello de su caballo, antes de tener poder para montar”. Desde las Casas del Parlamento hasta las casas de humildes habitantes, la piedad era conocida y amada. Un escritor de historia de la Escocia del siglo XVII dice: “Hubo la atmósfera de un paraíso de comunión con Dios”.

Confesionalismo

 Hacia el año 1649 la Asamblea de Westminster había concluido el trabajo para el cual fue llamada. Los siguientes documentos fueron producidos: La confesión de fe, la forma de gobierno presbiterial, El catecismo mayor y el menor, el Directorio de adoración pública y el Salterio con 150 salmos[21].

El objetivo principal de la Asamblea de Westminster era estructurar un sistema de gobierno eclesiástico y adoración pública, que pudiera unificar los reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Uno de ellos, Parlamento inglés, declaro que la Asamblea de Westminster tenía poder y autoridad para asuntos y temas referidos a la adoración, disciplina y gobierno de la Iglesia, como también la vindicación, purificación de la doctrina, de todos los errores y calumnias[22]. En 1649 fue ratificada por el Parlamento de Escocia, para ser luego rescindida por el Parlamento de 1661, y luego nuevamente ratificada por el Parlamento de 1690[23].

En su mayoría, las Iglesias reformadas confiesan que estos documentos constituyen una fiel exposición de las doctrinas fundamentales de la Palabra de Dios. Por eso  creemos, y confesamos y los estudiamos como subordinados a la Palabra de Dios, que es la única regla de fe y conducta.

Como  Iglesias confesionales, la enseñanza estaba fundamentada en la Confesión, estos artículos que a lo largo de los siglos nos ha guardado del error y la herejía.

Un ejemplo son los Bautistas, y entre ellos los puritanos bautistas, fueron apegados a su Confesionalidad, en sus enseñanzas y catecismos, fuero practicantes de estos métodos en la comunidad y en la misión, uno de ellos era Charles Spurgeon, quien creo catecismos para la enseñanza de niños y adultos. Ante estos documentos, no sólo está el esfuerzo espiritual y teológico de un grupo de hombres, sino también la sangre de miles de mártires los cuales entregaron sus vidas por expandir el Reino de Dios por todo el mundo. Claramente la historia nos muestra el camino que hemos perdido durante el transcurso de los siglos, la enseñanza confesional y catequista que afirmó a la iglesia en los momentos más terribles en la historia de la humanidad. Que Dios incline nuestro corazón y haga atento nuestro oído a Su Palabra.

Meditemos

 La realidad en función de los métodos contemporáneos de enseñanza, muestran claramente las falencias que desembocan en la Misión. Partiendo epistemológicamente el problema es este, los fundamentos han sido cambiados y desplazados por métodos pragmatistas y humanistas que buscan resultados en base del sensacionalismo antropocéntrico. Pero este, es uno de los problemas, ya que por otro lado el intelectualismo ha llevado a muchos por los áridos desiertos de la Sola razón, dejando el corazón seco y olvidadizo del agua del Espíritu. No debemos despreciar lo que nos relata la historia, y no sólo ella, sino la Palabra de Dios. Hoy el debate ha llegado a estremecer nuevamente a la Iglesia, la Infalibilidad e inerrancia de las Escrituras está en juego, las bases epistemológicas están siendo cuestionadas de maneras aberrantes, nuevos vientos de guerra soplan queriendo derribar la comunidad de los santos. Y esta es la tarea de todo creyente confesional, reafirmar nuestros cimientos reformados, –¡Creemos y confesamos!-, este debe ser nuestro lema, pero no solo de palabra, sino entendido, vivido y enseñado dentro de la familia, comunidad y en cada esfera de la vida.

La Misión nos espera, es un mandato, pero esto comienza primeramente en nuestro corazón, debemos hacernos discípulos cada día y entender que ser un discípulo es ser hacedor de éstos. Los reformadores lo entendían de esta manera, no sólo era construir pirámides teológicas en las ciudades, como  algunos las construyen en las redes sociales, no, era mucho más que eso. Calvino en Ginebra se encargó de hacer teología, pero ésta tenía un fin, y era la Misión, ojalá esto se entendiera dentro del marco intelectualista seco y cruel de las redes sociales. Calvino creía en esto, y se manifestaba en cada predicación y enseñanza teológica, llevar el evangelio a todo el mundo. Lamentablemente hoy existen muchos creyentes satélites, que menosprecian la Iglesia[24], y la enseñanza. Este es un punto importante para la misión, pues no se puede llevar a cabo la salvación y edificación de los seres humanos fuera de la iglesia y sin la iglesia. Volvamos a nuestras raíces, volvamos a las Escrituras.

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del        Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat. 28: 19-20).

 

Escrito por Pablo Flores Figueroa

 

 

 

 

[1] Diccionario Strong en Español, e-Sword, Software.

[2] Diccionario Expositivo de Palabras del NT, W. E. Vine, e-Sword, Software.

[3] William Hendriksen, Comentario al Nuevo Testamento, exposición al evangelio de San Mateo, página 41.

[4] Aquí mi deseo no es condenar estas actividades, ya que pueden ser de mucho provecho, pero el aislarlas puntualmente para el evangelismo como actividad única y efectiva lleva al error pragmatista  y humanista de estos días.

[5] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, pagina 45. (Juan Calvino, Commentary on Hebrews 10:24).

[6] William Hendriksen, Comentario ala Nuevo Testamento, exposición ala evangelio de San Mateo, página 41.

[7] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 133, (Works of Thomas Brooks, 4:24).

[8] Thea B. Van Halsema, Así fue Calvino, página 18.

[9] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 44.

[10] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 46.

[11] Joel Beeke, Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 47.

[12] Joel Beeke, Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 47. (William Bouwsma, John Calvin: A Sixteenth-Century Portrair (New York: Oxford, 1988), 29).

[13] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 48-49.í

[15] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 49. (Philip E. Hugues, The Heritage of John Calvin, ed. John H. Bratt (Grand Rapids: Eerdmans, 1973), 44.)

[15] Colin Marshall y Tony Payne, El Enrejado y la Vid, Página 51.

[16] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 50. Sermón de Calvino sobre 1 Timoteo 3:14

[17] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 118.

[18] Puritan Papers

[19] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 131.

[20] Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, Página 132. Aquí el autor cita a C. Stanford, Joseph Alleine: His companions and Times (London, 1861).

[21] Los Estándares de Westminster, Confesión, Catecismos y Forma de Gobierno, Página xxii.

[22] Los Estándares de Westminster, Confesión, Catecismos y Forma de Gobierno, Página xx. (Warfield, B.B. 1991, The Westminster Assembly and its Work. Grand Rapids Michigan: Baker Book House, 15).

[23] Los Estándares de Westminster, Confesión, Catecismos y Forma de Gobierno, Página xxiv. El autor menciona que en la actualidad en Escocia, sólo dos iglesias  de importante implantación nacional, la Iglesia Libre de Escocia y la Iglesia Presbiteriana Libre de Escocia son las más fieles a las enseñanzas de la Confesión de fe de Westminster.

[24] Humberto Casanova, Los Pastores y el Rebaño, Página 147.

 

 

 

 

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LA ILUSTRACIÓN CALVINISTA VS. LA ILUSTRACIÓN HUMANISTA

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Dos ilustraciones y Estado moderno

El Estado moderno tiene sus orígenes y desarrollo en el periodo histórico  conocido como “La Ilustración”.  Sin embargo, la Ilustración no fue un evento único, ni propio de una nación o  grupo exclusivo de pensadores.
Generalmente el movimiento de la ilustración se relaciona inmediatamente con  pensadores franceses como Voltaire, Montesquieu, Diderot, D’alembert, y el ginebrino  Rousseau. Pero, como bien dice Francisco Joaquín Cortés García 1 , existen dos  ilustraciones: la francesa y la escocesa2. En esta parte del ensayo nos dedicaremos a analizar las diferencias entre las dos ilustraciones, y la forma como cada una de ellas entendió a la sociedad y el Estado.
En primer lugar, la ilustración escocesa tenía la visión de que la “sociedad”, en esencia, era de orden natural, no diseñable, ni predecible. En palabras del filósofo A. Ferguson, el orden social era algo misterioso3, por lo tanto, la sociedad no era planificable4. En cambio, la ilustración francesa creía que la sociedad era inteligible, predecible, y por ello afecta a ser modificada, manipulada y sujeta a experimentación social. A esto último se le llamó “el mito del legislador”5
En segundo lugar, la mayoría de los ilustrados escoceses concebían al hombre como un ser “imperfecto”, o “caído”. Tenían la idea de un ser humano “defectuoso”, por lo cual, el hombre poseía una razón defectuosa, era imperfecta, y por ello debía ser educado para el bien de la sociedad. Así, la ilustración de Escocia dudaba del poder infalible de la “razón”6, lo que la llevó a negar el racionalismo. A contrario sensu, la ilustración francesa creía en la autonomía de la razón, y postulaba que esta autonomía sería el instrumento eficiente para modificar la sociedad, y reconstruirla desde las cúpulas hasta sus bases. Así, los ilustrados franceses creían que la sociedad podía ser “racionalizada”, “repensada”, y “re-ingeniada” a través de un proceso que comenzaba desde arriba hacia abajo7.

En tercer lugar, la ilustración escocesa creía que la sociedad no se construye a partir del egoísmo o interés particular, sino del amor, o de lo que hoy llamamos el interés general8. Como ejemplo tenemos al ilustrado y pastor presbiteriano Francis Hutcheson9, quien enseñó la “teoría del sentido moral”, la cuál proponía que Dios le entregó a los seres humanos la facultad de distinguir entre el bien y el mal, o entre lo moralmente correcto o incorrecto. En efecto, los ilustrados escoceses conocían las doctrinas de la “providencia” y de la “gracia común”10. Escocia no endosaba a la mera razón el progreso social, sino más bien, postulaba que el fundamento del progreso social estaba sostenido en lo que ellos llamaban el “sentido moral” de los seres humanos, y este sentido moral desarrollaba las “cualidades amables” (amiable quialities) en las personas. Al respecto, Adam Smith decía: “Por más que el hombre tenga rasgos egoístas, existen evidentemente en la naturaleza principios que lo interesan en la suerte de los otros y que hacen que la felicidad de ellos le sea necesaria por más que no derive nada de esto, salvo el placer de poder contemplarlo. De esta clase son los sentimientos de piedad o compasión, la emoción que sentimos por la miseria de otros, cuando la vemos o cuando la percibimos nítidamente. Que sentimos tristeza por las penas ajenas es un hecho tan obvio que no necesita ser probado. Este sentimiento, igual que las otras pasiones originales de la naturaleza humana, no está confinado a los más virtuosos y compasivos, por más que éstos los puedan sentir con una sensibilidad más refinada. El más grande de los rufianes, o el máximo violador de las leyes sociales, no está completamente desprovisto de los mismos sentimientos”11.

En cambio, los franceses, con su “idolatría” por la razón, y la arrogancia de planificar la sociedad, sostuvieron que la sociedad progresaba y se organizaba a través del “contrato social” (tal como lo definía el ginebrino Rousseau). En otras palabras, el hombre no posee una naturaleza ni política, ni social (zoon politikón), sino que el hombre es un ser esencialmente cultural, y será el “contrato social”, o el acuerdo de voluntades entre civiles y autoridades, lo que determinará el fundamento final del orden social12, y todo esto a causa de un interés egoísta e individualista.

En cuarto lugar, Escocia negaba que la “sola” razón podía modelar la vida en sociedad, sino que esta debía estar unida a un proceso reflexivo impulsado también por la moral. La virtud no nace de una razón infalible e inerrante, sino de un sentido moral superior, y que es connatural al ser humano. Escocia piensa que, “Europa se constituye como el lugar donde la política y el orden social procuran en primer lugar el bien público y que tal bien no es el que protege a cada quien para que haga lo que desee… sino el que procura reconocimiento, acogimiento para que el particular pueda desarrollar su primer instinto de sociabilidad (o sentido moral)”13.

Esto significa que según ilustrados escoceses el ordenamiento jurídico y social (costumbre, normas, y convenciones humanas), serán permanentes sólo si hacen viable la paz social, y el bien común de la sociedad14. En otras palabras, la sociedad debe medirse por el progreso y no según el proceso. En cambio, los ilustrados franceses miraban la moral como algo utilitario, práctico, constructivista, e inventado, como un elemento más de la sociedad que debe ser utilizado para llegar al fin preestablecido por sus diseñadores. Para ellos, lo único que importa es el fin, el telos, la meta prediseñada. La sociedad es teleológicamente humanista (diseñada por el hombre), y la moral solo es un instrumento más en la consecución del objetivo. Esto último, es a lo que Adam Smith llamó como “El hombre del sistema” (The man of system), es decir, aquellos que buscan reorganizar la sociedad como si ésta fuera una pieza de ajedrez, pero sin respetar los principios del ajedrez, sino más bien imponiendo nuevos criterios, cambiando las reglas del juego, y manipulando la sociedad como si las personas fueran meros peones del juego15.

Quizás, este es el elemento más característico de la ilustración francesa, elevar la razón a un plano divino, y adorarla como si esta fuera un “dios”. Un dios que tenía el poder de modelar la vida social, económica, política, familiar etc. Ejemplo de esto son las “fiestas de la Razón” en Francia, donde fue declarada proscrita la cristiandad, y se instaló el culto a la razón. No en vano el 10 de noviembre de 1793 se declaró a la razón como una “diosa”, y se nombró a la Catedral de Estrasburgo como el “Templo de la Razón”16.

Por encima de todo, los escoceses se preocupaban por la exploración de la naturaleza humana en el sentido más amplio. Consideraban al hombre como “imagen de Dios”, y dejaban espacio para que la fe y la iglesia influyeran en la sociedad. Por este motivo, los escoceses eludían todo tipo de intervencionismo agresivo, y avasallador en la sociedad. Escocia, no cree que la sociedad deba ser una estructura manipulable, y mucho menos busca descomponer la sociedad para luego reconstruirla según los esquemas cuadrados y preconcebidos de la élite racionalista.

Consecuencias

Las consecuencias políticas y sociales de cada escuela son inevitables y evidentes. Por ejemplo, para la ilustración escocesa los cambios a una Constitución deben ser prudentes, mesurados, y jamás buscar resultados impuestos por la clase gobernante. En la práctica, debe haber un mínimo de leyes, claras, transparentes, y que respeten la tradición e instituciones de la comunidad. Dejemos que el mismo ilustrado David Hume nos explique cuál es la idea de Constitución que tenían los escoceses: “…debemos procurar que una forma de gobierno real se acerque a ese ideal lo más que sea posible mediante suaves alteraciones…que eviten introducir perturbaciones graves en la vida social”17…“la gente no reconoce autoridad a lo que no tiene la recomendación de la antigüedad. Entrometerse, por lo tanto, en estas cosas, o intentar experimentos sobre la base exclusiva de un buen argumento y una supuesta filosofía, no debe nunca ser la conducta de un magistrado sabio, que debe tener siempre una actitud reverente frente a lo que tiene la marca del tiempo y que, aunque intente alguna mejoría para el bien público, debe ajustar en lo que sea posible las innovaciones… manteniendo enteros los pilares básicos de la Constitución (…) En todos los casos es conveniente saber cuál es la Constitución más perfecta, y debemos procurar que una forma de gobierno regular se acerque a ese ideal lo más que sea posible mediante suaves alteraciones…que eviten introducir perturbaciones graves en la vida social”18

“… es necesario para preservar la estabilidad que la nueva generación adhiera a la Constitución establecida y siga el camino que emprendieron sus padres, como éstos lo hicieron continuando en la huella de sus antecesores. Algunas innovaciones tienen necesariamente que ocurrir en las instituciones humanas, y es una instancia feliz si el genio ilustrado de una época las encamina al campo de la razón, la libertad y la justicia… Nadie tiene derecho a introducir innovaciones violentas, las que son muy peligrosas aunque emanen de la legislatura. Muchos más males que beneficios se derivan de esta actitud…” 19.

Claramente los ilustrados franceses no pensaban de la misma manera. Lailustración francesa impulsó y promovió complejos sistemas de control, muchas leyes, dando prioridad al Estado, y siempre buscando resultados. Podemos decir que, políticamente, la ilustración escocesa fue pluralista, y la francesa fue colectivista.

Cuando decimos que Francia era “colectivista”, nos estamos refiriendo a que consideraba que el Estado estaba por sobre los derechos de las personas, y privilegiaba los grupos y actores sociales que estaban en estrecha relación y armonía con los delineamientos del “programa”. Por su parte, cuando decimos que Escocia era “pluralista”, queremos expresar que consideraba más importante los derechos básicos y naturales del individuo, es decir, la vida, la libertad, la propiedad privada y la familia, además de valor las distintas vocaciones y roles que cumplía el individuo en sociedad.
El “pluralismo” de Escocia puede ser relacionado e interpretado con lo que Abraham Kuyper20 llamó como las “Esferas de Soberanía”21. Esto significa que cada actividad que se desarrolla en la sociedad tiene su propia naturaleza establecida por Dios, y a la vez posee en sí misma su dominio y competencia propia. Así, ningún sector, o grupo social, puede ejercer control o dominio sobre otro.
Ni el Estado, ni ningún otro poder, pueden ejercer control absoluto, ni tampoco regular caprichosamente las relaciones y actividades humanas, familiares, economicas, laborales etc. Nadie puede violentar la naturaleza de las instituciones que Dios creó en este mundo. Quien pretenda hacer esto se arroga un rol divino, y se levanta contra la Palabra de Dios, y contra el Señorío de Cristo.
En la misma dirección, Adam Smith nos habla de las distintas esferas que operan en la sociedad, y nos recomienda la menor intervención del Estado sobre ellas: “Cada individuo, en su localidad, puede juzgar mucho mejor que el estadista o que el legislador en qué tipo de industria local puede emplear su capital… El estadista, que pretende indicar a los empresarios privados de qué manera deben emplear sus capitales, no solamente carga con un problema totalmente innecesario, sino que asume una autoridad que no se le puede confiar a un individuo, ni a un consejo o senado, y que puede ser muy peligrosa en las manos de una persona que tiene la presunción y la estupidez de creerse en condiciones de llevarla a cabo”22…
Así mismo, David Hume nos confirma: “La mayoría de los oficios y profesiones en un Estado son de tal naturaleza que, a la par que promueven los intereses de la sociedad, son también útiles y agradables para los individuos; y, por esta razón, la regla constante del magistrado… debe ser dejar la profesión a sí misma, y confiar su estímulo a aquellos que derivan beneficios de ella”23
En resumen, Francia, pensaba que la “razón” (y solo la de de algunos) era la máxima a seguir por parte de la sociedad y del Estado. Que la sociedad podía ser repensada y re-construida en beneficio de los fines del “Estado”, es decir, metas preestablecidas e impuestas sobre el individuo y su familia.
No obstante, Escocia, contestaba que el Estado no debe imponer fines colectivos ni coercitivos sobre la sociedad, porque ésta se construye de forma innata conforme a leyes pres-establecidas en la naturaleza, y por lo tanto, el Estado no debe imponer sus criterios dogmáticos e ideológicos a la sociedad, ni tampoco a los cuerpos intermedios que la estructuran. A esto último llamamos principio de subsidiariedad, o doctrina de las esferas de soberanía.

La herencia calvinista y presbiteriana

Pero, ¿qué determinó que el pensamiento de Escocia fuera diferente al de Francia?
Para saber la respuesta, debemos remontarnos a lo que conocemos como la “teología del pacto escocesa”.

En esencia, la teología del pacto enseñaba que Dios tenía una relación de alianza, o convenio con el hombre. Dios era el Señor de la creación. Así, todas las condiciones de vida fueron creadas y establecidas por Dios, por tanto, el hombre en su condición de criatura, debía someterse a las ordenanzas divinas, y vivir conforme a las condiciones establecidas por Dios que se revelan tanto en las leyes de la naturaleza así como en la Sagrada Escritura.
La gran mayoría de los escoceses entendían de esta forma la constitución del hombre y la sociedad. Para ellos, “el pacto con Dios” determinaba las condiciones e instituciones de la existencia humana y su convivencia en sociedad. Sus leyes, su ordenamiento social, sus relaciones humanas, el rol del Estado, los deberes del hombre, la libertad de conciencia, la economía, el matrimonio, la familia etc.
Con la llegada de la reforma calvinista24, Escocia abrazó integralmente la teología del pacto, y esta misma permeó por completo la vida social, intelectual, académica, familiar, política, legal, laboral y comercial de la sociedad Escocesa.
Muchos historiadores concuerdan que la historia e idiosincrasia escocesa no podría ser entendida sin la consideración de la teología del pacto. En palabras del teólogo e historiador Henry F. Henderson: “Escocia ha sido tanto un hogar así como un campo de batalla para la teología”.25
No en vano el célebre profesor de historia de la “Royal Society of Edinburgh” Tom Devine dijo: “Pero, sobre todo, fue una Ilustración cristiana, profundamente influenciada por el calvinismo, y la mayoría de sus figuras centrales abrazaron los valores cristianos… La identidad escocesa está indisolublemente unida al Calvinismo…, y la obsesión por la moral calvinista fue uno de los precursores de las nuevas ciencias sociales, mientras que la necesidad de entender el diseño divino fue también un conductor de la ciencia… no se puede escapar del hecho de que el calvinismo cambió la forma, la naturaleza y el sello de la Ilustración escocesa más que cualquier otro factor interno o externo”26.
Muchos de los ilustrados escoceses fueron ministros de la Iglesia presbiteriana de Escocia: Rev. William Robertson, Rev. Hugh Blair, Rev. Thomas Reid, Rev. Adam Ferguson, Rev. George Campbell, Rev. Francis Hutcheson. Rev. Hugh Blair, Rev. John Witherspoon etc.
También podemos mencionar otros ilustrados escoceses que sin ser ministros presbiterianos, fueron fuertemente influenciados por las enseñanzas calvinistas de sus padres27. Por ejemplo, John Napier, descubridor de los logaritmos y del punto decimal en las operaciones aritméticas (Muy conocido por su fervor presbiteriano calvinista); Adam Smith, presbiteriano, quién desarrolló su teoría social y económica a partir de la doctrina calvinista de la providencia divina; James Beattie (poeta y moralista); y los ilustrados Lord Kames y George Turnbull entre tantos otros.
A modo de anécdota se cuenta que el gran economista Adam Smith refiriéndose al predicador escocés Ebenezer Erskine dijo: “Señor, usted nunca ha oído el evangelio en toda su majestad si no ha oído predicar a Ebenezer Erskine”28.
En resumen, la ilustración de Escocia no bebió, ni se nutrió de los ilustrados racionalistas franceses, sino más bien de la fe calvinista heredada de John Knox y los antiguos presbiterianos escoceses.
Como bien diría Alasdair MacIntyre: “Allí” estaban la iglesia establecida de Escocia, presbiteriana de hecho, calvinista en sus documentos oficiales, la confesión de fe de Westminster y los catecismos mayor y menor… Era raro encontrar en la Escocia de la época un profesor, un predicador o un hombre activo que no estuviese preocupado por los problemas políticos y económicos… «abogados, profesores y clérigos produjeron la literatura más sobresaliente de la Ilustración escocesa”29

Rev. Walter Vega, V.D.M

1 Fco. Joaquín Cortés García, “Economía y Sociedad en la era del hombre Faústico”, (Editorial Universidad de Almeria, 2009) Pág. 334

2 También lo dice Hayek.

3 “Como los vientos, que provienen no sabemos de dónde y soplan hacia donde quieren, las formas de la sociedad se derivan de un origen oscuro y distante; surgen, mucho antes de la fecha de la filosofía, de los instintos de los hombres, no de sus especulaciones… las naciones tropiezan con instituciones que son, desde luego, el resultado de la acción humana, pero no la ejecución de un designio humano» » A. FERGUSON, “An Essay on ihe History of Civil Society” (Edinburgh, 1966) Pág. 122

4 «No podemos adscribir a un designio previo lo que sólo a través de la experiencia puede llegar a conocerse y lo que ninguna sabiduría humana puede prever (Ibid. Pág. 123)
5 “El “mito del legislador” consistía en la creencia de que un grupo lúcido de gobernantes podía diseñar detalladamente las instituciones que promoverían la felicidad de la especie. Esta manera de observar la realidad estaba estrechamente ligada a las ideas contractualistas, también en boga por aquellos años” Ezequiel Gallo, “La Ilustración Escocesa” (Estudios públicos) Pág, 274

6 “La virtud y la vida moral tienen que ver directamente, no con la razón, sino con el sentido moral, cuya combinación con el desarrollo del conocimiento no es de ninguna manera inequívoca”. Montoya Saenz J. “La Ilustración Escocesa y La Idea de Progreso” (Conocimiento y Racionalidad, Madrid, 1992) Pág. 625

7 “las descomponen en lo que ellos suponen es su elemento primario, el hombre individual, para luego en un proceso inverso, recomponerlas a partir de ese hombre individual, bajo la forma de una sociedad politica, establecida voluntariamente por esos mismo individuos”

8 “De lo anteriormente dicho se debe deducir que los primeros principios son evidentes (para la sana reflexión) y por ello no parten del egoísmo (del interés particular) sino del amor (del interés general o bien público). MacIntyre, A. “Justicia y racionalidad. Conceptos y contextos” (Barcelona, Ediciones Internacionales Universitarias 1994)

9 Fue el hombre que más influyó en los ilustrados A. Smith y D. Hume.

10 “La administración del gran sistema del universo, el cuidado de la felicidad universal de todos los seres racionales y sensibles, es el negocio de Dios y no de los hombres. A éstos se les ha dado un departamento mucho más humilde aunque más adecuado a la debilidad de sus poderes y a la cortedad de su comprensión: el cuidado de su propia felicidad, de la de su familia, de sus amigos y de su localidad”. Smith, Adams. “The Theory of Moral Sentiments” (editado por Raphael, D. D. y Macfie, A. L., Indianapolis: Liberty  Fund, 1982) Pág. 386

11 Smith, Adams. “The Theory of Moral Sentiments” (editado por Raphael, D. D. y Macfie, A. L., Indianapolis: Liberty Fund, 1982) Pág. 47

12 “se abandona así el terreno de los hombres concretos, de carne y hueso, con su inmensa variedad, para trabajar sobre la base de un hombre abstracto, que no existe en ninguna parte ni en ninguna epoca… para los filósofos ilustrados (franceses) las cosas son más simples, con una mentalidad mecanicista analizan las comunidades humanas, como si se tratara de artefactos técnicos”. Bernardino Bravo Lira, “Historia de las instituciones políticas de Chile e Hispanoamérica” (Santiago, Edit. Andres Bello, 1993) Pág. 143

13 j. Seoane, “Ilustración escocesa, sociedad civil y la Europa que podemos soñar”, Pág. 403

14 “En una apretada síntesis, Hume enumera algunos ejemplos que hemos venido considerando: la propensión a exigir preferencia, se contrarresta con la norma que impone ser deferente con los demás y darles prioridad; la propensión a despreciar a determinadas personas, por sus achaques, indefensión, edad, etc, se contrapesa con la norma que impone mostrar mayor respeto a débiles, ancianos, enfermos, forasteros, mujeres, etc56. De este modo, como apuntábamos, las normas convencionales sirven al propósito de encauzar y facilitar nuestra inclinación sociable” Ana Marta González. “La oposición de pasiones y su superación en el trato social según Hume: familia, castidad y cortesía” (Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. Universidad de Navarra 2011) Pág. 322

15 “El hombre de sistema (…) es muy apto, por su vanidad, para creerse muy sabio y está habitualmente tan enamorado de la supuesta belleza de su plan ideal de gobierno, que no puede tolerar la menor desviación en ninguna de sus partes. Se propone implementarlo totalmente y en cada una de sus partes, sin ninguna consideración por los grandes intereses o los fuertes prejuicios que se le pueden oponer; parece imaginar que puede ordenar a los diferentes miembros de una sociedad con la misma facilidad con que la mano ordena las piezas de un tablero de ajedrez. Olvidó que las piezas del tablero no tienen otro principio de movimiento que el que le otorga la mano; pero que en el gran tablero de la humanidad cada pieza del tablero tiene su propio movimiento, casi siempre diferente del que intenta imprimirle la legislatura. Si los dos principios coinciden y van en la misma dirección, el juego de la sociedad será́fácil y armonioso, y tiene posibilidades de ser feliz y exitoso. Si son opuestos o diferentes, el juego se desarrollará miserablemente, y la sociedad estará́siempre en el máximo grado de desorden”. (Smith, TMS, pp. 380-1.)

16 “No resulta un hecho fortuito que la exaltación racionalista llegase a su paroxismo en la adoración de la diosa Razón, simbolizada en aquella prostituta que en los días aciagos de la Revolución Francesa reemplazó a la imagen de Nuestra Señora nada menos que en Notre-Dame de París”. ALFREDO SÁENZ, S.J. “La Cristiandad Una Realidad Histórica”. (Fundación GRATIS DATE. Pamplona, 2005) Pág. 195

17 Ezequiel Gallo, “La Ilustración Escocesa” (Estudios públicos) Pág. 277-278

18 Hume, Essays, pp. 513- 514.

19 Hume, Essays, pp. 476-477

20 Abraham Kuyper, primer ministro de Holanda entre 1901 y 1905. Intelectual de elevada erudición, doctor en teología, periodista, creador del periódico holandés “De Standaard”, y fundador del partido político “anti-revolucionario”. Uno de los teólogos reformados y presbiterianos con mayor influencia a fines de los siglos XIX y XX.

21 “Dios es absolutamente soberano, mientras que la autoridad entre los falibles seres humanos está  dividida entre distintas esferas” (Lael Weinberger, “The relationship between sphere sovereignity and subsidiarity”, en Global Perspectives on Subsidiarity, ed. Michelle evans y augusto Zimmermann (Nueva York: springer, 2014), 52.

22 Adam Smith, “The Wealth of Nations” (Canada, Published by Random House Publishing 2000) Pág, 456

23 Hume, History p. 135

24 “far more important tan any stoic influence was calvinist theology wich dominated Scottish life from de 16 th century until well into the 19 th century”. Paul Oslington. “Adam Smith as Theologian” (Routledge, New York, 2011) Pág. 6

25 Henry F. Henderson, The Religious Controversies of Scotland, Edinburgh: T&T Clark, 1905, pp. 2-3.

26 Tom Devine, The Royal Society of Edinburgh. Edinburgh Book Festival The Enlightenment – the international influence and impact of Scotland and the Scots, Professor Tom Devine, 17 August 2009. Report by Peter Barr

27 Debemos reconocer que no todos ellos se adherian completamente a la Confesion de fe de Westminster. Pero podemos decir con total propiedad que la teología del pacto había porducido en ellos una graninfluencia, de ahí sus desacuerdos con la ilustración francesa.

28 Joel Beeke, “La espiritualidad puritana y reformada” (Publicaciones Faro de Gracia, Mexico, 2008) Pág, 198

29 María Isabel Wences Simón, “Teoría social y política de la ilustración escocesa: una antología”. (Plaza y Valdés editores, Madrid, 2007) Pág, 16

 

 

LA ECONOMÍA DE LOS DIVINOS PACTOS (Libro 1)


Capítulo I: Sobre los pactos divinos en general

Quienquiera que intente hablar sobre el tema y el diseño de los Pactos Divinos, por el cual la salvación eterna se adjudica al hombre, en ciertas condiciones igualmente dignas de Dios y de la criatura racional, debe, sobre todo, tener una consideración sagrada e inviolable a la oráculos celestiales, y ni el prejuicio ni la pasión entremezclan cualquier cosa que no esté firmemente persuadida, que está contenida en los registros, los cuales sostienen estos pactos al mundo. En efecto, si Zaleucus hacía que los intérpretes litigiosos de sus leyes hicieran una observación: “Que cada parte explique el significado del legislador en la asamblea de los mil, con cabezas alrededor de sus cuellos, y que cualquier partido que aparezca para arrancar el sentido de la ley, deben, en la presencia de los mil, poner fin a sus vidas por los soportes que llevaban “, como Polybius, un autor muy grave se refiere, en su historia, el libro xii. do. 7; y si los judíos y los samaritanos de Egipto, dispuestos cada uno en su templo, fueran admitidos a alegar ante el rey y sus cortesanos sólo con esta condición, que “los defensores de cualquiera de los partidos, frustrados en la disputa, serían castigados con la muerte” según Josefo en sus antigüedades; libro xiii. 6, ciertamente él debe estar en mayor peligro y más susceptible a la destrucción, que se atreverá a pervertir y arrancar los misterios sagrados de los Convenios Divinos; nuestro Señor mismo declarando abiertamente que “cualquiera que rompa uno de estos mandamientos, y así enseñe a los hombres, será llamado el menor en el reino de los cielos” (Mat. 5:19. Es, por lo tanto, con una especie de temor sagrado que emprendo esta obra; rogando a Dios que, dejando a un lado todos los prejuicios, pueda degradarme un discípulo manejable de las Sagradas Escrituras, y con modestia impartir a mis hermanos, lo que creo haber aprendido de ellos: si felizmente mi mala actuación puede servir para disminuir el número de disputas, y ayudar a aclarar la verdad; que nada debe ser considerado más valioso.

II. Como es por las palabras, especialmente las palabras de aquellas lenguas en las que Dios se complació en revelar sus misterios sagrados a los hombres, que con el éxito de las esperanzas llegamos al conocimiento de las cosas, valdrá la pena indagar en la importación tanto de la palabra hebrea ברית, y el griego διαθὴκη, que el Espíritu Santo hace uso de sobre este tema. Y primero, debemos dar la etimología verdadera, y luego las diferentes significaciones, de la palabra hebrea. Con respecto a los primeros, los eruditos no están de acuerdo: algunos lo derivan de ברא, que en Piel significa cortar; porque, como observaremos ahora, los pactos fueron solemnemente ratificados cortando o dividiendo animales. También puede derivarse de la misma raíz en una significación muy diferente; pues ברא significa propiamente crear, así, metafóricamente, ordenar o disponer, que es el significado de διατιθέσθαι. Y por lo tanto es, que los judíos helenistas hacen uso de το κτιζειν. Ciertamente es en este sentido que Pedro, 1 Ped. 2:13, llama a ἐξεσιά, poder designado por hombres, y para propósitos humanos, ἂνθρωπίνη κτίσις, “la ordenanza del hombre”; que, creo, Grotius ha observado docentemente sobre el título del Nuevo Testamento. Otros más lo han derivado de ברח (como שבית de שבה), significando, además de otras cosas, elegir. Y en los pactos, sobre todo de la amistad, hay una elección de personas, entre las cuales, de las cosas sobre las cuales, y de la condición sobre la cual, un pacto es entrado en: ni esto es incorrectamente observado.

III. Pero ברית es tomado de diversas maneras en la Escritura: a veces incorrectamente, ya veces correctamente. Improperly, denota las cosas siguientes: -1st. Una ordenanza inmutable hecha sobre una cosa: en este sentido Dios menciona “su pacto del día, y su pacto de la noche”, Jer. 33:20. Es decir, esa ordenanza fija hecha sobre la ininterrumpida vicisitud del día y de la noche, que, cap. 31:36, se llama חק, es decir, estatutos, limitados o fijos, a los cuales nada debe añadirse o quitarse. En este sentido se incluye la noción de un testamento, o de una última voluntad irrevocable. Así dijo Dios, Numb. 18:19 “Te he dado a ti ya tus hijos ya tus hijas contigo להק עילם ברית מלח עילם חיא, por estatuto perpetuo: es un pacto de sal para siempre”. Esta observación sirve para explicar mejor la naturaleza del pacto de gracia que el apóstol propone bajo la semejanza de un testamento cuya ejecución depende de la muerte del testador Heb. 9:15, 16, 17. A qué noción tanto el hebreo ברית, como el griego διαθὴκη, pueden conducirnos. 2dly. Una promesa segura y estable, aunque no mutua. Exod. 34:10: “הנה אנכי ברת ברית he aquí, hago pacto, y haré maravillas delante de todo tu pueblo.” Es un. 59:21: “Este es mi pacto con ellos, mi espíritu no se apartará de ellos.” 3dly. Significa también un precepto; y cortar o hacer un pacto, es dar un precepto. Jer. 34:13, 14: “Hice un pacto con vuestros padres, diciendo: Al cabo de siete años vayáis cada uno su hermano”. De ahí que aparezca en qué sentido el decálogo es llamado pacto de Dios. Pero correctamente, significa un acuerdo mutuo entre las partes con respecto a algo. Tal pacto pasó entre Abraham, Mamre, Escol, y Aner, que se llaman, בעלי ברית אברם “confederados con Abraham,” Gen. 14:13. Tal fue también la de Isaac y Abimelec, Gn. 26:28, 29; entre Jonatán y David, 1 Sam. 18: 2. Y de esta clase es también lo que ahora debemos tratar de entre Dios y el hombre.

IV. No menos equívoco es el διαθὴκη de los griegos, que, singular y pluralmente, denota muy a menudo un testamento; como lo muestra Budœus, en su Comentario. Abadejo. Græc. de Isócrates, Æschines, Demóstenes y otros. En este sentido, insinuamos, fue usado por el apóstol, Heb. 9:15. A veces, también, denota una ley, que es una regla de vida; para los Orphici y los Pitagóricos denominadas las reglas de vida, prescritas a sus alumnos, διαθήκαι, según Grotius. También significa a menudo un compromiso o acuerdo; por lo que Hesíquio lo explica por συνωμοσία, confederación. No hay ninguna de estas significaciones, pero será de uso futuro en el progreso de este trabajo.
V. Hacer un pacto, los hebreos llaman בראת ברית, para hacer un pacto, de la misma manera que los griegos y los latinos, ferire, icere, percutere fœdus; que sin duda tuvo su origen en la antigua ceremonia de matar animales, por la cual se ratificaron los pactos. De este rito observamos rastros muy antiguos, Gén. 15: 9, 10. Esto fue, pues, primero mandado por Dios, o tomado prestado de alguna costumbre existente. Emphatical es lo que Polybius, libro iv. pag. 398, se refiere a los Cynæthenses, ἐπὶ τῶν σφαψίων τοὺς ὅρκους ἐδιδοσαν ἀλλήλοις, “sobre las víctimas asesinadas hicieron un juramento solemne, y pusieron la fe el uno al otro:” una frase claramente similar a la que Dios usa, Sal. 50: 5, עלי זבח, כרתי בריתי “los que han hecho pacto conmigo por sacrificio.” También solían pasar en medio entre las partes divididas de la víctima cortada en pedazos, Jer. 34:18. Quien quiera saber más sobre este rito puede consultar Grotius con Matt. 26:28, y Bochart en su Hierozoicon, libro ii. 33, pág. 325, y Theolog de Owen, libro iii. 1. Era igualmente una costumbre, que los acuerdos y pactos fueran ratificados por solemnes fiestas. Ejemplos de los cuales son evidentes en la Escritura. Así que Isaac, habiendo hecho un pacto con Abimelec, se dice que hizo una gran fiesta, y que comió con los invitados, Gen. 26:30. De la misma manera actuó a su hijo Jacob, después de haber hecho un pacto con Labán, Génesis 31:54. Leemos de una fiesta similar a la federal, 2 Sam. 3:20; donde se da una relación de la fiesta que David hizo para Abner y sus siervos, que vinieron a hacer un pacto con él en el nombre del pueblo. También era costumbre entre los paganos, como lo demuestra el erudito Stuckius en sus Antiquitates Conviviales, lib. yo. 40.
VI. Tampoco eran estos ritos sin su significación. El corte de los animales denotó que, de la misma manera, los perjuros y los rompientes del convenio debían ser cortados por la venganza de Dios. Y con este propósito es lo que Dios dice, Jer. 34:18, 19, 20: “Y daré a los hombres que han transgredido mi pacto, que no han cumplido las palabras del pacto que habían hecho delante de mí, cuando cortaron el becerro en dos y pasaron entre las partes los entregaré en manos de sus enemigos, y sus cuerpos muertos servirán de alimento para las aves del cielo y para las bestias de la tierra “. Véase 1 Sam. 11: 7. Una forma antigua de estas execraciones existe en Tito Livio, libro i: “El pueblo romano no rompe primero estas condiciones, sino que si ellas, declaradamente y por traición, las rompen, ¡oh Júpiter, ese día, así golpearé al pueblo romano, como hago ahora este cerdo, y será el golpe más pesado como tu poder es el mayor “. Por la ceremonia de los confederados que pasaban entre las partes cortadas, se significaba que, unidos ahora por los lazos más estrictos de la religión, y por un juramento solemne, formaban un solo cuerpo, como Vatablus ha señalado en Génesis 15:10. Estas fiestas federales eran muestras de una amistad sincera y duradera.

VII. Pero cuando Dios, en las solemnidades de sus pactos con los hombres, consideró apropiado usar estos o los ritos similares, la significación era aún más noble y divina. Los que hicieron pacto con Dios por el sacrificio, no sólo se sometieron al castigo, sino que, rebelándose impiamente de Dios, desecharon su pacto; pero Dios también les señaló que toda la estabilidad del pacto de gracia se fundó en el sacrificio de Cristo y que el alma y el cuerpo de Cristo fueron un día separados violentamente. “Todas las promesas de Dios en él son sí, y en él Amén” (2 Cor. 1:20. Su sangre es la “sangre del Nuevo Testamento”, Mat. 26:28, de una manera mucho más excelente, que aquella con la cual Moisés roció tanto el altar como el pueblo entró en el pacto, Exod. 24: 8. Aquellos banquetes sagrados, a los que los convenidos fueron admitidos ante el Señor, especialmente los que instituyó el Señor Jesús bajo el Nuevo Testamento, sellan o ratifican muy eficazmente esa íntima comunión y comunión que existe entre Cristo y los creyentes.
VIII. Hay hombres sabios, que a partir de este rito explicaría esa frase, que tenemos, Numb 18:19 y 2 Crónicas. 14: 5, de un pacto de sal, es decir, de un pacto de amistad, de naturaleza estable y perpetua “, que parece denominarse así, porque la sal se usaba habitualmente en sacrificios, para significar que el pacto era se aseguraba de observar los ritos habituales “, dice Rivet en Genesis, Exercit. 136. A menos que preferiéramos suponer que la consideración que se hace aquí tiene que ver con la pureza de la sal, por la cual se resiste a la putrefacción ya la corrupción, y por lo tanto prolonga la duración de las cosas y, de alguna manera, las hace eternas. Por esa razón, se cree que la esposa de Lot se convirtió en un pilar de sal; no tanto, como observa Agustín, “para ser una advertencia para nosotros”, como un monumento perdurable y perpetuo del juicio divino. Pues toda la sal no está sujeta a la fusión: Plinio dice que algunos árabes construyen muros y casas de bloques de sal, y los cementan con agua, Nat. Hist. libro xxxi. 7.

IX. Habiendo premiado estas cosas en general sobre los términos del arte, indaguemos ahora en la cosa misma, a saber. la naturaleza del pacto de Dios con el hombre; que yo defino así: “Un pacto de Dios con el hombre es un acuerdo entre Dios y el hombre, sobre la manera de obtener la felicidad consumada, incluida la comminación de la destrucción eterna, con la cual el despreciador de la felicidad ofrecida de esa manera, castigado “.
X. El pacto, por parte de Dios, comprende tres cosas en general. 1ª. Una promesa de felicidad consumada en la vida eterna. 2dly. Una designación y prescripción de la condición, por la cual el hombre adquiere un derecho a la promesa. 3dly. Una sanción penal contra los que no llegan a la condición prescrita. Todas estas cosas consideran a todo el hombre, o ολοκληρος, en la frase de Pablo, como consistente en alma y cuerpo. La promesa de Dios de la felicidad es para cada parte, él requiere la santificación de cada uno, y amenaza a cada uno con la destrucción. Y así este pacto hace que Dios aparezca glorioso en todo el hombre.
XI. Para comprometerse en tal pacto con la criatura racional, formado después de la imagen divina, es totalmente digno de, y de ninguna manera, indigno de Dios. Porque era imposible, pero Dios se proponía a la criatura racional, como un patrón de santidad, conforme a lo cual debía enmarcarse a sí mismo ya todas sus acciones, manteniendo cuidadosamente, y siempre ejerciendo la actividad de esa justicia original, que él era, desde su mismo origen, dotado de. Dios no puede sino obligar al hombre a adorarlo, a adorarlo ya buscarlo, como el bien principal; tampoco es concebible que Dios requiera que el hombre lo ame y lo busque, y sin embargo se niegue a ser encontrado por el hombre, amar, buscar y estimar él como su principal bien, anhelo, hambre y sed de él solo. ¿Quién puede concebirlo como digno de Dios, para que así diga al hombre: Quiero que me busques sólo, pero con la condición de nunca encontrarme; a ser ardientemente anhelado por encima de todo lo demás con el mayor hambre y sed, pero sin embargo nunca ser satisfecho. Y la justicia de Dios no requiere menos que el hombre, al rechazar la felicidad ofrecida en los términos más equitativos, sea castigado con la privación de él, y también incurra en la más severa indignación de Dios, a quien ha despreciado. De donde se deduce que, por la misma consideración de las perfecciones divinas, puede deducirse con justicia que ha prescrito al hombre una cierta ley, como condición para gozar de la felicidad, que consiste en la fructificación de Dios; reforzado con la amenaza de una maldición contra el rebelde. En lo que acabamos de decir, que consistía todo el pacto. Pero de cada uno de ellos tendremos más amplitud para hablar de aquí en adelante.
XII. Hasta aquí hemos considerado al único partido del pacto de Dios: el hombre se convierte en el otro, cuando lo consiente, abrazando el bien prometido por Dios; comprometiéndose a una observación exacta de la condición requerida; y, sobre la violación de esto, voluntariamente poseer odioso a la maldición amenazada. Esto la Escritura llama, עבוד בבדיה יהוה, “a entrar en alianza con el Señor”, Deut. 29:12, y “entrar en maldición y juramento”, Neh. 10:29. En esta maldición (Pablo la llama, 2 Corintios 9:13, ὁμολογια, “profeso sujeción”), la conciencia se presenta como testigo, que la estipulación o pacto de Dios es justo, y que este método para llegar al goce de Dios es altamente devenir; y que no hay otra manera de obtener la promesa. Y de ahí los males, que Dios amenaza a los transgresores del pacto, son llamados “las maldiciones del pacto”, Deut. 29:20; que el hombre, al consentir el pacto, voluntariamente se hace odioso a. El efecto de esta maldición sobre el hombre, que no se atiene al pacto, es llamado “la venganza del pacto”, Lev. 26:25. La forma de una estipulación o aceptación que tenemos, Sal. 27: 8: “Cuando dijiste: Buscad mi rostro, y mi corazón te dijo: Tu rostro, Señor, yo buscaré”. Donde la asimilación voluntaria, o aceptación, responde a la estipulación, o pacto, hecho en el nombre de Dios por la conciencia su ministro.
XIII. El hombre, a propuesta de este pacto, no podía, sin culpa, negarse a dar esta asimilación o aceptación. 1ª. En virtud de la ley, que lo une universalmente, acepte humildemente todo lo que Dios propone; a quien es deber esencial de toda criatura racional estar sujetos en todos los aspectos. 2dly. Debido a la soberana soberanía de Dios, que puede disponer de sus propios beneficios, y nombrar la condición de gozar de ellos con una autoridad suprema, y sin rendir cuentas a nadie; y al mismo tiempo ordenar al hombre, esforzarse por lograr las bendiciones ofrecidas, con la condición prescrita. Y por lo tanto, este pacto, como subsisting entre las partes infinitamente desiguales, asume la naturaleza de las que los Griegos llamaron προστάγματα, o συνθὴκαι ἐκ τῶν ἐπιταγμάτον, injunctions, o convenios de comandos; de la que Grotius habla en su Jus Bell. et Pacis, l. ii., c. 15, §. 6. Por lo tanto, Pablo traduce las palabras de Moisés, Ex. 24: 8, “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros”, Heb. 9:20: Τοῦτο τὸ ἆιμα της διαθήκης, ἦς ἐνετείλατο προς ὑμᾶς ὁ Θεὸς. “Esta es la sangre del testamento que Dios os ha ordenado”. No se deja al hombre, aceptar o rechazar a gusto el pacto de Dios. Se ordena al hombre que lo acepte y presione después de alcanzar las promesas en el camino señalado por el pacto. No desear las promesas, es rechazar la bondad de Dios. Rechazar los preceptos, es rechazar la soberanía y santidad de Dios. Y no someterse a la sanción, es negar la justicia de Dios. Y por lo tanto el apóstol afirma del pacto de Dios, que es νενομοθετηται, reducido a la forma de una ley, Heb. 8: 6, por la cual el hombre está obligado a una aceptación. 3dly. Se deduce de ese amor que el hombre naturalmente se debe a sí mismo, y por el cual se lleva al bien principal; para gozar de lo que no queda más método que la condición prescrita por Dios. Cuarto. La conciencia misma del hombre dicta, que este pacto es en todas sus partes altamente equitativo. Lo que puede ser enmarcado, incluso por el pensamiento mismo, más equitativo, que ese hombre, estimando a Dios como su principal bien, debe buscar su felicidad en él, y regocijarse en la oferta de esa bondad; debe recibir alegremente la ley, que es una transcripción de la santidad divina, como la regla de su naturaleza y acciones; en suma, debe someter su cabeza culpable a la más justa venganza del cielo, ¿debe aclarar esta promesa y violar la ley? De lo que sigue, que el hombre no estaba en libertad de rechazar el pacto de Dios.

XIV. Dios, por este pacto, no adquiere nuevo derecho sobre el hombre; que, si consideramos debidamente el asunto, ni es ni puede fundarse en ningún beneficio de Dios, o delito menor del hombre, como argumenta Arminio; ni en nada distinto de Dios; siendo la principal o única fundación de ella la majestad soberana del Dios Altísimo. Debido a que Dios es el bienaventurado y autosuficiente Ser, por lo tanto, él es el único Potentado; estos dos fueron unidos por Pablo, 1 Tim. 6:15. Tampoco el poder y el derecho de Dios sobre las criaturas puede ser disminuido o aumentado por cualquier cosa extrínseca a Dios. Esto es justamente considerado indigno de su soberanía e independencia, de la que pronto trataremos más plenamente. Dios, en este pacto, simplemente muestra qué derecho tiene sobre el hombre. Pero el hombre, al aceptar el pacto y realizar la condición, adquiere cierto derecho a exigir de Dios la promesa. Porque Dios, por sus promesas, se hizo deudor del hombre. O, para hablar de una manera que se convirtiera en Dios, se complació en hacer su cumplimiento de sus promesas una deuda debida a sí mismo, a su bondad, justicia y veracidad. Y al hombre en pacto, y perseverando en ello, concedió el derecho de esperar y requerir que Dios satisfaciera las demandas de su bondad, justicia y verdad, por el cumplimiento de las promesas. Y así al hombre, como estipulando o consintiendo al pacto, Dios dice, que él será su Dios, Deut. 26:17. Es decir, le dará plena libertad para gloriarse en Dios, como su Dios, y esperar de él, que se convertirá en un pacto con él, lo que es para sí mismo, incluso una fuente de felicidad consumada.

XV. En las Escrituras, encontramos dos pactos de Dios, realizados con el hombre: El pacto de obras, de otra manera también llamado, Pacto Natural, o Legal y el Pacto de Gracia. Los Apóstoles nos enseñan esta distinción, Romanos 3:27, donde el menciona la ley de las obras y la ley de la fe por la ley de las obras, comprendiendo que esa doctrina que apunta fuera del camino en el cuál, por el significado de obras, la salvación es obtenida; y por la ley de la fe, esta doctrina que nos dirige que por fe se obtiene la salvación. La forma del pacto  de obras es, “El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas” Romanos 10:5b. El pacto de gracia es, “Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” Romanos 10:11. Esos pactos de misericordia están de acuerdo entre sí, 1. Que, en ambas, las partes contratantes son las mismas, Dios y el hombre. 2. En ambas, es la misma promesa de vida eterna, que consiste en la fruición inmediata de Dios. 3. La condición de ambos es la misma, viz., obediencia perfecta hacia la ley. Tampoco habría sido digno de Dios admitir al hombre a una bendita comunicación con él, sino en el camino de una santidad inconmovible. 4. En ambas, el mismo fin, la gloria de la más inconmovible bondad de Dios. Pero en esas siguientes particularidades ellos difieren: 1. El carácter o relación de Dios y el hombre, en el pacto de obras, es diferente de lo que es el pacto de gracia. En el pasado, Dios se relaciona como el Supremo Legislador y el Buen Jefe, se regocija en hacer a su criatura inocente formar parte de su felicidad. En este último, como infinitamente misericordioso, adjudicando la vida al pecador elegido consistentemente con su sabiduría y justicia. 2. En el pacto de obras no había mediador. En el de la gracia, está el mediador, Jesús Cristo. 3. En el pacto de las obras, la condición de la obediencia perfecta debía ser realizada por el hombre mismo, que había consentido en ella. En la gracia, se propone la misma condición, que debe ser, o como ya se realizó, por un mediador. Y en esta sustitución de la persona consiste la diferencia principal y esencial de los pactos. 4. En el pacto de las obras, se considera que el hombre trabaja, y la recompensa se debe dar como deuda; y por lo tanto, la gloria del hombre no está excluida, pero puede gloriarse, como lo hace un siervo fiel, con el correcto cumplimiento de su deber, y puede reclamar la recompensa prometida a su obrar. En el pacto de gracia, el hombre, en sí mismo impío, es considerado en el pacto como creyente; y la vida eterna se considera como el mérito del mediador, y como se le otorga al hombre por gracia gratuita, lo que excluye toda jactancia, además de la gloria del pecador creyente en Dios, como su Salvador misericordioso. 5. En el pacto de obras, se requiere algo del hombre, como una condición que, realizada, le da derecho a la recompensa. El pacto de gracia, con respecto a nosotros, consiste en las promesas absolutas de Dios, en las que el mediador, la vida que debe obtener, la fe por la cual podemos hacernos partícipes de él, los beneficios comprados por él, y la perseverancia en esa fe, en una palabra, la totalidad de la salvación y todos los requisitos para ella, están absolutamente prometidos. 6. El fin especial del pacto de las obras fue la manifestación de la santidad, la bondad y la justicia de Dios, conspicua en la ley más perfecta, en la promesa más liberal, y en esa recompensa, para ser dado a aquellos que lo buscan con todo su corazón El fin especial del pacto de gracia es, “para alabanza de la gloria de su gracia”, Efesios 1: 6a, y la revelación de su sabiduría inescrutable y múltiple: qué perfecciones divinas brillan con brillo en el don de un mediador, por quien el pecador es admitido para completar la salvación, sin ningún deshonor a la santidad, justicia y verdad de Dios. También hay una demostración de la suficiencia total de Dios, mediante la cual no solo el hombre, sino incluso el pecador, lo cual es más sorprendente, puede ser restaurado a la unión y la comunión con Dios. Pero todo esto se explicará más completamente en lo que sigue.
Traducido por Pablo Flores Figueroa y revisado por Gabriel Mejías. 

Título original: THE ECONOMY OF THE COVENANTS BETWEEN GOD AND MAN. COMPREHENDING A COMPLETE BODY OF DIVINITY. BY HERMAN WITSIUS,  D.D.

La miserable caída del hombre y la bendita gracia de Dios

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 Reino, Pacto Y Mediador (Génesis 1 y 2).

            En esta serie de sermones hemos estado observando la Historia de la Redención desde sus orígenes. Como vimos en el primer sermón, Dios prepara el establecimiento de su Reino sobre la Tierra comenzando por la creación general (los cielos y la tierra), y la creación especial (la humanidad).

En este contexto vemos ya el paradigma del Reino de Dios, que consiste en “el pueblo de Dios, en el lugar de Dios bajo el gobierno y la bendición de Dios”[1]. En el “patrón del reino”[2], que comprende el periodo pre-redentivo de la Historia, Adán y Eva eran el pueblo de Dios (Gn. 1:26-27; 2:7, 18, 21-23), la tierra, específicamente el jardín del Edén, era el lugar de Dios (Gn. 1:1-25; 2.8-15), y el gobierno y la bendición de Dios fue administrada mediante el Pacto de Obras (Gn. 2:16-17).

El Pacto de Obras o Pacto de Vida contiene los siguientes elementos: (1) las partes del Pacto, las cuales son Dios y la humanidad, (2) la promesa del Pacto, la cual es la vida perdurable, (3) la condición u obligación del Pacto, que es obediencia perfecta (No comer del Árbol del conocimiento del bien y del mal), la amenaza en caso del quebrantamiento, la cual es la muerte y, (5) por último, una señal del Pacto la cual es el Árbol de Vida.

            Vimos también que, en el Pacto de Obras, Adán cumple el oficio de Mediador, es decir, él es el representante y cabeza de la humanidad delante del Señor. Como mediador del Pacto, Adán fue un tipo de Cristo. Así como en el Jardín, Adán era profeta, por cuanto era receptor y comunicador de la Palabra, sacerdote (guardador del Edén, Templo de Dios, y de las ordenanzas del Pacto) y rey (administrador de la creación), Cristo, el segundo Adán, es el Verdadero Profeta de Dios, el Gran Sumo Sacerdote, y el Rey de Gloria.

Así es como la Historia Pre-Redentiva comienza con la creación y termina con la caída del hombre, lo cual veremos a continuación.

La miserable caída del hombre

Podemos observar la gravedad y miseria de la caída del hombre en que Adán y Eva actuaron en incredulidad y presunción, pecando terriblemente contra Dios, quien los había rodeado de toda bendición en el huerto de Edén. “Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”. (Rm. 1:21). “Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Rm. 1:22), pues, al creer y obedecer la voz de la serpiente, “Cambiaron la Verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Rm. 1:25). Como consecuencia de su pecado, fueron conscientes de su culpabilidad. “Y conocieron que estaban desnudos” (Gn. 3:7). La vergüenza y el temor se apoderaron de ellos, por lo cual “se escondieron de la presencia de Jehová Dios” (Gn. 3:8) ¡Estando en el mismísimo mundo de Dios! El salmista dice:“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:7).

No solo pecaron hasta ahí, sino que, además, agravaron su pecado al no confesarlo ni arrepentirse de él cuando Dios se acercó a ellos, mostrando así la dureza de sus corazones envanecidos. Con todo, en vez de presentar delante del Señor un corazón contrito y humillado, presentaron excusas baratas, que solo aumentaron más y más su pecado. “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Rm. 2:5). En el mismo acto en que Adán y de Eva pecaron, se hicieron presentes para la humanidad completa las duras consecuencias de ésta primera transgresión, las cuales podemos resumir en dos:

  • Primero, La carencia de Justicia Original, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Rm. 3:10). Nuestros primeros padres cambiaron “la primogenitura” de su Justicia Original, por el “plato de lentejas” del pecado.
  • Segundo, La corrupción de toda su naturaleza. “(…) [vivimos] en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos (…), estando nosotros muertos en pecados” (Ef. 2:3, 5). Como se contamina un vaso de agua pura al verter en él una dosis de veneno mortal, así fue contaminada toda la naturaleza humana cuando fue vertido en ella el veneno del pecado.

La bendita gracia de Dios

¿Puedes ver cuán impíos fueron Adán y Eva al despreciar a Dios, y quebrantar sus mandamientos? Ellos estaban en los brazos de su buen Dios, ¡y decidieron propinarle una bofetada en el rostro! ¡la afrenta de ellos a la Majestad del Altísimo no merecía sino la completa y terrible ira y la maldición de Jehová! No obstante, aunque era completamente justo que el Señor Dios consumiera a nuestros primeros padres en su Ira, no lo hizo, sino que actuó, en su gran misericordia, en favor de ellos. (Gn. 3:8). Aun cuando ellos intentaron inútilmente huir de la presencia de Dios tras haber pecado, él mismo fue a su encuentro.

Además, al maldecir Dios a la serpiente, pronuncia la bendita palabra de la Promesa, que la simiente de la mujer vencería a la simiente de la serpiente. Los teólogos llaman este pasaje el “proto-evangelio”, que quiere decir el primer evangelio, la buena noticia de Dios a una humanidad que se encontraba en un estado tan desfavorable y desolador. (Gn. 3:15). En esta promesa, Dios le estaba anunciando a los Hijos del Pacto que él estaría de su lado, y vencería a sus enemigos.

Debemos considerar también que la consecuencia del pecado de Adán y Eva no fue tan severa como para destruirlos, sino que fue como la disciplina que ejerce un padre sobre su hijo, al cual ama. (Gn. 3:16-19). Por si todo esto no fuera poco, Dios manifestó aún más de su favor para con ellos mediante un acto simbólico de gracia, cuando él mismo “hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles” (Gn. 3:21), vistiéndolos. El Señor se sirvió de la muerte de un sustituto, para ocultar la desnudez del hombre y de su mujer. Sangre fue derramada, para cubrir la vergüenza de ambos.

Conclusión: Revestidos de Cristo, el perfecto sustituto.

  Los tenues destellos de la gloria de la obra de nuestro bendito Redentor se dejan ver mediante este primer sacrificio. ¡Oh cuan superior es la perfecta obra de nuestro amado Señor Jesús! ¡Que el perfecto y eterno Hijo de Dios derramara su preciosa Sangre en la Cruz del Calvario en nuestro lugar! Así como Adán y Eva fueron vestidos por las pieles de un sustituto, así nuestro Padre amoroso nos ha revestido de la perfecta Justicia de Cristo (Gal. 3:27), la cual nos fue imputada por la fe en él, “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gal. 3:26).

Como está Escrito: “(…) nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.(1 Cor. 5:7), su cuerpo por nosotros fue partido (1 Cor. 11:24); El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29) fue inmolado (Ap. 5:12), y con su sangre nos ha redimido para nuestro Dios (Ap. 5:9).

            ¡Bendita paz que disfrutamos por la obra de Cristo, que nos ha justificado! Como está Escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 5:1).

Aplicaciones: Llevando la Palabra a la Práctica. 

  • Meditemos en la gloria del Evangelio revelada en estas Escrituras. Así como nuestros primeros padres no fueron tratados como merecía su transgresión, así también Dios nos ha tratado con abundante misericordia. Lamentaciones 3:22-33. Contemplemos la belleza de Cristo, quien es el sustituto perfecto, cuya justicia es nuestra por la fe. Nuestro esposo, el cual es Jesús, ha dado su vida en nuestro rescate, ¿Cómo no ha de consumir esta verdad nuestros pensamientos? Que aquel que es “el más hermoso de los hijos de los hombres” (Sal. 45:2), “señalado entre diez mil” (Cant .5:10), cautive nuestros pensamientos, y haga arder nuestros corazones de amor por él.
  • Confesemos a él nuestros pecados, pues “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Examinemos nuestros corazones, para ver si estamos en Cristo, no sea que haya alguno entre nosotros que aún no esté revestido de Cristo, sino que está aun pobremente cubierto de sus “hojas de higuera” de auto-justicia. ¡Oh pecador, no malgastes el tiempo que Dios te da y arrepiéntete de tu maldad hoy mismo! Como está Escrito: “(…) Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Salmo 95:7b-8). Si no estás en Cristo, la Ira de Dios está sobre ti, y no se tardará en consumirte si permaneces en tu estado de incredulidad. Hermanos, mejor es carecer de la miel del diablo, que sufrir el aguijón de la Ira de Dios” (Thomas Watson). Una vez más te digo a ti, que aun eres esclavo del pecado, ¡mira a Cristo hoy, y corre a Él!
  • Esforcémonos en odiar el pecado, y mortificarlo. Mata a tu pecado, o él te matará a ti (John Owen). Mientras más tus pensamientos estén en las cosas celestiales, menos estarán en las terrenales.
  • Vivamos nuestras vidas para la gloria de Dios, caminando en piedad, como nos mandan las Escrituras, pues el fruto de nuestra justificación es nuestra santificación.

Escrito por Nicolás Reyes Medina.

[1] Goldsworthy  Graeme, Evangelio y Reino, p.54.

[2] Roberts  Vaughan, El Gran Panorama Divino, p.24.

 

Juan Calvino Teólogo del Espíritu Santo

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A principios del Siglo XX el León de Princeton, Benjamin Warfield llamo por primera vez a Juan Calvino “El Teólogo del Espíritu Santo”. Y a justa razón, ya que Calvino de entre sus muchas contribuciones al desarrollo de la Teología, es sin duda el teólogo que más aporto al desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo. En las palabras de Warfield: “el desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo fue su mayor contribución a la iglesia”[1]

Para muchos el nombre de Juan Calvino es asociado al desarrollo de la doctrina de la Predestinación y Soberanía de Dios. Para otros el nombre de Calvino es familiar por los Cinco punto del Calvinismo desarrollados por las Iglesias Reformadas en el Sínodo de Dort de 1619.  Pero muy pocos ven a Juan Calvino como teólogo del Espíritu Santo.

Para el contexto Histórico-Eclesial de Warfield, Calvino fue una voz en medio de tanta confusión sobre la bendita doctrina del Espíritu Santo. Y para nosotros hoy Calvino es la voz de un maestro amigo que nos muestra la doctrina Bíblica del Espíritu Santo.

Hoy también la confusión abunda, hombres corruptos se atribuyen dominio sobre el Espíritu Santo y le imputan palabras y obras que nunca el Santo Espíritu de Dios haría. Hombres que locamente se atreven a decir que hay cosas que Cristo no revela y que las revela solo el Espíritu Santo. Rompiendo así la comunión y armonía intra-trinitaria. Cristo les dijo a sus discípulos que el Espíritu Santo no haría una obra a parte, sino que aplicaría la obra que Él ejecutó: “cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí”[2]

Por otra parte, quienes pertenecemos a la tradición Reformada y nos consideramos herederos de la Reforma y en línea con Calvino. Vivimos a menudo ignorando la acción del Espíritu Santo. Sabemos como hacer toda nuestra tarea ministerial, sabemos confesar que creemos en el Espíritu Santo, pero no sabemos depender de Él.

Juan Calvino en el tercer libro de su Institución de la Religión Cristiana, desarrolla  de forma sistemática  la doctrina del Espíritu Santo. En toda la Institución se ocupa de la persona del Espíritu y su relación con las Escrituras, la Vida Cristiana y los Sacramentos. La Institución de la religión Cristiana es un monumental tratado sobre la obra de Dios ejecutada por el Hijo aplicada en el poder del Espíritu Santo para llevar a los pecadores a la comunión con el Dios Trino. Calvino llamo a su obra un tratado para la piedad. Y deja bien claro que no puede haber piedad sin la obra sobrenatural del Espíritu Santo.

El estudiante serio que desea conocer la doctrina del Espíritu Santo, hallara en los escritos de Calvino un profundo compromiso con exaltar la obra del Espíritu Santo en  el testimonio de las escrituras, la conversión , la vida cristiana y la iglesia.

El Espíritu y la Escrituras

Esta es una de las doctrinas más debatidas en la iglesia de hoy: la infabilidad y la inspiración  de las Escrituras. Calvino nos instruye respecto a esto  mostrándonos el auto-testimonio de la Biblia y la  obra del Espíritu Santo en la producción de la Escritura.

Calvino  creía que los sesenta y seis libros de la Biblia son la Palabra inspirada e infalible de Dios. Toda su enseñanza sobre la Sagrada Escritura como obra del Espíritu Santo se encuentra en el primer libro de la Institución de la Religión Cristiana en los capítulos 7 al 9. Una y otra vez enfatiza que el Espíritu es el autor divino de la Escritura. Señaló que la presencia de estilos distintos entre los escritores no era contraria a la divinidad completa de la Escritura:  “Admito que algunos de los profetas tenían una manera elegante y clara, incluso brillante… mientras [el Espíritu Santo] en otra parte usó un estilo tosco y sin refinar”[3].

Juan Calvino cada vez que cito la Escritura, usó regularmente la fórmula, “El Espíritu Santo dice”. Debido a que el Espíritu Santo es el autor.  Calvino insistió en que las Escrituras se autentifican así mismas. Refutó la idea de que la autoridad de la Escritura depende de la iglesia (Inst. Libro I Capitulo VII, 2). Mucho antes de que la Confesión de fe Westminster[4] tratara esto, ya Calvino había desarrollado la doctrina del testimonio interno de las Escritura:

“El testimonio que da el Espíritu Santo es mucho más excelente que cualquier otra razón. Porque, aunque Dios solo es testigo suficiente de si mismo en su Palabra, con todo a esta Palabra nunca se le dará crédito en el corazón de los hombres mientras no sea sellada con el testimonio interior del Espíritu. Así que es menester que el mismo Espíritu que habló por boca de los profetas, penetre dentro de nuestros corazones y los toque eficazmente para persuadirles de que los profetas han dicho fielmente lo que les era mandado por el Espíritu Santo”[5]

 La confesión de Fe termina concluyendo sobre el testimonio interno de las escrituras casi con las palabras del mismo Calvino:

“Sin embargo, nuestra persuasión y completa seguridad de que su verdad es infalible y su autoridad divina proviene de la obra del Espíritu Santo, quien da testimonio a nuestro corazón con la palabra divina y por medio de ella”[6]

“No hay hombre alguno, a no ser que el Espíritu Santo le haya instruido interiormente, que descanse de veras en la Escritura; y aunque ella lleva consigo el crédito que se le debe para ser admitida sin objeción alguna y no está sujeta a pruebas ni argumentos, no obstante alcanza la certidumbre que merece por el testimonio del Espíritu Santo.

Porque aunque en sí misma lleva una majestad que hace que se la reverencie y respete, sólo, empero, comienza de veras a tocarnos, cuando es sellada por el Espíritu Santo en nuestro corazón”[7]

 Para Calvino buscar al autoridad de la Palabra de Dios fuera del Espíritu Santo es una maldita impiedad. Porque las Escrituras son la voz de Dios, hablándonos de su Hijo, en el Poder del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo en la Unión con Cristo

Conocí al Señor el la Iglesia Pentecostal. Tengo bellos recuerdos de mi adolescencia cristiana allí. Como recién convertido estaba lleno de dudas y con mucha hambre de conocer. Le pregunte a varios hermanos sobre mi conversión, sobre la obra del Espíritu Santo. Varios me contestaron: “debe seguir orando más y Dios le afirmará” otros me convencieron de buscar un sello impuesto por un instrumento. Finalmente fui a conversar con el Pastor, llegue a su casa, pase a su oficina y lo primero que me dijo fue : “Si tienes dudas debes leer esto” y puso el viejo Catecismo de Heidelberg en mis manos. Acto seguido con toda la rudeza Pentecostal me dijo: ¡ Lea la primera pregunta!, con voz de adolecente leí: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

“Respuesta: Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte , no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad”[8]

Esa mañana comprendí que mi conversión fue fruto de mi unión con Cristo, y que el sello de mi unión con Cristo era el Espíritu Santo morando en mi. Le dije Pastor! Que mas puedo leer? Me dijo: llévate las instituciones de Calvino, son tuyas. Calvino me enseñó que la obra del Espíritu Santo no es solamente traer consolación y fortaleza a nuestras vidas. La obra gloriosa del Espíritu Santo es  aplicar la obra consumada del Hijo de Dios a sus hijos y conformarlos al carácter de Cristo. Por lo tanto no existen cristianos de segunda. Si usted esta en Cristo esta sellado, es morada de Dios.

En el tercer libro de la Institución, Calvino comienza enseñando que el Espíritu Santo nos comunica todos los bienes que Cristo consiguió para su pueblo:

“Hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de Él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, ni nos aprovecha lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado -nuestra Cabeza- y “primogénito entre muchos hermanos”; y de nosotros se afirma que somos -injertados en Él” (Rom.8, 29; 11,17; Gál.3,27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una sola cosa con Él”[9]

Calvino demuestra Bíblicamente que la unión con Cristo es esencial para todos los aspectos de la vida cristiana, y que el Espíritu es esencial para esta unión. Sin el Espíritu Santo no hay unión con Cristo, Él produce la fe, Él habita en nosotros. Para Calvino la unión con Cristo nos conduce a la Justificación, y a la Santificación:

“podemos decir que Jesucristo nos es presentado por la benignidad del Padre, que nosotros lo poseemos por la fe, y que participando de Él recibimos una doble gracia. La primera, que reconciliados con Dios por la inocencia de Cristo, en lugar de tener en los cielos un Juez que nos condene, tenemos un Padre clementísimo. La segunda, que somos santificados por su Espíritu, para que nos ejercitemos en la inocencia y en la pureza de vida[10]

La justificación es recibida por la fe generada por el Espíritu y imputada sobre la base de la unión con Cristo por medio de Su Espíritu. Calvino hizo hincapié en que la justificación siempre está acompañada de Santificación. No puede haber Justificación donde no hay Santificación. “Por lo tanto, Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir, de tal manera que a quienes Él ilumina con su sabiduría, los redime; a los que redime, los justifica; y a los que justifica, los santifica.”[11]

Guido de Bres, el autor de La Confesión belga, sigue a Calvino en la relación de la Justificación y la Santificación:

“Creemos, que esta fe verdadera, habiendo sido obrada en el hombre por el oír de la Palabra de Dios y por la operación del Espíritu Santo, le regenera, le hace un hombre nuevo, le hace vivir en una vida nueva, y le libera de la esclavitud del pecado. Por eso, lejos está de que esta fe justificadora haga enfriar a los hombres de su vida piadosa y santa, puesto que ellos, por el contrario, sin esta fe nunca harían na­da por amor a Dios, sino sólo por egoísmo propio y por temor de ser condenados.”[12]

La Justificación y Santificación no son dos aspectos de la unión con Cristo, sino que son dos cosas distintas: el acto de la justificación sucede fuera del creyente y la obra de la santificación sucede dentro de él. El Espíritu Santo es el poderoso y divino agente de la santificación. La santificación nace de la regeneración y esta es el fruto de la obra del Espíritu en la vida de quien Él habita.

La evidencia de la vida nueva es el Fruto del Espíritu Santo. Por que todo proviene de Él.  Calvino comenta Gálatas 5:22: “la naturaleza del hombre no produce  más que frutos malos y sin valor, ahora todas las virtudes, todos los afectos buenos y bien regulados proceden del Espíritu , Es decir, de la gracia de Dios y de la naturaleza renovada que tenemos de Cristo “. [13]

Para Calvino la vida llena del Espíritu es una vida ocupada en Cristo, es una vida que evidencia los frutos del Espíritu. Sin duda siempre habrá quienes se atribuyan la obra del Espíritu, pero así como el alma no esta ociosa en el cuerpo sino que lo mueve y le infunde vigor a cada parte, así también el Espíritu no esta quieto en el creyente, manifestará sus obras en el.

La iglesia necesita desesperadamente recuperar los  énfasis de la obra del Espíritu Santo enseñadas por Calvino. Él aporta cordura en medio de la confusión y sobre todo nos enseña a vivir en constante dependencia del Espíritu.

Calvino fue el teólogo que más desarrollo la doctrina del Espíritu Santo. Sin duda. Nos muestra la grandeza del Espíritu al darnos las Escrituras, al regenerarnos, justificarnos y santificarnos.

Calvino como predicador también nos enseña que la predicación es una obra que depende constantemente de la bendición del Espíritu. Debemos acercarnos al trabajo de predicar con una dependencia consciente del Espíritu Santo, conscientes de que si no bendice la predicación, será espiritualmente inútil. Sólo la intervención del Espíritu puede elevar esa palabra para que no sea una conferencia, una recitación, un discurso, una elocución, ni una meditación, sino una predicación, una palabra pronunciada en la vitalidad del Espíritu y, por tanto, predicada. Si el Espíritu está ausente, puede haber un sermón, pero no necesariamente una predicación.

Calvino nos enseña que el ministerio del Espíritu es exaltar a Cristo, el Evangelio es una ministración del Espíritu Santo donde Cristo es expuesto. Sin comunión con Cristo nuestra obra ministerial no tendrá el poder eficaz del Espíritu, pues el Espíritu Santo no glorificara  a otro, no se deleitará en otro, no arrojara luz sobre otro sino Cristo.

La vida de Calvino fue una vida de honrar al Espíritu Santo sometiéndose a las Escrituras, buscando en todo glorificar a Cristo.

Escrito por el Rev. Néstor Roubilar

[1] Institución, III,11,1

[2] Institución, III,16,1

[3] Confesión Belga Articulo 24

[4] Comentario a los Gálatas 5.22

[5] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana Libro I, Capitulo VII, . Editorial FELIRE 1967.

[6] Catecismo de Heidelberg Pregunta 1

[7] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana Libro III, Capitulo I. Editorial FELIRE 1967.

[8] Juan Calvino, Sermons on Ephesians, trans. Arthur Golding (1577; repr., Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1973)

[9] Confesión de Fe de Westminster Capitulo I, 5 “Testimonio de las Escrituras”

[10] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana Libro I, Capitulo VII “Cuáles son los testimonios con que se ha de probar la Escritura para que tengamos su autoridad por auténtica, a saber del Espíritu Santo; y que es una maldita impiedad decir que la autoridad de la escritura depende del juicio de la Iglesia. Editorial FELIRE 1967

[11] Confesión de Fe de Westminster 1:5

 

[12] Benjamin B. Warfield, “John Calvin the Theologian,” in Calvin and Augustine, ed. Samuel G. Craig (Philadelphia: Presbyterian and Reformed, 1956), 484–5

[13] Juan 15:26 RV60

 

 

Jonathan Edwards, El Teólogo del Avivamiento

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Se ha dicho de Jonathan Edwards, que fue la mente más brillante del nacimiento de Norteamérica, y el ultimo de los Puritanos. Aunque el calificativo es correcto, no hace  justicia a la totalidad del carácter y corazón del Teólogo del Avivamiento[1]. Edwards fue un hombre reservado y humilde, de carácter fuerte y corazón ferviente, de emociones profundas, defensor de la  verdadera espiritualidad y el celo cristiano. No había lugar para la abstracción fría y desapasionada en él.

Mark Noll el historiador del cristianismo norteamericano sostiene que “no hubo sucesores para la  cosmovisión extasiada de Dios, ni para la profunda filosofía teológica de Jonathan Edwards”[2] . Lo que es una desgracia pero también un desafío para esta generación que  desea dar soluciones al creciente secularismo. Edwards no es solo una mente brillante, es una mente enamorada de Dios:

El cielo que yo deseaba era un cielo de santidad; para estar con Dios y pasar mi eternidad en amor divino y santa comunión con Cristo. Mi mente se extasiaba en la contemplación del cielo, y los gozos que ahí había; y vivir ahí̀ en perfecta y santa humildad, y amor; y acostumbraba en ese tiempo a experimentar una gran parte de la felicidad del cielo, en donde los santos podrían expresar su amor a Cristo. Me parecía un gran obstáculo y una carga aquello que yo sentía dentro de mí̀ y que no podía expresar como yo quería. El fuego interno de mi alma parecía como si algo lo detuviera y lo mantuviera encerrado y no podía arder libremente como debería. Yo me ponía a meditar como en el cielo este principio debería salir y expresarse libre y completamente . El cielo me parecía grandemente deleitable, como un mundo de amor y que la felicidad total consistía en vivir pura, humilde, celestialmente el amor divino.”[3]

Aprender de la espiritualidad de Jonathan Edwards será un bálsamo en el desierto, y aliento en medio de los valles oscuros. Muchos son los testimonios de cómo el Teólogo del Avivamiento ha ayudado a curar el secularismo del corazón. Un corazón que ha perdido su deleite en Dios es un corazón enfermo, y esa enfermedad solo puede ser curada por un Avivamiento, no por tratar de ser relevantes a un mundo que menosprecia a Cristo, no por tratar de redimir lo que Cristo no nos envió a redimir. Los momentos de gloria de la iglesia fueron cuando se menospreció a sus predicadores, cuando política y culturalmente la iglesia estaba marginada. Sin embargo la iglesia transformó el mundo por el poder del Espíritu Santo. Hoy nadie nos persigue, y la razón se debe a que no hay diferencia entre quienes invocan el nombre del Dios Santo y quienes lo desprecian.  En estos días de hipocresía espiritual, donde la iglesia ha marginado sistemáticamente las realidades del Espíritu Santo, intentando sustituirlas por modas teológicas, usando los últimos conjuros de los astros de las Mega-Iglesia, solo ha provocado aburrimiento, apatía espiritual y una débil manifestación de la verdadera espiritualidad. Una espiritualidad sentimentalista, consumista y amanerada reina en nuestras iglesias.

Le estamos pidiendo  a nuestras filosofías de ministerio que traigan la vida que solo Él Espíritu Santo puede dar  por medio del Evangelio. No son los proyectos los que traen vida, los proyectos y programas surgen como fruto de la comunión con Dios, y la perseverancia en su Evangelio. No son solamente predicas expositivas, si estas están vacías de la comunión con Dios no tienen ningún poder. Edwards nos enseña que la predicación que Dios usa es la predicación del corazón quebrantado. Aquella predicación que no va a la Biblia para encontrar un texto que lucir en el Pulpito, sino que va a la Biblia para encontrase con el Dios Trino, y llevar a su pueblo a un encuentro con Él:

“Debo pensar en mí caminando hacia mi trabajo, conseguir que los oyentes se entusiasmen tanto como sea posible, que nada les emocione tanto como la verdad. Nuestro pueblo no necesita tanto llenar sus mentes repletas como que sus corazones sean tocados, y tiene una gran necesidad de una predicación encaminada a esto”[4]

Personalmente Edwards me ha pastoreado fuertemente en los momentos de desaliento, y dureza de corazón.  J.I Packer dijo; que si deseas saber algo del verdadero avivamiento, Edwards es el hombre a consultar. Te animo a conocer al Teólogo del Avivamiento.

Jonathan Edwards nació el 5 de octubre de 1703 en East Windsor, Connecticut. Él era el único hijo varón de los once hijos de Timothy Edwards y Esther Stoddard, hija del Reverendo Solomon Stoddard, quien sirvió durante sesenta años como ministro de la iglesia parroquial de Northampton, Massachusetts.

El padre de Edwards fue un reconocido predicador, y al igual que muchos ministros de la época, levanto una escuela primara en su hogar, que  preparaba el ingreso de los niños al Colegio de Connecticut, y que para fines de 1718 paso a llamarse Universidad de Yale. La primera educación de Edwards la recibió de su padre Timoteo, su hogar fue un centro de educación teológica fiel al Pacto[5]. Aquí se nutrió en la teología reformada y la practica de la piedad puritana. El viejo teólogo Thomas Manton describe así la familia fiel al Pacto: “Una familia es el centro de educación teológica de la Iglesia y el Estado. Cuando leemos fielmente la Palabra, crecemos, la iglesia madura, y la sociedad se ve afectada por nuestra piedad

A los trece años, se fue al  Colegio de Connecticut, inicio sus estudios con Eliseo Williams, ministro congregacionalista y rector de Yale. Durante su estancia allí, Edwards escribió preciosos ensayos sobre el arcoíris y  las arañas (algo de eso se puede notar en su sermón Pecadores en las manos de un Dios airado). Al termino de sus estudios se le concedió el título de Bachelor of Arts (Bachiller en letras) en 1720, fue el primer lugar de su promoción. Se mantuvo en Yale hasta su titulo de maestría, permaneciendo después  como profesor y ministro por un breve tiempo.

Pastorado, Avivamiento y Expulsión

En 1726  Jonathan Edwards fue ordenado como pastor asistente de la Iglesia Congregacional en Northampton, donde su abuelo Salomon Stoddard, era pastor desde 1672.  El 28 de julio de 1727  contrajo matrimonio con Sarah Pierrepont, con quien tuvo once hijos, ocho hijas, y tres hijos. Juntos sirvieron en Northampton por 23 años.

Después de la muerte de su abuelo en 1729, Edwards se convirtió en el único pastor allí, experimento junto a su congregación un gran mover del Espíritu Santo en 1734-1735, sin embargo de esta iglesia seria  expulsado más tarde por no aceptar a la mesa de comunión a miembros que no tuviesen un testimonio claro de conversión.

La iglesia de Edwards tenia una membresía de seiscientos veinte comulgantes, durante su ministerio predico mensajes sobre  el arrepentimiento, la fe, la justificación, su predicación trato sobre pecados específicos y no solo los comunes, destruyendo así la confianza y moralidad común de su membresía. Estos sermones fueron la siembra del avivamiento conocido como el Gran despertar.  Catequizaba a los niños y aconsejaba a los adultos en su estudio.  Así corrigió los errores en los que algunos habían caído durante los últimos años de ministerio de  su abuelo Salomon Stoddard. Estos errores están descritos en su diario :

«Muchos están entusiasmados con la verdad, pero sus corazones quedan sin renovar; se entusiasman, están engañados y llenos de confianza en sí mismos, son violentos, cortantes y fieros, están llenos de vanagloria; son excéntricos y fanáticos, pendencieros y destructivos. Más adelante, quizá caigan en un pecado espectacular y apostaten todos juntos, o puede que se queden en la iglesia para escandalizar al resto afirmando con una base perfeccionista dogmática, que aunque lo que hacen puede ser pecado en el caso de otros, no es así en el suyo»

Luego de periodos fuertes de apatía espiritual, y entusiasmo hipócrita. Dios envió avivamiento en 1734. Este fue abundante en conversiones sorprendentes, Edwards describe cómo  los jóvenes y adultos respondieron a su predicación con renovado interés, deseando un examen real de su comportamiento público y privado. Esto refleja la experiencia y sensibilidad pastoral de Edwards en tratar a las personas que pasaban por las diversas fases de su experiencia espiritual.  Las personas que visitaron Northampton notaron el cambio de clima espiritual y regresaron a sus hogares encendidos por la predicación de Edwards. Fue así que el Espíritu Santo trajo avivamiento a otros lugares también.

La esencia de un avivamiento es un corazón que desea fuertemente a Dios, y no cabe duda que ese es el corazón de Edwards:

En 1737 una día cabalgaba en los bosques por motivos de salud, luego de bajar de mi caballo en un lugar retirado, como era mi costumbre, al caminar para contemplación divina y oración, tuve una visión que para mí fue extraordinaria de la gloria del Hijo de Dios, como Mediador entre Dios y el hombre, y su magnífica, grande, plena, pura y dulce gracia y amor y suave condescendencia. Esta gracia que apareció tan calmada y dulce, también apareció grande en el cielo. La persona de Cristo apareció inefablemente excelente con una gran excelencia suficiente como para consumir todo pensamiento y concepción – que continuó, tanto como lo calculo, como por una hora, lo cual me mantuvo la mayor parte del tiempo en un mar de lágrimas, llorando a gritos. Sentí una flama en el espíritu que no sé cómo expresarlo; permanecí en el suelo y lleno de Cristo solamente; para amarlo, servirlo y seguirlo; y para ser perfectamente santificado y purificado con una pureza divina y celestial. Tuve otras experiencias y visiones muy parecidas y que tuvieron los mismos efectos.[6]

 Después de un período de calma a finales de  1739, Edwards se vio envuelto en el Gran Despertar, que comenzó en 1740. Este avivamiento trato fuertemente con la apatía espiritual de los fieles de Northampton. Fue el poder del espíritu santo restaurando a la iglesia y llevándola al contentamiento profundo en Dios.

El avivamiento vino por medio de la predicación de un sermón. Jonathan Edwards ayunó tres días para  predicar uno de los sermones más famosos de la historia de la iglesia “Pecadores en las Manos de un Dios Airado”, basado en Deuteronomio 32:35, el 8 de julio de 1741 . Cuando él subió al púlpito para ministrar su sermón, no uso de retorica, ni dramatización, solo leyó su sermón, pero lo leyó con la misma convicción con la que  había buscado al Señor durante tres días. Los miembros de su iglesia sintieron que caían al Infierno, muchos le rogaron Señor Edwards termine aquí. ¿Qué sucedió? un avivamiento estalló quemando todas las colonias Americanas.

La renovación y revitalización de la iglesia no viene por imitar al predicador de moda, ni por copiar las recetas de marketing de su mega-iglesia.  Viene por estar de rodillas delante de Dios con el corazón quebrantado, viene por un anhelo profundo de Dios:

“Muy seguido desde el avivamiento en este pueblo, he tenido visiones que me han afectado de mi propia pecaminosidad y vileza; muy frecuentemente a tal grado, de mantenerme llorando suavemente, algunas veces por un tiempo considerable, de tal manera que me he visto forzado a encerrarme. He tenido un vasto y muy grande sentido de mi propia iniquidad, y la maldad de mi corazón, más de lo que lo había tenido antes de mi conversión. Me ha parecido muy seguido, que si Dios me culpara de iniquidad, yo aparecería como el peor de toda la humanidad; de todo lo que ha existido desde el principio de este mundo hasta este día; y que yo debería tener el lugar más bajo del infierno. Cuando otros que han venido a hablar conmigo acerca de las preocupaciones de su alma, me han expresado la percepción que ellos tenían de su propia iniquidad, por decirlo así, que se les figuraba a ellos que eran tan malos como el mismo demonio; Yo creía que sus expresiones eran extraordinariamente obscuras y débiles como para representar mi iniquidad. Mi iniquidad, como la veo en mi mismo, hace mucho tiempo que me ha parecido perfectamente inefable, y soportando todo pensamiento e imaginación; como un infinito diluvio , o montañas sobre mi cabeza. Yo no se  como expresar mejor como me parecen mis pecados a mi, que amontonando lo infinito sobre lo infinito, y multiplicando infinito por infinito. Frecuentemente, por todos estos ahogos, estas expresiones han estado en mi mente y en mi boca, infinito sobre infinito—-Infinito sobre infinito,  Cuando veo dentro de mi corazón y tengo una visión de mi iniquidad, se ve como un abismo, infinitamente más profundo que el infierno. Y pienso que si no fuera por la gracia gratuita, exaltada y levantada hasta las infinitas alturas de la plenitud y gloria del gran Jehová, y el brazo de su poder y gracia extendido en toda la majestad de su poder, y en toda la gloria de su soberanía, yo estaría hundido en mis pecados debajo del mismo infierno; mucho muy lejos de la vista de cada cosa, excepto del ojo de la gracia soberana que puede perforara hasta tal profundidad. Y aun así, me parece que mi convicción de pecado es extraordinariamente pequeña y débil ; esto es suficiente para sorprenderme de que no tenga yo una mayor percepción de mi pecado. Yo se ciertamente que tengo un muy pequeño sentido de mi pecaminosidad. Cuando he estado teniendo turnos de lagrimas y llanto por mis pecados, he pensado que yo sabía en ese tiempo, que mi arrepentimiento era nada comparado con mi pecado. Yo he anhelado grandemente desde hace tiempo, el tener un corazón quebrantado, y de postrarme delante de Dios”

Después de grandes manifestaciones, y de servir fielmente a su congregación por veintitrés años, Edwards fue expulsado de su Iglesia. Se levantaron falsos rumores, pero el verdadero problema era su negativa a bautizar a los hijos de los miembros que no podían dar testimonio de  la gracia salvadora. Por amplia mayoría, la iglesia de Northampton votó por no cambiar sus prácticas sacramentales. Al año siguiente, Edwards dejó Northampton con su familia, refugiándose en la colonización en la frontera de Stockbridge, cerca de la frontera occidental de Massachusetts, donde sirvió como pastor de una pequeña congregación y como misionero a los indios.

En 1757 fue nombrado presidente de la Universidad de Princeton. Viajó a Princeton para tomar posesión de su cargo en febrero de 1758. Durante este viaje se vacuno contra la viruela; pero la inoculación en sí le produjo la muerte al mes siguiente.

Sin embargo los siete años antes de su muerte fueron años fructíferos, produjo libros que aun continúan teniendo un impacto teológico tremendo en la iglesia. El libro “El fin para el cual Dios creó el mundo” lo  puede atestiguar, así como el libro “Los Afectos Religiosos” nos muestran la gran sensibilidad pastoral del Teólogo del Avivamiento.

Lecciones de Edwards para hoy:

 

  • Nos recuerda que el Avivamiento es la cura eficaz para sanar la actual apatía de la iglesia, que es producto de la egolatría de sus miembros.
  • Nos enseña que los Avivamientos son obras de Dios, y es Dios inclinado los corazones de los santos dormidos a la belleza del Evangelio. Provocando un sentir más profundo respecto del pecado y de la gracia, destruyendo así nuestra auto justificación. Durante el avivamiento el trabajo normal del Espíritu Santo (convicción de pecado, gozo, experimentar la presencia de Dios) se intensifica haciendo  que la presencia de Dios entre su pueblo  sea evidente y
  • Edwards nos dice que la señales externas de un verdadero avivamiento son: la Exaltación de Cristo y las evidencias del fruto del Espíritu Santo, la experiencia del corazón, diferente de una interpretación puramente intelectual de la gracia de Dios.
  • Un celo profundo por las misiones y el evangelismo, ya que el pueblo que ha sido asombrado por la gracia de Dios no se quedará quieto.

¿Qué hacer cuando vivimos en un tiempo donde el juicio de Dios es tan evidente? Iglesias destruyéndose por que el Pastor abandono a su familia por otra mujer, y luego continúa su ministerio como si nada, diáconos en adulterio, hijos rebeldes, jóvenes que abandonaron la fe de sus padres.  ¿Qué hacer cuando el favor de Dios parece que no está con nosotros? ¿Qué hacer cuando la iglesia no tiene vida? ¿Qué hacer cuando nuestros esfuerzos parecen inútiles?

Jonathan Edwards nos señala el Avivamiento. Un ministro famoso de Northampton suspiro al morir diciendo estas palabras: todo es oscuro, no hay nada más que hacer, los santos estan dormidos, y tu iglesia Señor esta muerta. Ese año, 1741 fue el año del Gran despertar.

Jonathan Edwards vivio sus ultimos dias visionando nuevamente un gran despertar:

“Dios, derramando su Espiritu Santo, equipará a los hombres para ser los instrumentos gloriosos que lleven a cabo esta obra; los llenara de conocimiento y sabiduria, así como de un celo ferviente para promover el Reino de Cristo y la salvación de los hombres y para la propagación del evangelio por el mundo. El evangelio comenzará a ser predicado con una claridad y un poder mucho mayores de lo que ha sido hasta ese momento”

¿No volverás a darnos nueva vida,

para que tu pueblo se alegre en ti?

—Salmo 85,6

Escrito por el Rev. Néstor Roubilar.

 

[1] Citado por J.I Packer: A Quest for Godliness, pp. 326

[2] Deuteronomio 6:4-6

[3] “Nadie es más importante para entender la presente condición del cristianismo que Jonathan Edwards. Fue un poderoso teólogo y un gran evangelista al mismo tiempo. Se puede considerar que fue el teólogo del avivamiento. Si deseas saber algo del verdadero avivamiento, Edwards es el hombre a consultar­­” Martyn LLoyd-Jones, Citado por: Iain Murray, Jonathan Edwards, Pagina 17.

[4] Mark Noll, Jonathan Edwards, Moral Philosophy, and the Secularization of American Christian Thought

[5] La verdadera experiencia espiritual, pagina 4, Jonathan Edwards.

[6] The Works of Jonathan Edwards, vol. I ed. Edward Hickman, (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1974)

 

Espiritualidad Redimida

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Introducción

Existe un grave problema entre aquellos que hemos abierto nuestros ojos, por la gracia de Dios, a la Teología Reformada. Hace ya algún tiempo que vengo meditando sobre este tema en particular, esto es, acerca del desprecio por la “Espiritualidad”. Lamentablemente, el crecimiento de sectores carismáticos neo-pentecostales ha generado anticuerpos con respecto a este asunto, y aquellos que salieron de estos círculos han llegado al punto de desechar y negar todo lo que tenga que ver con el ámbito espiritual y con la piedad. El desierto intelectual gobernado por la sola razón ha llevado a muchos a tener almas secas, sin frutos y sin amor por el prójimo. La ceguera es preocupante. No debemos abandonar u olvidar la Espiritualidad. No debemos olvidar que cada estudio tiene que estar regado de oración y lágrimas. No podemos perder corazones ardientes y devotos por la gloria de Dios, que llevan fruto, y su fruto permanece. Si esto sucede todo está perdido. Por esa razón, es necesario que Dios nos despierte de esta ilusión que sólo ha tomado una parte de la verdad sin tener en cuenta que las dos se complementan y deben crecer juntas. “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure” (Jn. 15:16, NVI).

Vida en Santidad

La falta de piedad y de una vida en santidad, de una u otra manera, se debe al abandono del creyente hacia sus deberes como hijo de Dios. La preocupación por la carne o por las cosas del mundo acrecienta las pasiones de nuestros miembros, y esto resulta en la transgresión de la ley de Dios. Un ejemplo lo podemos encontrar en Santiago, una comunidad profundamente dividida que se componía de una diversidad de grupos, algunos de los cuales destacaban por diferentes combinaciones de prácticas moralmente malsanas. La iglesia estaba asediada por la envidia, las rivalidades, las difamaciones, la ira, una disposición a apartarse de la enseñanza recibida y un cúmulo de otras maldades que siguieron el patrón de su cultura (1) (Santiago 4:1-10). La codicia, el homicidio, la envidia y las luchas, son claras muestras de un camino errado y alejado de la verdadera fe. Pero la realidad actual no está alejada de todo esto. Por la gracia de Dios, en estos últimos años hemos sido despertados, como lo llamaría yo, de una “ilusión mística”, una ilusión que trajo consigo un profundo y peligroso rechazo al estudio diligente de las Escrituras, una forma de pensamiento que terminó prestando demasiada atención a enseñanzas e interpretaciones equivocadas con respecto a lo espiritual. Pero gracias a este despertar por la gracia, la doctrina reformada fue ganando terreno en cada uno de nosotros, llevándonos a apasionarnos por el estudio y la literatura ortodoxa.

Pero, con el correr del tiempo, ha habido una tendencia hacia el rechazo por una vida de verdadera piedad y santidad. Eso es preocupante. La piedad, la cual sobreabunda en los libros escritos por los llamados “Grandes Reformadores”, está siendo pasada por alto. Y esto ha ocasionado una ola de“inquisidores ortodoxos” sin amor, secos y poco piadosos en lo que respecta al actuar para con el prójimo. El profeta Ezequiel nos tiene algo que decir: “Y vienen a ti como viene el pueblo, y se sientan delante de ti como pueblo mío, oyen tus palabras y no las hacen sino que siguen los deseos sensuales expresados por su boca, y sus corazones andan tras sus ganancias. Y he aquí, tú eres para ellos como la canción de amor de uno que tiene una voz hermosa y toca bien un instrumento; oyen tus palabras, pero no las ponen en práctica” (Ezequiel 33:31-32).

          Podemos leer una cantidad inmensa de literatura cristiana ortodoxa, y aquello no tiene nada de malo, por el contrario, es muy saludable; sin embargo, la diferencia estará siempre en la praxis, es decir en una vida que se conforme a la teología que se profesa. A este respecto, es muy cierto lo que dijo el puritano William Ames: “La Teología es la doctrina o enseñanza del vivir para Dios” (2).

        En la actualidad, existe una generación de personas que dicen ser cristianas, pero que parecen no conocer lo que es la preocupación por el prójimo. Son personas que están tan absorbidas por sus propias preocupaciones y por las de sus seres más cercanos que son ciegas a la necesidad ajena. Comen, beben, duermen, visten, trabajan, ganan dinero y lo gastan año tras año; y si los demás son felices o desgraciados, si están sanos o enfermos, si son conversos o inconversos, o si viajan hacia el cielo o hacia el infierno; pareciera que son cuestiones que les tienen sin cuidado alguno. ¿Puede esto estar bien? ¿Es posible que eso sea consecuente con la religión de Aquel que contó la parábola del buen samaritano y nos mandó que fuéramos e hiciéremos los mismo (Luc. 10:37)? Lo dudo totalmente (3). Ésta es una clara radiografía del movimiento reformado actual (o que intenta serlo) que se deja ver por medio de las redes sociales. Y yo me pregunto: ¿Cómo leen estos a Calvino? ¿Cómo no identifican los ríos de piedad en los escritos de los Puritanos? ¿Cómo no ven en las Escrituras la orden a obedecer?
Habiendo dicho todo esto, tengo que confesar que soy uno que ha despertado de ese viaje en el camino desértico e individualista de la “Sola Razón”. Y es ese el motivo del presente escrito. Me he propuesto demostrar aquí que una vida en santidad y piedad son las claras pruebas de un verdadero hijo del Santo Dios Trino, y que estas marcas se ven claramente en aquellos autores de los cuales muchos leen.

Juan Calvino y la Piedad

Los reformadores Juan Calvino y Martín Lutero, han sido hombres importantes hasta
nuestros días, tanto en el ámbito Eclesial como Social. Sus pensamientos siguen provocando desencanto o rechazo en algunos círculos evangélicos, pero también han significado una gran ayuda y dirección en materia teológica. Pero, lamentablemente, el desarrollo doctrinal en estas últimas décadas, sumado al despertar a la Reforma Protestante, ha llevado a muchos a tomar únicamente una parte de las enseñanzas del reformador de Ginebra. No podemos negar la torre teológica construida por él, pero ésta tenía también un propósito bien definido: un evangelicalismo acompañado de la actividad social y preocupación por los más necesitados. La piedad es algo desconocido para esta generación que dice seguir las huellas de la teología de Calvino, lo cual llama la atención, pues no notan lo evidente de la espiritualidad que inunda cada escrito suyo. El reformador escribe: “No es lícito que, con el pretexto de que Dios nos ha elegido desde antes de la fundación del mundo, nos entreguemos a toda disolución, como si diera igual abandonarnos al mal, por cuanto no podemos perecer cuando Dios nos ha retenido por suyos. Porque no hay que separar lo que él ha conjuntado y unido. Por tanto, puesto que nos ha elegido para ser santos y marchar en pureza de vida, es necesario que la elección sea como una raíz que dé buenos frutos” (4). Para Calvino, comprensión teológica y piedad práctica; verdad y utilidad, son inseparables. La teología, en primer lugar, trata de conocimiento de Dios y de nosotros mismos, pero no hay verdadero conocimiento donde no hay verdadera piedad (5). Y es por esa razón que resulta incomprensible la actitud de muchos así llamados “calvinistas” que desprecian la piedad, la cual necesariamente incluye esas actitudes y acciones dirigidas a la adoración y servicio de Dios.
Para Calvino, la piedad incluye una multitud de temas relacionados, como la piedad filial en las relaciones humanas y el respeto y amor por la imagen de Dios en los seres humanos. La piedad designa la actitud correcta del hombre hacia Dios. Esta actitud incluye conocimiento verdadero, adoración sincera, fe salvífica, temor filial, sumisión devota y amor reverencial (6). Calvino escribe: “Porque el evangelio no es una doctrina de palabras, sino de vida. No debe tan solo ser entendido y memorizado, como las demás disciplinas, sino que debe poseer completamente el alma y estar presente en lo más profundo del corazón: si no, no es bien recibido” (7)“Porque él (S. Pablo) muestra que la elección de Dios, aunque sea gratuita, y abata y reduzca a la nada toda dignidad de los hombres, y todas sus obras, y sus virtudes, sin embargo ella no es para darnos licencia para obrar mal, y para llevar una vida confusa y entregarnos al abandono, sino más bien que es para apartarnos del mal en el que estábamos hundidos” (8). Claramente, para Calvino, el conocimiento intelectual va unido a una verdadera piedad, a una vida en santidad. Nuestra espiritualidad no debe menguar, somos llamados a glorificar a Dios con todo nuestro ser, y es aquí donde debemos entender que lo uno y lo otro se complementan y crecen juntos, de lo contrario el equilibrio se perderá. Una vida piadosa está llena de oración, arrepentimiento y abnegación, es llevar la cruz cada día y obedecer a Dios. La oración muestra la gracia de Dios al creyente cuando el creyente ofrece alabanzas a Dios y pide su fidelidad. Comunica piedad, tanto privada como colectivamente (9). Como vemos, la vida del reformador no solo estaba llena de teología, sino de un constante llamado a la vida práctica del evangelio. En cada uno de sus libros él nos enseña que la teología se debe vivir, que ésta es principalmente para glorificar a Dios con todo nuestro ser… “Lo que debemos siempre retener es que si Dios nos ha elegido, esto ha sido para llamarnos a santidad de vida” (10).

Thomas Watson, santificación

Thomas Watson fue uno de los más concisos, animados, ilustrativos y sugestivos de aquellos eminentes teólogos que hicieron de la era puritana el periodo más excelente de la literatura evangélica. A través de todas sus obras podemos ver una feliz unidad entre la sana doctrina, el examen de conciencia y la sabiduría práctica (11). Es por esa razón que sus escritos nos son hoy de gran ayuda para el examen propio de nuestra vida como creyente. He aquí lo que Watson entiende por santificación: “Santificar significa consagrar y apartar para un uso santo; así, una persona santificada es aquella separada del mundo y apartada para el servicio a Dios. La santificación tiene un lado privativo y otro afirmativo”. Como vemos, para él existen dos aspectos, uno privativo, y que consiste en la purificación del pecado; y uno afirmativo, que es la refinación espiritual del alma. Con respecto a lo primero, Watson dice que: “el pecado se compara con la levadura, que agria, y con la lepra, que hace impura a la persona. La santificación nos limpia de la vieja levadura (1 Corintios 5:7). Aunque no nos libra de la existencia del pecado, si lo hace del amor al mismo”. Sobre el lado afirmativo, añade: “esto es lo que se llama en la Escritura la renovación de nuestro entendimiento (Rom. 12:2) y ser hechos participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4)”. Para él la santificación es un principio de gracia obrando de manera salvadora, según el cual el corazón se vuelve santo y es modelado conforme al propio corazón de Dios. Una persona santificada no solo lleva el nombre de Dios, sino también su imagen (12). Claramente no podemos negar lo que se desprende de todo esto, que hemos sido llamados para santificación. Dios nos llamó a su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3); a la excelencia además de la gloria. No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación (1 Tim. 4:79); no hemos sido llamados al pecado, podemos tener tentación pero no una vocación al mismo. No somos llamados a ser orgullosos, o impuros, pero sí a ser santos (13). Un vivo deseo de agradar al Santo Dios se desprende de un corazón que ha visto Su gloria en Cristo. Este se deleita en Él como el sumo y absoluto bien para su vida, comprendiendo que fuera de Él no encontrará nada más que oscuridad. Por ello, la búsqueda de santidad y una vida en piedad no son sino el resultado de un corazón que ha sido regenerado, de una oveja que ha sido redimida, y ésta sabe oír la voz de su Señor (Juan 10:27). Lo principal que debería buscar el cristiano es la santificación. Esta es el unum necessarium, la única cosa necesaria (cf. Lc. 10:42). “La santificación es nuestra complexión más pura: nos hace como el cielo, salpicado de estrellas; es nuestra nobleza, mediante la cual nacemos de Dios y participamos de la naturaleza divina; es nuestra riqueza y, por tanto, sobre todas las cosas, persigue la santificación. Busca la virtud más que el oro, guárdala, porque ella es tu vida (Pr. 4:13)” (14). Watson nos lleva a una verdad tremenda para nuestras vidas como cristianos profesantes, la necesidad de buscar más que nunca la santificación. Watson, siendo un gran teólogo puritano, jamás separó la razón de la praxis, ni excluyó la espiritualidad que se desarrolla en un verdadero cristiano.

                 Tanto Calvino como Watson fueron hombres llenos de teología, pero no sólo eso, sus vidas eran conformes a lo que cada uno de ellos enseñaba. La piedad, la santidad y una vida espiritual sana eran los distintivos de estos hombres y muchos más dentro de la historia de la Iglesia. No nos dejemos engañar, principalmente por nuestros propios razonamientos teológicos (1 Tim. 4:16). Debemos tener cuidado en eso. Pero también de las influencias externas de falsas filosofías que nos llevan a abandonar la piedad (1 Tim. 4:7). Ante todo esto, la oración es muy importante. Ora por tu santificación, como el salmista pide: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10). Pon tu corazón delante del Señor y di: Señor, mi corazón sin santificar contamina todo lo que toca. No soy apto para vivir con semejante corazón, porque no puedo honrarte; ni para morir con él, ya que no podré verte. ¡Crea en mí un nuevo corazón! Señor, consagra mi corazón y hazlo tu templo, para que en él se canten tus alabanzas eternamente (15). Para los que hemos salido de un contexto enteramente carismático, un consejo: no perdamos el deseo ardiente por santificar nuestras vidas al Señor, ni tampoco desechemos tener una espiritualidad que demanda todos nuestros afectos. Dios en su gracia nos ha salvado completos para Su gloria. No decaigas en la oración, esfuérzate, y ten intimidad con nuestro Señor, él oye a sus hijos.
Para terminar quiero dejar las sabias palabras del Rev. J. C. Ryle: “Guárdate de las malas imitaciones de la religión. Sé genuino. Sé riguroso. Sé autentico. Sé verdadero”

Dios nos ilumine, y lleve a tener vidas consagradas para Su gloria. Soli Deo Gloria.

Escrito por Pablo Flores Figueroa.

NOTAS:
1 David P. Nystrom, Santiago, pág. 271.
2 William Ames, La Médula de la Divina Teología, pág. 32.
3 J. C. Ryle, Cristianismo Práctico, pág. 24.
4 Juan Calvino, Sermones Sobre Efesios, pág. 47.
5 Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, pág. 1.
6 Ibíd., pág. 2.
7 Juan Calvino, De la Vida del Cristiano, pág. 13-14.
8 Juan Calvino, Sermones sobre Efesios, pág. 45
9 Joel Beeke, pág. 16.
10 Juan Calvino, Sermones sobre Efesios, pág. 49.
11 Thomas Watson, Tratado de Teología, pág. 7.
12 Ibíd., pág. 426.
13 Ibíd., pág. 432.
14 Ibíd., pág. 436-437.
15 Ibíd., pág. 441.