Este fin de semana estuve leyendo parte del libro “La Justicia de Dios Revelada” del hermano Mauricio Jimenes y encontré de mucha bendición, especialmente, esta parte del libro: “La fe justificadora y las obras de Justicia”. Espero que para ustedes también sea de gran bendición.

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     Si las obras de justicia, nuestras obras de justicia, no pueden por sí mismas —y por sí solas— presentarnos justos ante el trono de Dios, sino que sólo su gracia, libre y soberana, es la razón de que podamos entrar en una relación de pacto con Dios para así ser absueltos del juicio divino y de la condenación —gracia que es en Cristo y que recibimos sólo mediante la fe— ¿Significa eso que las obras de justicia son una cosa innecesaria para el creyente? Nuestra respuesta debe ser una absoluta y rotunda negación.

     Tan difícil es para la mente humanista y secular aceptar la insuficiencia e ineficiencia de las “buenas obras” a la hora de tener que comparecer ante el tribunal de Dios, como fácil es para las mentes cristianas neófitas e inmaduras pensar que exista una tensión irreconciliable entre las buenas obras y la fe justificadora.

     Y aunque damos por sentado que ambas opiniones son erradas desde la raíz misma de la cuestión, debemos hablar acerca de esto, a fin de lograr un equilibrio que sea consistente con la Escritura.

     Creo que un buen punto de partida para entender este tema es retomando lo que ya he hablado acerca de nuestra unión con Cristo. Si estamos de verdad unidos a Él mediante el vínculo vivo de la fe, si realmente hemos sido hechos uno con Cristo a fin de compartir con Él todas las bendiciones espirituales que proceden de la gracia divina, entonces no debiera parecernos extraña la noción de “vivir a Cristo” en la propia experiencia de nuestra carne. ¿Pero qué es vivir a Cristo en la propia experiencia terrenal? Creo que las palabras del apóstol Juan pueden darnos luz al respecto: “El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo” (1Jn 2:6).

     Vivir a Jesús significa entonces “andar como él anduvo”. Ahora bien ¿Qué cosa es “andar como Él anduvo”?

     Fijémonos primero que el verbo empleado por Juan no nos habla de “hacer cosas como las que hizo Jesús”, sino más bien de “caminar de la misma manera como él caminó”. Lo que dice Juan es que quien afirma que permanece (verbo en presente activo) en Cristo, tiene que conducirse (verbo en presente activo, lit. “estar conduciéndose”) de la manera como Él se condujo (verbo en aoristo activo). La vida del cristiano debe caracterizarse por su constante imitar a Jesús. No consiste de la imitación de sus prodigios, ni tampoco de su manera de vestir, “no es su caminar sobre el mar, sino su caminar ordinario, el que se nos manda imitar” [M. Lutero]. Para Juan existe una correspondencia lógica, una consecuencia necesaria entre “permanecer en Cristo” y “andar como Él anduvo”. En otras palabras, no es verdaderamente posible afirmar que se está en Cristo y; no obstante, no caminar como Cristo caminó. Una cosa necesariamente lleva a la otra; es, por decirlo de algún modo, una “ley de la nueva naturaleza”, de la nueva vida que se nos ha impartido en Cristo y por el Espíritu de Dios.

     Ahora bien, una de las cosas que caracterizó al Hijo de Dios el tiempo de su humanidad en medio de los hombres, fue su permanente sujeción a la voluntad de Dios. Su obediencia en humildad a los decretos del Padre era completa e incondicional (cf. Jn 6:38; Fil 2:8). Jesús no cuestionó jamás la autoridad del Padre, más aún, en todo procuró agradarle con absoluta devoción. Por tanto, “andar como él anduvo” debe implicar, entre otras cosas, que nuestros pasos sean guiados en obediencia a Dios, esto es, inclinando el oído y el corazón para obedecerle en humildad y con temor reverente; es ser diligentes en atender su Palabra. Todo esto, por supuesto, está en completa armonía con lo que el propio Juan venía diciendo unos versículos antes: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él” (1Jn 2:4-5).

     Pero si a algo apuntaba más precisamente el apóstol Juan con este mensaje, era a que nuestro imitar se reflejara principalmente por nuestra actitud hacia los demás. El amor hacia otros es la mayor evidencia de que estamos en Cristo y de que permanecemos “en la luz” (2:10, esto es, ligados a Dios, el que “es luz”, v. 1:5). Jesús fue el primero en cumplir con el mandamiento del amor en su sentido absoluto, mandamiento al que sin duda alguna se estaría refiriendo Juan (2:7-8, cf. 4:21; Jn 15:12). Por lo tanto, esa es la manera como nosotros también debemos expresar nuestra unión e identificación con Cristo, esto es, amando a otros con entrega incondicional, de lo contrario aún estamos en tinieblas (2:11). El mundo debe identificarnos no tanto por lo que decimos, sino por cómo actuamos. Las personas del mundo deben saber que nuestro cristianismo no consiste de meras prácticas litúrgicas al interior de un templo, sino de nuestro reproducir a Cristo en su misericordia y amor para con los demás.

     Esta noción de vivir a Cristo, de encarnar su carácter en la propia experiencia de nuestra regenerada humanidad, involucra también al pecado y a cómo le hacemos frente día a día. Si de verdad hemos nacido de Dios, si verdaderamente estamos en Cristo, el pecado no puede ser ya un hábito en nuestras vidas.

     Parece ser que tal concepto no era ni por poco ajeno al propio pensamiento de Pablo, según leemos en Romanos 6, en especial de los versículos 1 al 13. En estos pasajes Pablo exhorta a los hermanos acerca de lo que debe caracterizar al creyente en lo tocante a su conducta con relación al pecado. El argumento de Pablo es un razonamiento a partir de nuestra unión e identificación con Cristo, esto es, con su muerte y resurrección (vv. 3-6). De esta identificación se deduce que, así como Él murió por los pecados y fue sepultado, de la misma manera también nosotros hemos muerto al pecado para que, así como Él resucitó de entre los muertos, nosotros andemos en novedad de vida, como resucitados juntamente con Él en su propia resurrección histórica. “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”, es la pregunta retórica del apóstol al inicio de toda esta argumentación (v. 2), lo cual reafirma más adelante cuando nos exhorta diciendo: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (v. 11, cf. 2Co 5:14-15).

     Contrariamente a librarnos de las buenas obras, nuestra unión con Cristo nos impele a las buenas obras. Estas son las que dan testimonio de a quién pertenecemos en verdad (Ro 6:16-22); son las que demuestran que realmente hemos nacido de Dios (1Jn 3:9-10). El buen obrar, el hacer obras de justicia, no es una opción de vida para el creyente, es su obligación primera como hijo de Dios.

     Pero las buenas obras no son un fin en sí mismas, sino que tienen como principal objetivo glorificar a Dios. Los hombres de este mundo deben ver nuestras buenas obras y glorificar no al creyente por sus buenas acciones, sino al Padre que está en los cielos (*Mt 5:16)[1]. Lo contrario a eso, la desobediencia constante a los preceptos de Dios, lleva a que los no creyentes blasfemen su nombre (Ro 2:23-24). Esta es la crítica que les hizo Pablo a los judíos que se jactaban de tener la ley de Dios y; sin embargo, la incumplían a diario a vista y paciencia de los gentiles (q.v. Ro 2:17-27). Pero nosotros debemos priorizar el bien obrar, porque eso exalta el nombre de Dios.

     Se debe destacar el hecho de que el término empleado por Mateo en 5:16 para decir “buenas obras” tiene un sentido más amplio de lo que generalmente entendemos por “bueno” en castellano, esto es, según el más habitual uso que le damos al término. El adjetivo griego kalós, que es el que utiliza Mateo en esa cita, define lo que es intrínsecamente bueno; lo que es hermoso y honroso. Dice William Barclay:

 

kalos no solamente denota lo que es moral y prácticamente bueno, sino, también, lo que es estéticamente bueno, amable y agradable a los ojos. […] kalos es una palabra noble que describe lo hermoso, lo bello, lo que despierta amor y admiración, lo que es útil y honorable. Kalos es la palabra que se refiere a la bondad atractiva, no solamente a la que satisface a la conciencia, sino también a la que deleita al corazón y a los ojos.”[2]

 

     Nuestras obras deben ser agradables al ojo humano, pues su finalidad es que Dios sea glorificado en medio de los hombres, además de que estas son la evidencia de la obra espiritual que Dios ha comenzado en el creyente, de manera que tienen también valor práctico en la labor evangelística, en especial cuando se trata de predicar el evangelio a aquellos que ya nos conocían desde antes de nuestra conversión. Haríamos bien en recordar cada día cuánta responsabilidad recae sobre nosotros los que hemos creído, y hasta qué punto nuestro testimonio puede influir en nuestra exposición del evangelio y en la recepción que de este tengan los incrédulos. Es completamente cierto que no podemos predicar el evangelio si no tenemos vidas transformadas que respalden ese mensaje. Esto es, en palabras de Samuel Pérez Millos, “el evangelio silencioso que se expresa con acciones y no con palabras.”[3]

     El cristiano, entonces, ha de ser un ejemplo y un celoso de buenas obras. Dice Pablo a Tito:

“Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean prudentes; presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo  que decir de vosotros. Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones; no defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador. Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2:6-14)

     El ocuparse en hacer buenas obras debe ser una prioridad del andar cristiano. Estas, dice Pablo, “son buenas y útiles a los hombres” (Tit 3:8), además quienes se empeñan en hacerlas demuestran que no andan infructuosos (lit. “sin fruto” Tit 3:14). Agradar al Señor en todo, llevando fruto en toda buena obra, es vivir de la manera digna del Señor (Col 1:10), es lo propio del andar cristiano.

     Hasta aquí, podría el lector estarse preguntando cómo es posible que, siendo libres de la ley de Dios, debamos procurar con diligencia abundar en buenas obras que, después de todo, se conforman con la ley de Dios en un sentido más amplio. ¿No implica acaso eso hacer del cristianismo una cuestión de sólo reglas y leyes morales que distan de un cristianismo basado en la gracia? ¿Acaso no fue el propio Pablo quien dijo “no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Ro 6:14)?

     Una de las cosas que distingue al cristianismo de cualquier otra religión, es esa proclamación de la libertad que Jesús nos ha dado. Es la libertad al pecado, a la muerte, a Satanás y a la Ley. Este tema suele ser terreno propio de la doctrina de la redención, y aunque no es el propósito de la presente exposición entrar en esa materia, es necesario decir algunas cosas al respecto, al menos en lo que concierne al asunto de la libertad del pecado y de la ley, en su relación con las obras de justicia.

     Esta manera de replicar a lo que he venido diciendo —las preguntas anteriores—, a menudo surge del error de pensar que el haber sido redimidos de la ley significa que ya no tenemos ley que obedecer. Pero debemos entender que la gracia no nos vuelve antinomianos, sino que, por el contrario, agradecidos de Dios y diligentes en hacer buenas obras que glorifiquen su nombre. Como bien ha dicho Barclay: “Hay una ley ética que el cristiano tiene que esforzarse por cumplir. Esa ley se encuentra primeramente en los Diez Mandamientos; y también en las enseñanzas de Jesús.”[4] Pertinentes y acertadas son también las palabras del doctor James I. Packer:

 

«El cristiano ya no se encuentra ´bajo la ley` (Ro 6:14) para la salvación, pero esto no quiere decir que esté ´sin ley de Dios` (1Co 9:21). La ley divina, en la forma que la interpretó y ejemplificó Cristo mismo, permanece como modelo de la voluntad de Cristo para los que él mismo liberó (1Co 7:22). En consecuencia, los cristianos están ´bajo la ley de Cristo` (1Co 9:21). La ´ley de Cristo` (Gál 6:2) —´ley de la libertad`, según Santiago (Stg 1:25; 2:12)— es la ley del amor (Gál 5:13ss; cf. Mr 12:28ss; Jn 13:34), el principio del sacrificio personal voluntario y sin reservas por el bien de los hombres (1Co 9:1–23; 10:23–33) y la gloria de Dios (1Co 10:31). Esta vida de amor es la respuesta de gratitud que el evangelio liberador exige y evoca. La libertad cristiana es precisamente libertad para el amor y el servicio a Dios y los hombres, y por lo tanto se abusa de ella cuando se convierte en excusa para la licencia sin amor (Gál 5.13; cf. 1P 2:16; 2P: 2.19), o la desconsideración irresponsable (1Co 8:9–12).»[5] [Énfasis añadido]

 

     Un par de textos interesantes con respecto a esta misma temática de la libertad cristiana, son Romanos 6:17-22 y 1Corintios 6:19-20. A los romanos Pablo les dice: “así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (6:19). Esta es la correcta interpretación de haber sido libertados del pecado para venir a ser siervos de la justicia (6:18). Para Pablo, la santificación es el fruto de haber sido liberados del pecado y hechos siervos de Dios (6:22). Por su parte, 1Corintios 6 nos enseña que necesariamente los creyentes, por haber sido redimidos y comprados por un precio, un precio de sangre (1Pe 1:18-19), deben glorificar a Dios, manifestando abiertamente en su forma de vivir que ya no están sujetos a servidumbre. Han sido liberados y se los exhorta a mantenerse en consecuencia con esta libertad, lo que implicaba, dentro del contexto de la cita de 1Cotintios 6, “estar huyendo” de la fornicación (v. 18, “huid”, presente imperativo), a fin de glorificar a Dios con todo el ser. Debido a este contexto en particular, vemos que Pablo no está poniendo el énfasis en la redención como tal, no es esto lo que subraya, sino que las posibilidades que tiene el redimido para servir y agradar a Dios, quien le redimió. Esto implica que al ser libre del pecado, el creyente no debe vivir como si aún estuviera esclavizado a él. Bien lo dijo el profesor Jochem Douma: «Disfrutar de la libertad significa vivir la antítesis. A un Dios aparte pertenece un pueblo aparte: “un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éx 19:6).»[6] [Énfasis añadido]

     Uno de los pasajes más citados a la hora de hablar acerca de la elección de los salvos es Efesios 1:4, “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo”. Nada hay en estas palabras que no colme de gozo nuestras almas redimidas; sin embargo, muy a menudo olvidamos lo que sigue inmediatamente después de eso: “para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él”. La santidad del creyente es un propósito divino que descansa en la prerrogativa suya de apartar a un pueblo para sí, de manera que el bien obrar pasa a ser “una forma visible de manifestar la santidad del llamamiento celestial a que los cristianos son llamados, propia de quienes Dios eligió desde la eternidad.”[7]

     Tenemos entonces un buen caso a nuestro favor para concluir que no hay realmente contradicción entre el acto de haber sido justificados por la gracia mediante la fe sola y las obras de justicia que necesariamente deben acompañar el andar de aquel que ha sido llamado por Dios a la comunión con los santos. Aunque regeneración, santificación y justificación no son una misma cosa, son; sin embargo, tres aspectos de la misma gracia que opera en los creyentes a fin de que vivan en total correspondencia con el carácter de Cristo, para la gloria de Dios.

 

“Este buen obrar conforme a la voluntad de Dios fue manifestado por Cristo, quien anduvo haciendo bienes (Hch. 10:38), por tanto, sólo es posible vivir en la dimensión que Dios demanda en la medida en que se viva a Cristo, y esto depende de la entrega y sujeción a la dirección y control del Espíritu (Gá 5:16). Las buenas obras no son el resultado del esfuerzo religioso, sino el estilo de vida del salvo, operado en su intimidad por el poder de Dios (Fil. 2:12-13).”[8]

[Tomado y adaptado del libro La Justicia de Dios revelada de Mauricio A. Jiménez]

 

 

[1] “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

[2] William Barclay, “Palabras Griegas del Nuevo Testamento. Su uso y significado” (El Paso, Texas: Mundo Hispano, 1977), pp. 118-119.

[3] Samuel Pérez millos, Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento. Mateo (Barcelona: CLIE, 2009), pp. 314-315.

[4]  William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento (Barcelona: CLIE, Obra Completa 17 Tomos en 1, 2006), p. 948.

[5] F.F. Bruce; I. H. Marshall; et al., Nuevo Diccionario Bíblico Certeza. Segunda Edición Ampliada (Buenos Aires: Certeza Unida, 2003), p. 806.

[6]J. Douma, Los Diez Mandamientos. Manual para la vida cristiana (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2000), p 15.

[7] Samuel Pérez millos, Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento. Efesios (Barcelona: CLIE, 2010), pp. 156-157.

[8] Samuel Pérez millos, Mateo, p. 315.

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