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 Reino, Pacto Y Mediador (Génesis 1 y 2).

            En esta serie de sermones hemos estado observando la Historia de la Redención desde sus orígenes. Como vimos en el primer sermón, Dios prepara el establecimiento de su Reino sobre la Tierra comenzando por la creación general (los cielos y la tierra), y la creación especial (la humanidad).

En este contexto vemos ya el paradigma del Reino de Dios, que consiste en “el pueblo de Dios, en el lugar de Dios bajo el gobierno y la bendición de Dios”[1]. En el “patrón del reino”[2], que comprende el periodo pre-redentivo de la Historia, Adán y Eva eran el pueblo de Dios (Gn. 1:26-27; 2:7, 18, 21-23), la tierra, específicamente el jardín del Edén, era el lugar de Dios (Gn. 1:1-25; 2.8-15), y el gobierno y la bendición de Dios fue administrada mediante el Pacto de Obras (Gn. 2:16-17).

El Pacto de Obras o Pacto de Vida contiene los siguientes elementos: (1) las partes del Pacto, las cuales son Dios y la humanidad, (2) la promesa del Pacto, la cual es la vida perdurable, (3) la condición u obligación del Pacto, que es obediencia perfecta (No comer del Árbol del conocimiento del bien y del mal), la amenaza en caso del quebrantamiento, la cual es la muerte y, (5) por último, una señal del Pacto la cual es el Árbol de Vida.

            Vimos también que, en el Pacto de Obras, Adán cumple el oficio de Mediador, es decir, él es el representante y cabeza de la humanidad delante del Señor. Como mediador del Pacto, Adán fue un tipo de Cristo. Así como en el Jardín, Adán era profeta, por cuanto era receptor y comunicador de la Palabra, sacerdote (guardador del Edén, Templo de Dios, y de las ordenanzas del Pacto) y rey (administrador de la creación), Cristo, el segundo Adán, es el Verdadero Profeta de Dios, el Gran Sumo Sacerdote, y el Rey de Gloria.

Así es como la Historia Pre-Redentiva comienza con la creación y termina con la caída del hombre, lo cual veremos a continuación.

La miserable caída del hombre

Podemos observar la gravedad y miseria de la caída del hombre en que Adán y Eva actuaron en incredulidad y presunción, pecando terriblemente contra Dios, quien los había rodeado de toda bendición en el huerto de Edén. “Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”. (Rm. 1:21). “Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Rm. 1:22), pues, al creer y obedecer la voz de la serpiente, “Cambiaron la Verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Rm. 1:25). Como consecuencia de su pecado, fueron conscientes de su culpabilidad. “Y conocieron que estaban desnudos” (Gn. 3:7). La vergüenza y el temor se apoderaron de ellos, por lo cual “se escondieron de la presencia de Jehová Dios” (Gn. 3:8) ¡Estando en el mismísimo mundo de Dios! El salmista dice:“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:7).

No solo pecaron hasta ahí, sino que, además, agravaron su pecado al no confesarlo ni arrepentirse de él cuando Dios se acercó a ellos, mostrando así la dureza de sus corazones envanecidos. Con todo, en vez de presentar delante del Señor un corazón contrito y humillado, presentaron excusas baratas, que solo aumentaron más y más su pecado. “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Rm. 2:5). En el mismo acto en que Adán y de Eva pecaron, se hicieron presentes para la humanidad completa las duras consecuencias de ésta primera transgresión, las cuales podemos resumir en dos:

  • Primero, La carencia de Justicia Original, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Rm. 3:10). Nuestros primeros padres cambiaron “la primogenitura” de su Justicia Original, por el “plato de lentejas” del pecado.
  • Segundo, La corrupción de toda su naturaleza. “(…) [vivimos] en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos (…), estando nosotros muertos en pecados” (Ef. 2:3, 5). Como se contamina un vaso de agua pura al verter en él una dosis de veneno mortal, así fue contaminada toda la naturaleza humana cuando fue vertido en ella el veneno del pecado.

La bendita gracia de Dios

¿Puedes ver cuán impíos fueron Adán y Eva al despreciar a Dios, y quebrantar sus mandamientos? Ellos estaban en los brazos de su buen Dios, ¡y decidieron propinarle una bofetada en el rostro! ¡la afrenta de ellos a la Majestad del Altísimo no merecía sino la completa y terrible ira y la maldición de Jehová! No obstante, aunque era completamente justo que el Señor Dios consumiera a nuestros primeros padres en su Ira, no lo hizo, sino que actuó, en su gran misericordia, en favor de ellos. (Gn. 3:8). Aun cuando ellos intentaron inútilmente huir de la presencia de Dios tras haber pecado, él mismo fue a su encuentro.

Además, al maldecir Dios a la serpiente, pronuncia la bendita palabra de la Promesa, que la simiente de la mujer vencería a la simiente de la serpiente. Los teólogos llaman este pasaje el “proto-evangelio”, que quiere decir el primer evangelio, la buena noticia de Dios a una humanidad que se encontraba en un estado tan desfavorable y desolador. (Gn. 3:15). En esta promesa, Dios le estaba anunciando a los Hijos del Pacto que él estaría de su lado, y vencería a sus enemigos.

Debemos considerar también que la consecuencia del pecado de Adán y Eva no fue tan severa como para destruirlos, sino que fue como la disciplina que ejerce un padre sobre su hijo, al cual ama. (Gn. 3:16-19). Por si todo esto no fuera poco, Dios manifestó aún más de su favor para con ellos mediante un acto simbólico de gracia, cuando él mismo “hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles” (Gn. 3:21), vistiéndolos. El Señor se sirvió de la muerte de un sustituto, para ocultar la desnudez del hombre y de su mujer. Sangre fue derramada, para cubrir la vergüenza de ambos.

Conclusión: Revestidos de Cristo, el perfecto sustituto.

  Los tenues destellos de la gloria de la obra de nuestro bendito Redentor se dejan ver mediante este primer sacrificio. ¡Oh cuan superior es la perfecta obra de nuestro amado Señor Jesús! ¡Que el perfecto y eterno Hijo de Dios derramara su preciosa Sangre en la Cruz del Calvario en nuestro lugar! Así como Adán y Eva fueron vestidos por las pieles de un sustituto, así nuestro Padre amoroso nos ha revestido de la perfecta Justicia de Cristo (Gal. 3:27), la cual nos fue imputada por la fe en él, “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gal. 3:26).

Como está Escrito: “(…) nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.(1 Cor. 5:7), su cuerpo por nosotros fue partido (1 Cor. 11:24); El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29) fue inmolado (Ap. 5:12), y con su sangre nos ha redimido para nuestro Dios (Ap. 5:9).

            ¡Bendita paz que disfrutamos por la obra de Cristo, que nos ha justificado! Como está Escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 5:1).

Aplicaciones: Llevando la Palabra a la Práctica. 

  • Meditemos en la gloria del Evangelio revelada en estas Escrituras. Así como nuestros primeros padres no fueron tratados como merecía su transgresión, así también Dios nos ha tratado con abundante misericordia. Lamentaciones 3:22-33. Contemplemos la belleza de Cristo, quien es el sustituto perfecto, cuya justicia es nuestra por la fe. Nuestro esposo, el cual es Jesús, ha dado su vida en nuestro rescate, ¿Cómo no ha de consumir esta verdad nuestros pensamientos? Que aquel que es “el más hermoso de los hijos de los hombres” (Sal. 45:2), “señalado entre diez mil” (Cant .5:10), cautive nuestros pensamientos, y haga arder nuestros corazones de amor por él.
  • Confesemos a él nuestros pecados, pues “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Examinemos nuestros corazones, para ver si estamos en Cristo, no sea que haya alguno entre nosotros que aún no esté revestido de Cristo, sino que está aun pobremente cubierto de sus “hojas de higuera” de auto-justicia. ¡Oh pecador, no malgastes el tiempo que Dios te da y arrepiéntete de tu maldad hoy mismo! Como está Escrito: “(…) Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Salmo 95:7b-8). Si no estás en Cristo, la Ira de Dios está sobre ti, y no se tardará en consumirte si permaneces en tu estado de incredulidad. Hermanos, mejor es carecer de la miel del diablo, que sufrir el aguijón de la Ira de Dios” (Thomas Watson). Una vez más te digo a ti, que aun eres esclavo del pecado, ¡mira a Cristo hoy, y corre a Él!
  • Esforcémonos en odiar el pecado, y mortificarlo. Mata a tu pecado, o él te matará a ti (John Owen). Mientras más tus pensamientos estén en las cosas celestiales, menos estarán en las terrenales.
  • Vivamos nuestras vidas para la gloria de Dios, caminando en piedad, como nos mandan las Escrituras, pues el fruto de nuestra justificación es nuestra santificación.

Escrito por Nicolás Reyes Medina.

[1] Goldsworthy  Graeme, Evangelio y Reino, p.54.

[2] Roberts  Vaughan, El Gran Panorama Divino, p.24.

 

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