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A principios del Siglo XX el León de Princeton, Benjamin Warfield llamo por primera vez a Juan Calvino “El Teólogo del Espíritu Santo”. Y a justa razón, ya que Calvino de entre sus muchas contribuciones al desarrollo de la Teología, es sin duda el teólogo que más aporto al desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo. En las palabras de Warfield: “el desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo fue su mayor contribución a la iglesia”[1]

Para muchos el nombre de Juan Calvino es asociado al desarrollo de la doctrina de la Predestinación y Soberanía de Dios. Para otros el nombre de Calvino es familiar por los Cinco punto del Calvinismo desarrollados por las Iglesias Reformadas en el Sínodo de Dort de 1619.  Pero muy pocos ven a Juan Calvino como teólogo del Espíritu Santo.

Para el contexto Histórico-Eclesial de Warfield, Calvino fue una voz en medio de tanta confusión sobre la bendita doctrina del Espíritu Santo. Y para nosotros hoy Calvino es la voz de un maestro amigo que nos muestra la doctrina Bíblica del Espíritu Santo.

Hoy también la confusión abunda, hombres corruptos se atribuyen dominio sobre el Espíritu Santo y le imputan palabras y obras que nunca el Santo Espíritu de Dios haría. Hombres que locamente se atreven a decir que hay cosas que Cristo no revela y que las revela solo el Espíritu Santo. Rompiendo así la comunión y armonía intra-trinitaria. Cristo les dijo a sus discípulos que el Espíritu Santo no haría una obra a parte, sino que aplicaría la obra que Él ejecutó: “cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí”[2]

Por otra parte, quienes pertenecemos a la tradición Reformada y nos consideramos herederos de la Reforma y en línea con Calvino. Vivimos a menudo ignorando la acción del Espíritu Santo. Sabemos como hacer toda nuestra tarea ministerial, sabemos confesar que creemos en el Espíritu Santo, pero no sabemos depender de Él.

Juan Calvino en el tercer libro de su Institución de la Religión Cristiana, desarrolla  de forma sistemática  la doctrina del Espíritu Santo. En toda la Institución se ocupa de la persona del Espíritu y su relación con las Escrituras, la Vida Cristiana y los Sacramentos. La Institución de la religión Cristiana es un monumental tratado sobre la obra de Dios ejecutada por el Hijo aplicada en el poder del Espíritu Santo para llevar a los pecadores a la comunión con el Dios Trino. Calvino llamo a su obra un tratado para la piedad. Y deja bien claro que no puede haber piedad sin la obra sobrenatural del Espíritu Santo.

El estudiante serio que desea conocer la doctrina del Espíritu Santo, hallara en los escritos de Calvino un profundo compromiso con exaltar la obra del Espíritu Santo en  el testimonio de las escrituras, la conversión , la vida cristiana y la iglesia.

El Espíritu y la Escrituras

Esta es una de las doctrinas más debatidas en la iglesia de hoy: la infabilidad y la inspiración  de las Escrituras. Calvino nos instruye respecto a esto  mostrándonos el auto-testimonio de la Biblia y la  obra del Espíritu Santo en la producción de la Escritura.

Calvino  creía que los sesenta y seis libros de la Biblia son la Palabra inspirada e infalible de Dios. Toda su enseñanza sobre la Sagrada Escritura como obra del Espíritu Santo se encuentra en el primer libro de la Institución de la Religión Cristiana en los capítulos 7 al 9. Una y otra vez enfatiza que el Espíritu es el autor divino de la Escritura. Señaló que la presencia de estilos distintos entre los escritores no era contraria a la divinidad completa de la Escritura:  “Admito que algunos de los profetas tenían una manera elegante y clara, incluso brillante… mientras [el Espíritu Santo] en otra parte usó un estilo tosco y sin refinar”[3].

Juan Calvino cada vez que cito la Escritura, usó regularmente la fórmula, “El Espíritu Santo dice”. Debido a que el Espíritu Santo es el autor.  Calvino insistió en que las Escrituras se autentifican así mismas. Refutó la idea de que la autoridad de la Escritura depende de la iglesia (Inst. Libro I Capitulo VII, 2). Mucho antes de que la Confesión de fe Westminster[4] tratara esto, ya Calvino había desarrollado la doctrina del testimonio interno de las Escritura:

“El testimonio que da el Espíritu Santo es mucho más excelente que cualquier otra razón. Porque, aunque Dios solo es testigo suficiente de si mismo en su Palabra, con todo a esta Palabra nunca se le dará crédito en el corazón de los hombres mientras no sea sellada con el testimonio interior del Espíritu. Así que es menester que el mismo Espíritu que habló por boca de los profetas, penetre dentro de nuestros corazones y los toque eficazmente para persuadirles de que los profetas han dicho fielmente lo que les era mandado por el Espíritu Santo”[5]

 La confesión de Fe termina concluyendo sobre el testimonio interno de las escrituras casi con las palabras del mismo Calvino:

“Sin embargo, nuestra persuasión y completa seguridad de que su verdad es infalible y su autoridad divina proviene de la obra del Espíritu Santo, quien da testimonio a nuestro corazón con la palabra divina y por medio de ella”[6]

“No hay hombre alguno, a no ser que el Espíritu Santo le haya instruido interiormente, que descanse de veras en la Escritura; y aunque ella lleva consigo el crédito que se le debe para ser admitida sin objeción alguna y no está sujeta a pruebas ni argumentos, no obstante alcanza la certidumbre que merece por el testimonio del Espíritu Santo.

Porque aunque en sí misma lleva una majestad que hace que se la reverencie y respete, sólo, empero, comienza de veras a tocarnos, cuando es sellada por el Espíritu Santo en nuestro corazón”[7]

 Para Calvino buscar al autoridad de la Palabra de Dios fuera del Espíritu Santo es una maldita impiedad. Porque las Escrituras son la voz de Dios, hablándonos de su Hijo, en el Poder del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo en la Unión con Cristo

Conocí al Señor el la Iglesia Pentecostal. Tengo bellos recuerdos de mi adolescencia cristiana allí. Como recién convertido estaba lleno de dudas y con mucha hambre de conocer. Le pregunte a varios hermanos sobre mi conversión, sobre la obra del Espíritu Santo. Varios me contestaron: “debe seguir orando más y Dios le afirmará” otros me convencieron de buscar un sello impuesto por un instrumento. Finalmente fui a conversar con el Pastor, llegue a su casa, pase a su oficina y lo primero que me dijo fue : “Si tienes dudas debes leer esto” y puso el viejo Catecismo de Heidelberg en mis manos. Acto seguido con toda la rudeza Pentecostal me dijo: ¡ Lea la primera pregunta!, con voz de adolecente leí: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

“Respuesta: Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte , no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad”[8]

Esa mañana comprendí que mi conversión fue fruto de mi unión con Cristo, y que el sello de mi unión con Cristo era el Espíritu Santo morando en mi. Le dije Pastor! Que mas puedo leer? Me dijo: llévate las instituciones de Calvino, son tuyas. Calvino me enseñó que la obra del Espíritu Santo no es solamente traer consolación y fortaleza a nuestras vidas. La obra gloriosa del Espíritu Santo es  aplicar la obra consumada del Hijo de Dios a sus hijos y conformarlos al carácter de Cristo. Por lo tanto no existen cristianos de segunda. Si usted esta en Cristo esta sellado, es morada de Dios.

En el tercer libro de la Institución, Calvino comienza enseñando que el Espíritu Santo nos comunica todos los bienes que Cristo consiguió para su pueblo:

“Hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de Él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, ni nos aprovecha lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado -nuestra Cabeza- y “primogénito entre muchos hermanos”; y de nosotros se afirma que somos -injertados en Él” (Rom.8, 29; 11,17; Gál.3,27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una sola cosa con Él”[9]

Calvino demuestra Bíblicamente que la unión con Cristo es esencial para todos los aspectos de la vida cristiana, y que el Espíritu es esencial para esta unión. Sin el Espíritu Santo no hay unión con Cristo, Él produce la fe, Él habita en nosotros. Para Calvino la unión con Cristo nos conduce a la Justificación, y a la Santificación:

“podemos decir que Jesucristo nos es presentado por la benignidad del Padre, que nosotros lo poseemos por la fe, y que participando de Él recibimos una doble gracia. La primera, que reconciliados con Dios por la inocencia de Cristo, en lugar de tener en los cielos un Juez que nos condene, tenemos un Padre clementísimo. La segunda, que somos santificados por su Espíritu, para que nos ejercitemos en la inocencia y en la pureza de vida[10]

La justificación es recibida por la fe generada por el Espíritu y imputada sobre la base de la unión con Cristo por medio de Su Espíritu. Calvino hizo hincapié en que la justificación siempre está acompañada de Santificación. No puede haber Justificación donde no hay Santificación. “Por lo tanto, Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir, de tal manera que a quienes Él ilumina con su sabiduría, los redime; a los que redime, los justifica; y a los que justifica, los santifica.”[11]

Guido de Bres, el autor de La Confesión belga, sigue a Calvino en la relación de la Justificación y la Santificación:

“Creemos, que esta fe verdadera, habiendo sido obrada en el hombre por el oír de la Palabra de Dios y por la operación del Espíritu Santo, le regenera, le hace un hombre nuevo, le hace vivir en una vida nueva, y le libera de la esclavitud del pecado. Por eso, lejos está de que esta fe justificadora haga enfriar a los hombres de su vida piadosa y santa, puesto que ellos, por el contrario, sin esta fe nunca harían na­da por amor a Dios, sino sólo por egoísmo propio y por temor de ser condenados.”[12]

La Justificación y Santificación no son dos aspectos de la unión con Cristo, sino que son dos cosas distintas: el acto de la justificación sucede fuera del creyente y la obra de la santificación sucede dentro de él. El Espíritu Santo es el poderoso y divino agente de la santificación. La santificación nace de la regeneración y esta es el fruto de la obra del Espíritu en la vida de quien Él habita.

La evidencia de la vida nueva es el Fruto del Espíritu Santo. Por que todo proviene de Él.  Calvino comenta Gálatas 5:22: “la naturaleza del hombre no produce  más que frutos malos y sin valor, ahora todas las virtudes, todos los afectos buenos y bien regulados proceden del Espíritu , Es decir, de la gracia de Dios y de la naturaleza renovada que tenemos de Cristo “. [13]

Para Calvino la vida llena del Espíritu es una vida ocupada en Cristo, es una vida que evidencia los frutos del Espíritu. Sin duda siempre habrá quienes se atribuyan la obra del Espíritu, pero así como el alma no esta ociosa en el cuerpo sino que lo mueve y le infunde vigor a cada parte, así también el Espíritu no esta quieto en el creyente, manifestará sus obras en el.

La iglesia necesita desesperadamente recuperar los  énfasis de la obra del Espíritu Santo enseñadas por Calvino. Él aporta cordura en medio de la confusión y sobre todo nos enseña a vivir en constante dependencia del Espíritu.

Calvino fue el teólogo que más desarrollo la doctrina del Espíritu Santo. Sin duda. Nos muestra la grandeza del Espíritu al darnos las Escrituras, al regenerarnos, justificarnos y santificarnos.

Calvino como predicador también nos enseña que la predicación es una obra que depende constantemente de la bendición del Espíritu. Debemos acercarnos al trabajo de predicar con una dependencia consciente del Espíritu Santo, conscientes de que si no bendice la predicación, será espiritualmente inútil. Sólo la intervención del Espíritu puede elevar esa palabra para que no sea una conferencia, una recitación, un discurso, una elocución, ni una meditación, sino una predicación, una palabra pronunciada en la vitalidad del Espíritu y, por tanto, predicada. Si el Espíritu está ausente, puede haber un sermón, pero no necesariamente una predicación.

Calvino nos enseña que el ministerio del Espíritu es exaltar a Cristo, el Evangelio es una ministración del Espíritu Santo donde Cristo es expuesto. Sin comunión con Cristo nuestra obra ministerial no tendrá el poder eficaz del Espíritu, pues el Espíritu Santo no glorificara  a otro, no se deleitará en otro, no arrojara luz sobre otro sino Cristo.

La vida de Calvino fue una vida de honrar al Espíritu Santo sometiéndose a las Escrituras, buscando en todo glorificar a Cristo.

Escrito por el Rev. Néstor Roubilar

[1] Institución, III,11,1

[2] Institución, III,16,1

[3] Confesión Belga Articulo 24

[4] Comentario a los Gálatas 5.22

[5] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana Libro I, Capitulo VII, . Editorial FELIRE 1967.

[6] Catecismo de Heidelberg Pregunta 1

[7] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana Libro III, Capitulo I. Editorial FELIRE 1967.

[8] Juan Calvino, Sermons on Ephesians, trans. Arthur Golding (1577; repr., Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1973)

[9] Confesión de Fe de Westminster Capitulo I, 5 “Testimonio de las Escrituras”

[10] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana Libro I, Capitulo VII “Cuáles son los testimonios con que se ha de probar la Escritura para que tengamos su autoridad por auténtica, a saber del Espíritu Santo; y que es una maldita impiedad decir que la autoridad de la escritura depende del juicio de la Iglesia. Editorial FELIRE 1967

[11] Confesión de Fe de Westminster 1:5

 

[12] Benjamin B. Warfield, “John Calvin the Theologian,” in Calvin and Augustine, ed. Samuel G. Craig (Philadelphia: Presbyterian and Reformed, 1956), 484–5

[13] Juan 15:26 RV60

 

 

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