la-espiritualidad-personal

 

Introducción

Existe un grave problema entre aquellos que hemos abierto nuestros ojos, por la gracia de Dios, a la Teología Reformada. Hace ya algún tiempo que vengo meditando sobre este tema en particular, esto es, acerca del desprecio por la “Espiritualidad”. Lamentablemente, el crecimiento de sectores carismáticos neo-pentecostales ha generado anticuerpos con respecto a este asunto, y aquellos que salieron de estos círculos han llegado al punto de desechar y negar todo lo que tenga que ver con el ámbito espiritual y con la piedad. El desierto intelectual gobernado por la sola razón ha llevado a muchos a tener almas secas, sin frutos y sin amor por el prójimo. La ceguera es preocupante. No debemos abandonar u olvidar la Espiritualidad. No debemos olvidar que cada estudio tiene que estar regado de oración y lágrimas. No podemos perder corazones ardientes y devotos por la gloria de Dios, que llevan fruto, y su fruto permanece. Si esto sucede todo está perdido. Por esa razón, es necesario que Dios nos despierte de esta ilusión que sólo ha tomado una parte de la verdad sin tener en cuenta que las dos se complementan y deben crecer juntas. “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure” (Jn. 15:16, NVI).

Vida en Santidad

La falta de piedad y de una vida en santidad, de una u otra manera, se debe al abandono del creyente hacia sus deberes como hijo de Dios. La preocupación por la carne o por las cosas del mundo acrecienta las pasiones de nuestros miembros, y esto resulta en la transgresión de la ley de Dios. Un ejemplo lo podemos encontrar en Santiago, una comunidad profundamente dividida que se componía de una diversidad de grupos, algunos de los cuales destacaban por diferentes combinaciones de prácticas moralmente malsanas. La iglesia estaba asediada por la envidia, las rivalidades, las difamaciones, la ira, una disposición a apartarse de la enseñanza recibida y un cúmulo de otras maldades que siguieron el patrón de su cultura (1) (Santiago 4:1-10). La codicia, el homicidio, la envidia y las luchas, son claras muestras de un camino errado y alejado de la verdadera fe. Pero la realidad actual no está alejada de todo esto. Por la gracia de Dios, en estos últimos años hemos sido despertados, como lo llamaría yo, de una “ilusión mística”, una ilusión que trajo consigo un profundo y peligroso rechazo al estudio diligente de las Escrituras, una forma de pensamiento que terminó prestando demasiada atención a enseñanzas e interpretaciones equivocadas con respecto a lo espiritual. Pero gracias a este despertar por la gracia, la doctrina reformada fue ganando terreno en cada uno de nosotros, llevándonos a apasionarnos por el estudio y la literatura ortodoxa.

Pero, con el correr del tiempo, ha habido una tendencia hacia el rechazo por una vida de verdadera piedad y santidad. Eso es preocupante. La piedad, la cual sobreabunda en los libros escritos por los llamados “Grandes Reformadores”, está siendo pasada por alto. Y esto ha ocasionado una ola de“inquisidores ortodoxos” sin amor, secos y poco piadosos en lo que respecta al actuar para con el prójimo. El profeta Ezequiel nos tiene algo que decir: “Y vienen a ti como viene el pueblo, y se sientan delante de ti como pueblo mío, oyen tus palabras y no las hacen sino que siguen los deseos sensuales expresados por su boca, y sus corazones andan tras sus ganancias. Y he aquí, tú eres para ellos como la canción de amor de uno que tiene una voz hermosa y toca bien un instrumento; oyen tus palabras, pero no las ponen en práctica” (Ezequiel 33:31-32).

          Podemos leer una cantidad inmensa de literatura cristiana ortodoxa, y aquello no tiene nada de malo, por el contrario, es muy saludable; sin embargo, la diferencia estará siempre en la praxis, es decir en una vida que se conforme a la teología que se profesa. A este respecto, es muy cierto lo que dijo el puritano William Ames: “La Teología es la doctrina o enseñanza del vivir para Dios” (2).

        En la actualidad, existe una generación de personas que dicen ser cristianas, pero que parecen no conocer lo que es la preocupación por el prójimo. Son personas que están tan absorbidas por sus propias preocupaciones y por las de sus seres más cercanos que son ciegas a la necesidad ajena. Comen, beben, duermen, visten, trabajan, ganan dinero y lo gastan año tras año; y si los demás son felices o desgraciados, si están sanos o enfermos, si son conversos o inconversos, o si viajan hacia el cielo o hacia el infierno; pareciera que son cuestiones que les tienen sin cuidado alguno. ¿Puede esto estar bien? ¿Es posible que eso sea consecuente con la religión de Aquel que contó la parábola del buen samaritano y nos mandó que fuéramos e hiciéremos los mismo (Luc. 10:37)? Lo dudo totalmente (3). Ésta es una clara radiografía del movimiento reformado actual (o que intenta serlo) que se deja ver por medio de las redes sociales. Y yo me pregunto: ¿Cómo leen estos a Calvino? ¿Cómo no identifican los ríos de piedad en los escritos de los Puritanos? ¿Cómo no ven en las Escrituras la orden a obedecer?
Habiendo dicho todo esto, tengo que confesar que soy uno que ha despertado de ese viaje en el camino desértico e individualista de la “Sola Razón”. Y es ese el motivo del presente escrito. Me he propuesto demostrar aquí que una vida en santidad y piedad son las claras pruebas de un verdadero hijo del Santo Dios Trino, y que estas marcas se ven claramente en aquellos autores de los cuales muchos leen.

Juan Calvino y la Piedad

Los reformadores Juan Calvino y Martín Lutero, han sido hombres importantes hasta
nuestros días, tanto en el ámbito Eclesial como Social. Sus pensamientos siguen provocando desencanto o rechazo en algunos círculos evangélicos, pero también han significado una gran ayuda y dirección en materia teológica. Pero, lamentablemente, el desarrollo doctrinal en estas últimas décadas, sumado al despertar a la Reforma Protestante, ha llevado a muchos a tomar únicamente una parte de las enseñanzas del reformador de Ginebra. No podemos negar la torre teológica construida por él, pero ésta tenía también un propósito bien definido: un evangelicalismo acompañado de la actividad social y preocupación por los más necesitados. La piedad es algo desconocido para esta generación que dice seguir las huellas de la teología de Calvino, lo cual llama la atención, pues no notan lo evidente de la espiritualidad que inunda cada escrito suyo. El reformador escribe: “No es lícito que, con el pretexto de que Dios nos ha elegido desde antes de la fundación del mundo, nos entreguemos a toda disolución, como si diera igual abandonarnos al mal, por cuanto no podemos perecer cuando Dios nos ha retenido por suyos. Porque no hay que separar lo que él ha conjuntado y unido. Por tanto, puesto que nos ha elegido para ser santos y marchar en pureza de vida, es necesario que la elección sea como una raíz que dé buenos frutos” (4). Para Calvino, comprensión teológica y piedad práctica; verdad y utilidad, son inseparables. La teología, en primer lugar, trata de conocimiento de Dios y de nosotros mismos, pero no hay verdadero conocimiento donde no hay verdadera piedad (5). Y es por esa razón que resulta incomprensible la actitud de muchos así llamados “calvinistas” que desprecian la piedad, la cual necesariamente incluye esas actitudes y acciones dirigidas a la adoración y servicio de Dios.
Para Calvino, la piedad incluye una multitud de temas relacionados, como la piedad filial en las relaciones humanas y el respeto y amor por la imagen de Dios en los seres humanos. La piedad designa la actitud correcta del hombre hacia Dios. Esta actitud incluye conocimiento verdadero, adoración sincera, fe salvífica, temor filial, sumisión devota y amor reverencial (6). Calvino escribe: “Porque el evangelio no es una doctrina de palabras, sino de vida. No debe tan solo ser entendido y memorizado, como las demás disciplinas, sino que debe poseer completamente el alma y estar presente en lo más profundo del corazón: si no, no es bien recibido” (7)“Porque él (S. Pablo) muestra que la elección de Dios, aunque sea gratuita, y abata y reduzca a la nada toda dignidad de los hombres, y todas sus obras, y sus virtudes, sin embargo ella no es para darnos licencia para obrar mal, y para llevar una vida confusa y entregarnos al abandono, sino más bien que es para apartarnos del mal en el que estábamos hundidos” (8). Claramente, para Calvino, el conocimiento intelectual va unido a una verdadera piedad, a una vida en santidad. Nuestra espiritualidad no debe menguar, somos llamados a glorificar a Dios con todo nuestro ser, y es aquí donde debemos entender que lo uno y lo otro se complementan y crecen juntos, de lo contrario el equilibrio se perderá. Una vida piadosa está llena de oración, arrepentimiento y abnegación, es llevar la cruz cada día y obedecer a Dios. La oración muestra la gracia de Dios al creyente cuando el creyente ofrece alabanzas a Dios y pide su fidelidad. Comunica piedad, tanto privada como colectivamente (9). Como vemos, la vida del reformador no solo estaba llena de teología, sino de un constante llamado a la vida práctica del evangelio. En cada uno de sus libros él nos enseña que la teología se debe vivir, que ésta es principalmente para glorificar a Dios con todo nuestro ser… “Lo que debemos siempre retener es que si Dios nos ha elegido, esto ha sido para llamarnos a santidad de vida” (10).

Thomas Watson, santificación

Thomas Watson fue uno de los más concisos, animados, ilustrativos y sugestivos de aquellos eminentes teólogos que hicieron de la era puritana el periodo más excelente de la literatura evangélica. A través de todas sus obras podemos ver una feliz unidad entre la sana doctrina, el examen de conciencia y la sabiduría práctica (11). Es por esa razón que sus escritos nos son hoy de gran ayuda para el examen propio de nuestra vida como creyente. He aquí lo que Watson entiende por santificación: “Santificar significa consagrar y apartar para un uso santo; así, una persona santificada es aquella separada del mundo y apartada para el servicio a Dios. La santificación tiene un lado privativo y otro afirmativo”. Como vemos, para él existen dos aspectos, uno privativo, y que consiste en la purificación del pecado; y uno afirmativo, que es la refinación espiritual del alma. Con respecto a lo primero, Watson dice que: “el pecado se compara con la levadura, que agria, y con la lepra, que hace impura a la persona. La santificación nos limpia de la vieja levadura (1 Corintios 5:7). Aunque no nos libra de la existencia del pecado, si lo hace del amor al mismo”. Sobre el lado afirmativo, añade: “esto es lo que se llama en la Escritura la renovación de nuestro entendimiento (Rom. 12:2) y ser hechos participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4)”. Para él la santificación es un principio de gracia obrando de manera salvadora, según el cual el corazón se vuelve santo y es modelado conforme al propio corazón de Dios. Una persona santificada no solo lleva el nombre de Dios, sino también su imagen (12). Claramente no podemos negar lo que se desprende de todo esto, que hemos sido llamados para santificación. Dios nos llamó a su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3); a la excelencia además de la gloria. No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación (1 Tim. 4:79); no hemos sido llamados al pecado, podemos tener tentación pero no una vocación al mismo. No somos llamados a ser orgullosos, o impuros, pero sí a ser santos (13). Un vivo deseo de agradar al Santo Dios se desprende de un corazón que ha visto Su gloria en Cristo. Este se deleita en Él como el sumo y absoluto bien para su vida, comprendiendo que fuera de Él no encontrará nada más que oscuridad. Por ello, la búsqueda de santidad y una vida en piedad no son sino el resultado de un corazón que ha sido regenerado, de una oveja que ha sido redimida, y ésta sabe oír la voz de su Señor (Juan 10:27). Lo principal que debería buscar el cristiano es la santificación. Esta es el unum necessarium, la única cosa necesaria (cf. Lc. 10:42). “La santificación es nuestra complexión más pura: nos hace como el cielo, salpicado de estrellas; es nuestra nobleza, mediante la cual nacemos de Dios y participamos de la naturaleza divina; es nuestra riqueza y, por tanto, sobre todas las cosas, persigue la santificación. Busca la virtud más que el oro, guárdala, porque ella es tu vida (Pr. 4:13)” (14). Watson nos lleva a una verdad tremenda para nuestras vidas como cristianos profesantes, la necesidad de buscar más que nunca la santificación. Watson, siendo un gran teólogo puritano, jamás separó la razón de la praxis, ni excluyó la espiritualidad que se desarrolla en un verdadero cristiano.

                 Tanto Calvino como Watson fueron hombres llenos de teología, pero no sólo eso, sus vidas eran conformes a lo que cada uno de ellos enseñaba. La piedad, la santidad y una vida espiritual sana eran los distintivos de estos hombres y muchos más dentro de la historia de la Iglesia. No nos dejemos engañar, principalmente por nuestros propios razonamientos teológicos (1 Tim. 4:16). Debemos tener cuidado en eso. Pero también de las influencias externas de falsas filosofías que nos llevan a abandonar la piedad (1 Tim. 4:7). Ante todo esto, la oración es muy importante. Ora por tu santificación, como el salmista pide: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10). Pon tu corazón delante del Señor y di: Señor, mi corazón sin santificar contamina todo lo que toca. No soy apto para vivir con semejante corazón, porque no puedo honrarte; ni para morir con él, ya que no podré verte. ¡Crea en mí un nuevo corazón! Señor, consagra mi corazón y hazlo tu templo, para que en él se canten tus alabanzas eternamente (15). Para los que hemos salido de un contexto enteramente carismático, un consejo: no perdamos el deseo ardiente por santificar nuestras vidas al Señor, ni tampoco desechemos tener una espiritualidad que demanda todos nuestros afectos. Dios en su gracia nos ha salvado completos para Su gloria. No decaigas en la oración, esfuérzate, y ten intimidad con nuestro Señor, él oye a sus hijos.
Para terminar quiero dejar las sabias palabras del Rev. J. C. Ryle: “Guárdate de las malas imitaciones de la religión. Sé genuino. Sé riguroso. Sé autentico. Sé verdadero”

Dios nos ilumine, y lleve a tener vidas consagradas para Su gloria. Soli Deo Gloria.

Escrito por Pablo Flores Figueroa.

NOTAS:
1 David P. Nystrom, Santiago, pág. 271.
2 William Ames, La Médula de la Divina Teología, pág. 32.
3 J. C. Ryle, Cristianismo Práctico, pág. 24.
4 Juan Calvino, Sermones Sobre Efesios, pág. 47.
5 Joel Beeke, La Espiritualidad Puritana y Reformada, pág. 1.
6 Ibíd., pág. 2.
7 Juan Calvino, De la Vida del Cristiano, pág. 13-14.
8 Juan Calvino, Sermones sobre Efesios, pág. 45
9 Joel Beeke, pág. 16.
10 Juan Calvino, Sermones sobre Efesios, pág. 49.
11 Thomas Watson, Tratado de Teología, pág. 7.
12 Ibíd., pág. 426.
13 Ibíd., pág. 432.
14 Ibíd., pág. 436-437.
15 Ibíd., pág. 441.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s