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Introducción

En relación con la tramitación del proyecto de ley que busca derogar la frase “En el nombre de Dios” con que se abren las sesiones de la Cámara de Diputados, y bajo el argumento de que Chile es un “Estado laico”. Surge la necesidad de explicar la relación que existe entre Estado e Iglesia, cuál es la dinámica que se ha desarrollado entre ambas a lo largo de la historia, y cuál debiera ser la postura de la iglesia cristiana frente al debate.
La diputada comunista, Camila Vallejo, rostro y líder de la iniciativa, fundamenta su proyecto sobre la base de que Chile es un Estado laico, y que desde la Constitución de 1925 existe separación entre Iglesia y Estado.
Por lo tanto, invocar el “nombre de Dios” en una sesión de carácter estatal y/o público, implicaría una práctica inconstitucional, y a la vez un atropello a quienes no profesan una religión en particular.
Por su parte, para quienes están a favor de esta tradicional práctica, resulta paradojal excluir el “nombre de Dios” de cualquier actividad en la vida pública, ya que esta postura hipotéticamente “laica”, recae en otra declaración religiosa: la negación de “Dios”.
Y no solo eso, sino que también discrimina a quienes poseemos una fe trascendental, puesto que implícitamente se estaría beneficiando a aquellos que no creen en Dios.
La consecuencia es que en la práctica, Chile no sería un país laico, sino laicista, es decir, despojado de fe, y hostil hacia todo lo que implique el fenómeno religioso. De esta forma, solo los que poseen una cosmovisión “materialista-atea” estarían facultados para participar en la conducción de los destinos de nuestro país, y a la vez orientar la vida social, familiar, educacional y cultural.
El problema, es que todos sabemos la experiencia que han tenido las sociedades donde el materialismo ateo (en cualquiera de sus expresiones) se ha establecido. Las consecuencias no han sido las mejores, partiendo por la estatización de la vida, el control familiar, la imposición ideológica, y la vulneración de los derechos humanos.
Espero que este ensayo contribuya a una mejor comprensión de lo “estatal y lo religioso”, y que también sirva como trampolín para comenzar a enterarse del quehacer social, cultural y político de nuestra nación.

1. La separación entre Iglesia y Estado

Hay muchas miradas y enfoques del principio político de la separación Iglesia y Estado.
Una de estas miradas dice que el Estado tiene la responsabilidad y el deber de asumir una posición independiente, objetiva e imparcial ante las diversas tradiciones y expresiones religiosas que se desarrollan en la sociedad.
Esta presuposición asume dos elementos constitutivos del Estado: objetividad y potestad. Así, el Estado, al no ser confesional, se transforma en una institución política que pretende imparcialidad. Sin embargo, es vinculante, ya que posee las competencias necesarias para hacer prevalecer la neutralidad que se le ha mandatado.
Precisamente, lo que es un deber del Estado (mantenerse imparcial), ahora setrasforma en un derecho, es decir, puede ejercer la facultad de conocer y resolver las cuestiones relativas a la religiosidad y confesionalidad.
Bajo esta mirada, surge un par de interrogantes que son de vital importancia para la comprensión de la supuesta neutralidad del Estado.
La primera pregunta se refiere a la manera como debe ejercer el Estado su poder sobre las organizaciones religiosas. Y la segunda (que emana por consecuencia lógica de la anterior), es ¿Cómo debe tratar el Estado a aquellas personas que no profesan religión alguna?

2. Fuentes jurídicas del Estado laico (desde una óptica humanista)

Los antiguos juristas, filósofos y teólogos apelaban a la doctrina del “derecho divino” para justificar la existencia de los monarcas en la antigua Europa. De hecho, todo ser humano que detenta un tipo de autoridad sobre un grupo social debe justificar y explicar el origen de dicha facultad de gobernar.
De la misma forma, el Estado “laico” también tiene la obligación de explicar a la sociedad cual es la fuente de su autoridad, y a la vez justificar el origen y principio de sus facultades de gobierno.
Según algunos autores de tradición “materialista atea”, el Estado laico no pude encontrar su justificación en Dios, de lo contrario, su justificación sería un absurdo (Por principio de no contradicción, y debido a su naturaleza ontológica). Decir que un Estado laico encuentra su fuente en Dios es lo mismo que decir “soy ateo gracias a Dios”
Dado lo anterior, el Estado debe encontrar y buscar su justificación en otra fuente, esto es, en el “Pueblo” o “Nación”. Así, el “Pueblo” pasa a ser la fuente de donde nace el poder que ejerce el Estado. En otras palabras, es la nación la que mandata y otorga facultades al Estado1.
Sin embargo, este poder delegado tiene limites, y se desarrolla bajo determinados principios:

En primer lugar, este poder vinculante que posee el Estado, se desarrolla en función de un ordenamiento jurídico que está por sobre el mismo Estado, a saber la Constitución Política de la República. Ni el gobernante, ni ninguna otra institución, puede de motu proprio modificarla, eliminarla, ni agregarle. Cualquier tipo de modificación a la Constitución debe realizarse por medio de diversos mecanismos y complejos procedimientos donde actúan instituciones jurídicas creadas para ello.
En segundo lugar, el poder que detenta el Estado está limitado por un conjunto de instituciones que buscan apoyar, equilibrar, transparentar y fiscalizar la gestión de quienes están dirigiendo el Estado.
En tercer lugar, las facultades y derechos de quienes administran el Estado son temporales, es decir, hay plazos para su mandato, y se conoce con anticipación la fecha cuando se extinguirán sus derechos y ejercicio de gobierno. También existe la posibilidad de que bajo circunstancias especiales, el gobierno pueda ser destituido por otros poderes del Estado como la Corte Suprema y el Parlamento.
En cuarto lugar, el Estado es sujeto de derecho, es decir, es responsable políticamente y jurídicamente. En lo político significa que los gobernados, o electores pueden evaluar e imputar juicios de valor respecto del gobernante, proceso social que es indispensable para la concurrencia democrática y participativa de los ciudadanos.
En lo jurídico se refiere a que los gobernantes son responsables de su gestión de gobierno ante las cortes respectivas de justicia u otras instituciones.
Sobre estos limites (más otros principios no considerados en este capítulo), podemos garantizar la viabilidad de un gobierno correcto, transparente y orientado al bien de la sociedad.
La nación delega a los gobernantes parte de sus derechos, y los mandata para que administren con sabiduría los bienes materiales y jurídicos que la ciudadanía ha pactado conceder.
Este mandato, se realiza por diversos mecanismos y procesos electorales donde, comúnmente, la voluntad del pueblo se expresa por medio del sufragio. Esta es más o menos la idea de Estado que poseen algunos pensadores humanistas, y herederos de la ilustración francesa2. La que, en algunos aspectos, no necesariamente es contraria a la cosmovisión bíblica. Ya que ellos, los humanistas, en virtud de la gracia común, pueden tener similar luz en cuanto a los fines generales del Estado3.
Sin embargo, nosotros los creyentes, podemos adelantar que el fundamento del Estado se encuentra en Dios, y que es un instrumento de gracia común para frenar el pecado y promover el bien común. Este concepto lo desarrollaremos en los siguientescapítulos que vienen más adelante.

3. Rol del Estado como árbitro de la religión.

El rol del Estado como buen “árbitro” de las religiones comenzó a desarrollarse durante la reforma protestante. De este periodo, podemos recoger dos grandes experiencias donde el Estado ejerció sus facultades como mediador del conflicto religioso. Por un lado tenemos las guerras de religión desatadas en Francia en el siglo XVI4, y también la controversia religiosa en Hungría, que se resolvió con el edicto de Turda5. Que a criterio de muchos fue el primer documento oficial que declara la tolerancia religiosa en la historia moderna6.
Las disputas religiosas, la violencia por causa de la fe, y los abusos cometidos por las partes involucradas, hicieron que el Estado asumiera un rol de árbitro entre los distintos actores que luchaban por legitimar su existencia y ejercicio confesional.
Así, las confesiones católicas romanas, luteranas y especialmente reformadas, accedieron gradualmente (y a veces a regañadientes7), a que el Estado resolviera las disputas suscitadas.
El rol del Estado fue determinante en las guerras de religión francesas y húngaras. Muchos historiadores concuerdan que se lograron tremendos avances en materia de pluralismo religioso, tolerancia, democracia y la importante distinción entre confesión y nación.
Pero, ¿Cómo se logró que las distintas confesiones llegaran a reconocer al Estado como un mediador justo y neutral ante las cuestiones de fe? La explicación a esta pregunta la encontramos en la enseñanza de los padres y doctores de la iglesia, que durante siglos desarrollaron y predicaron una cosmovisión bíblica respecto de la creación, el ser humano, el matrimonio, la familia, la sociedad, el Estado y la historia.
Católicos romanos y protestantes compartían (más o menos) una misma visiónde mundo. A pesar de sus diferencias teológicas8, ellos concordaron y coincidieron en temas que no estaban en disputa, tales como: la dignidad del ser humano como imagen de Dios, el valor del matrimonio como expresión del amor de Cristo y la iglesia, la familia como unidad básica de la sociedad, el Estado como instrumento divino para promover la justicia y frenar el pecado9, y la historia como el vehículo donde la creación marcha hacia la consumación y Gloria de Dios.
Muchos de estos conceptos ahora nos parecen obvios y evidentes, sin embargo, fueron revolucionarios y novedosos con la llegada del cristianismo, y se desarrollaron con bastante profundidad y erudición durante la mal llamada “Edad Media”.
Fue el paradigma judeo-cristiano lo que dio forma al mundo occidental, y precisamente serían las controversias de la reforma protestante las que someterían a prueba todos estos nobles principios predicados y enseñados durante más de mil años.
Nadie puede negar que fue la influencia del cristianismo lo que trajo dignidad y respeto al género humano. Grecia y Roma se caracterizaban por un salvajismo, bestialismo y hasta canibalismo de proporciones10.
Por ejemplo, cuando Cristo cargó en sus brazos a los niños y los bendijo, dio a conocer la verdadera concepción que Dios tiene sobre ellos. No olvidemos que el filósofo estoico Séneca enseñaba que un padre tenia la potestad de enajenar, mutilar, dañar, eliminar, e incluso sacrificar a sus hijos como ofrenda a los dioses, pues eran de su “propiedad”. Otro caso es lo que registra Cayo Suetonio cuando se refiere a la esclavitud sexual de los niños en la antigua Roma11.
Los padres de la iglesia no olvidaron la enseñanza de su maestro, y lucharon con firmeza para suprimir las barbaries de la época antigua, con el fin de establecer los nuevos principios del evangelio que inyectarán al derecho una nueva mirada más piadosa y compasiva.
De esta manera, gracias al cristianismo, la sociedad fue asumiendo e integrando derechos y libertades que dieron dignidad a la mujer, los niños, al hombre y sociedad en general.
En resumen, católicos y protestantes, herederos de una misma cosmovisión, supieron ver en el Estado las competencias, y la jurisdicción suficiente para conocer y resolver las cuestiones que dieron origen a las guerras de religión12.
Fue así como el Estado, con la anuencia de católicos y protestantes, y bajo un marco jurídico inspirado en principios bíblicos y cristianos, asumió su llamado a resolver los conflictos y contenciones que se dieron en la esfera de lo confesional o religioso.

En resumen, la neutralidad que había asumido el Estado durante las guerras de religión, fue para servir y conciliar a las distintas religiones en sus procesos contenciosos, ayudarles a resolver sus conflictos, y proveer vías pacificas en pro de la armonía y estabilidad.
Sin embargo, este concepto de neutralidad del Estado ha mutado llegando a significar abstencionismo, neutralidad negativa, laicismo, indiferencia, anticlericalismo, intolerancia hacia la religión, e incluso, hostilidad hacia todo lo que sea confesional.
Lamentablemente, hoy día, quieren hacernos creer que la frase “Estado Laico” es sinónimo de “Estado Ateo”, lo que claramente es una perversión histórica, un atentado contra el valor social de lo religioso, y una violación al derecho de los individuos a expresar y promover su fe tanto en la esfera privada así como publica.
Mucha agua ha pasado bajo el puente, pero no es tarde para sacar al pizarrón los dogmas e ideologías que hoy se escuchan en algunos líderes políticos, y dirigentes sociales que pretenden exiliar la religión de la esfera pública, neutralizarla y someterla al campo de lo exclusivamente privado. Como es el caso del proyecto de ley que la diputada del partido el Partido Comunista, Camila Vallejo, quiere presentar para eliminar la frase “En el nombre de Dios” con que se abre cada sesión de la Cámara de Diputados.
Siendo así el caso, estamos en pie de decir que lo público, lejos de ser una esfera desprovista de creencias, es un lugar en el que debe coexistir una pluriforme variedad de expresiones confesionales y religiosas, donde el rol del Estado es generar espacios para la expresión confesional, la promoción de la libertad religiosa, y asistir como árbitro conciliador cuando brote algún conflicto de índole religiosa.
Entonces, los intereses, principios, y fin que persigue el Estado equivalen a los mismos valores que el cristianismo le transmitió a lo largo de la historia. Dicho de otra manera, la Iglesia fue la cuna donde se desarrolló el Estado moderno13.
Por lo tanto, cuando hablamos del carácter neutral o laico del Estado, nos estamos refiriendo a su rol conciliador ante crisis religiosas, y a la vez promotor de un pluralismo que facilite el fenómeno social religioso, y bajo un estado de derecho.

 

Rev. Walter Vega, V.D.M.
Iglesia Presbiteriana Cristo Rey

1 Por ejemplo, las visiones contractualistas en todas sus expresiones (Hobbes, Locke y Rousseau) 2 En un próximo capítulo explicaré la influencia de la revolución francesa en los conceptos de Estado, Sociedad e Iglesia.
3 Juan Calvino. “Institución de la Religión Cristiana”. Libros Desafío (Estados Unidos. 2012) Pág. 185 y ss. 4 Edicto de Saint-Germain (17 de enero de 1562), Edicto de Amboise (19 de marzo de 1563), Paz de SaintGermain (8 de agosto de 1570), y el conocido Edicto de Nantes o de pacificación en Abril de 1598, siendo

2 En un próximo capítulo explicaré la influencia de la revolución francesa en los conceptos de Estado, Sociedad e Iglesia.
3 Juan Calvino. “Institución de la Religión Cristiana”. Libros Desafío (Estados Unidos. 2012) Pág. 185 y ss.

4 Edicto de Saint-Germain (17 de enero de 1562), Edicto de Amboise (19 de marzo de 1563), Paz de SaintGermain (8 de agosto de 1570), y el conocido Edicto de Nantes o de pacificación en Abril de 1598, siendo  este último una politica de Estado gestionada por el rey de Francia Enrique IV.
5 “the promulgation of the 1568 Edict of Turda, which recognized the equality of four faiths – Calvinist, Lutheran, Roman Catholic and Unitarian – in Transylvania at a time when religious wars were all the rage in Europe”. Tim Burford and Norm Longley, The Rough Guide to Romania (Published by Rough Guides  Distributed by The Penguin Group, 2011) Pág. 208 6 “Nuestra Real Majestad, según decidió en los debates mantenidos anteriormente en su país sobre asuntos de religión, confirma junto con esta Dieta que todo orador predicará el evangelio según su propia concepción, en cualquier lugar si esa comunidad está dispuesta a aceptarlo o, en caso contrario, nadie deberá forzarlo sólo porque su alma no se sienta satisfecha con él. Y nadie, ni dirigentes religiosos ni otros,  podrá causar daño a un predicador por esta o por las anteriores constituciones; nadie podrá ser acusado a causa de su religión. Nadie tendrá permiso para amenazar a otros con prisión ni privar a nadie de su cargo a causa de su confesión: porque la fe es el don de Dios y procede de la escucha, y la escucha es por la palabra de Dios” http://www.harvardsquarelibrary.org/congregational-polity/the-diet-of-torda/ 7 «ne fut pas un acte gracieux, dû à la volonté du roi, dans la plénitude de sa souveraineté, mais un traité dont les articles furent débattus comme avec des belligérants » Jacques Bainville, Histoire de France (Paris, Arthème Fayard, Éditeur, 1924) p. 105
8 en especial las cuestiones relativas a la doctrina de la salvación y a la doctrina de la iglesia.

9 “es más bien ministro de la justicia de Dios” (Ro 13:1-8). R. J. Rushdoony, La Institución de la Ley Bíblica (Vallecito, California, Ross House Books. 2011), 10 “Las leyes de Partida autorizan al padre para vender y dar en prenda a sus hijos en el caso de suma pobreza a fin de que padre e hijo no mueran de hambre. Y lo facultan para matar a su hijo, y comerlo encuando sitiado el Castillo cuya defensa se le confiase y no tuviere que comer”. “Tratado Elemental del Derecho Civil Romano y Español”. Ramón Martí y de Eixalá (Barcelona, 1838), pág. 75 11 “La obscenidad fue llevada por él todavía más lejos, y hasta a excesos tan difíciles de creer como de referir. Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños creciditos, pero todavía en lactancia, le mamasen los pechos, género de placer al que por su inclinación y edad se sentía principalmente inclinado” Suetonio, Los Doce Cesares (http://www.imperivm.org/cont/textos/txt/suetonio_los-doce-cesares-tiberio-neron.html) 12 “Historia y Razón del Paradigma Westfaliano”. MARCÍLIO TOSCANO FRANCA FILHO. Universidad de Coimbra (Portugal)

13 «Fue la Iglesia quien enseñó por primera vez al hombre occidental lo que es un sistema legal moderno. Fue la Iglesia quien enseñó que costumbres, estatutos, casos y doctrinas en mutuo conflicto pueden reconciliarse mediante el análisis y la síntesis». Réginald Gregoire, Léo Moulin y Raymond Oursel, The Monastic Realm (Rizzoli, Nueva York, 1985), p. 277. [Ed. española: La teología monástica, Publicaciones Abadía Montserrat, Barcelona, 2001]

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