593

Los cristianos no somos agentes aislados del mundo. El mundo es nuestro teatro de operaciones, nuestro campo de batalla, pero también el lugar en el cual hacemos vida, nos reproducimos, trabajamos y generamos cultura, asidos a la esperanza de la consumación de nuestra redención. Pero en el ínterin, hay algunas batallas qué librar en contra de las falsas doctrinas y toda aquella forma de vida que pretenda transgredir el modelo que Dios ha prescrito en su palabra para regular la vida en sociedad. Pues, a fin de cuentas, somos soldados y militamos en el ejército de Jesucristo; se nos manda capacitarnos y revestirnos con la armadura de Dios y estar preparados para empuñar nuestras armas y así presentar nuestra defensa. El apóstol Pablo nos explica por qué:

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta”. (2 Cor. 10:4-6).

Vista la amplitud de nuestro rango de acción y considerando que nuestro Salvador nos ha encomendado a “ir y hacer discípulos a todas las naciones” (Mat. 28:19), en virtud de que “toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra” (vs.18), es de suponer que nuestra lucha no tiene limitaciones territoriales, ni tampoco intelectuales.

Considero pertinente este preámbulo para aclarar que, puesto que el dominio de Jesucristo el Rey se extiende sobre todas las cosas, ni siquiera el plano político es excluido y allí es donde entra la necesidad de admitir qué doctrinas teológicas, ideológicas y políticas son enemigas de la fe cristiana.

El expresidente chileno Salvador Allende inmortalizó una frase que hoy es icónica para la juventud progresista de nuestros días; ésta reza: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”1, haciendo referencia al hecho de que los jóvenes, por su ímpetu y rebeldía, debían apoyar la causa Socialista que él adelantaba en su propio país y en gran parte de Latinoamérica.

Al respecto, la Biblia nos dice algo que debemos considerar antes de ponderar su aseveración: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; más la vara de la corrección la alejará de él” (Prov. 22:15). Por ello y en aras de utilizar la Palabra de Dios como la vara de la corrección por excelencia, nuestro artículo comenzará por afirmar antes de proseguir a desarrollar algunos conceptos necesarios, que “Ser cristiano y defender, avalar, aupar, consentir e incluso ser indiferente ante el Socialismo, en cualquiera de sus matices, es una contradicción hasta ontológica”.

¿Qué es el Socialismo?

El Socialismo, como modelo político fue definido por Karl Marx y Friederich Engels en sus dos grandes obras, a saber, el Manifiesto Comunista y El Capital, como la etapa transitoria a la instauración del Comunismo cuya finalidad principal es la de construir a la fuerza una sociedad igualitaria y anárquica, en la que son abolidas las instituciones del Estado, la propiedad privada, los derechos individuales (que vienen a ser reemplazados por los del colectivo) y la religión, que el mismo Marx definió como «el opio del pueblo», es considerada como una de las principales enemigas a vencer, por ello escribió: “La abolición de la religión como la felicidad ilusoria de los hombres es una demanda para su felicidad real”2.

No es maravilla, por tanto, que en los regímenes socialistas que registra la historia: la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la China de Mao Zedong, la Vietnam de Ho Chi Minn, la Camboya de Pol Pot, la Corea de Kim Il Sung, e incluso la Cuba de Fidel Castro estén marcados por la persecución, el exilio y el asesinato de los líderes religiosos y la prohibición de todo culto, muy especialmente el cristiano. Pero ¿cuál es el motivo principal del odio que demuestran los socialistas a la religión cristiana? Es simple, el Socialismo se opone diametralmente a la verdad revelada de la Palabra de Dios.

Paradójicamente y a pesar de que Marx llamaba a la abolición de la religión, su misma doctrina ha llegado a convertirse en la máxima expresión de la religión del humanismo, que llega a alcanzar su clímax en el Estatismo, el cual propone que el Estado “se siente en el trono de Dios, como dios, haciéndose pasar por Dios”, algo que, según el apóstol Pablo, era señal de la obra del anticristo (1 Tes. 2:4), el cual además “se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto”.

Al respecto, la autora Simone de Weil, filósofa y activista política, nos relata lo siguiente en una de sus obras: “El Marxismo es, indudablemente, una religión en el más bajo sentido de la palabra […] ha sido continuamente utilizado, tomando en cuenta la célebre frase del propio Marx, como un opio para los pueblos”3. De modo que la obra de Marx se ha convertido en aquello que él mismo juró destruir, convirtiéndose en el principal profeta de una religión fatalista, humanista y enemiga del Cristianismo. Visto esto nos preguntamos ¿acaso los cristianos tenemos permitido el comulgar con postulados que promueven una falsa religión, que presenta a su vez a una falsa deidad y una moralidad subjetiva y cambiante, según el avance y desarrollo de los pueblos, como lo enseña el materialismo dialéctico de Marx? De ninguna manera, del mismo modo que la luz no puede tener comunión con las tinieblas (2 Cor. 6:14).

La Justicia Social

Uno de los casos más preocupantes de nuestros días es ver cristianos ajenos de la batalla de las ideas en el plano político, social e ideológico, pero al mismo tiempo abogando a favor del proteccionismo estatal bajo el esquema de la «justicia social». La justicia social es definida como el medio según el cual el aparato coercitivo del Estado redistribuye la riqueza existente en la sociedad, promoviendo la igualdad entre las personas; pero ¿cómo se puede “redistribuir” de forma equitativa una riqueza que no es producida de forma equitativa? Al hacerlo, estaríamos cometiendo una terrible injusticia y tomando como modelo a seguir a Robin Hood, en vez de a Jesucristo. El Premio Nobel de Economía austríaco Friederich August von Hayek, quien también era cristiano, escribió lo siguiente sobre este tópico:

“Particularmente parece haber sido abrazado [el concepto de “justicia social”] por una gran parte del clero de todas las denominaciones cristianas, quienes, a medida que pierden su fe en la revelación sobrenatural, parecen haber buscado un refugio y un consuelo en una nueva religión “social” que sustituye una promesa celestial de justicia por una temporal, y que esperan poder continuar así sus esfuerzos por hacer el bien. La Iglesia Católica Romana, especialmente ha hecho de la causa de la “justicia social” parte de su doctrina oficial; pero los ministros de la mayoría de las denominaciones cristianas parecen competir entre sí planteando tales ofertas con objetivos cada vez más mundanos, que también parecen proporcionar la base principal para renovar esfuerzos ecuménicos 4.

La justicia social no solo es un terreno peligroso que la religión del humanismo ha dispuesto, en el que muchos que son movidos por sus sentimientos y no por la palabra de Dios han decidido hacer frente común con los enemigos de la fe; sino que además constituye una perversión de la Justicia, uno de los cimientos del trono de Dios (Sal. 97:2) y uno de sus atributos más remarcados en toda la Biblia.

El jurista romano Domicio Ulpiano (¿Tiro?, ¿170? – Roma, 228 d.C.) legó a la historia la definición de justicia más aceptada por la tradición jurídica: “Es la constante y perpetua voluntad de dar a cada cual según le corresponda”, y esto concuerda con la definición que Dios da de sí mismo en las Escrituras, en las que se describe como un «juez justo», uno que paga a cada cual conforme a sus obras (Ez. 36:19; Os. 4:9; Os. 12:2; Mat. 16:27; Rom. 2:6; 2 Cor. 11:15; Ap. 20:12-13). Por ello nos manda en la Ley: “No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lev. 19:15).

Pero la justicia social procura favorecer injustamente al “débil jurídico”, al pobre o a aquél que puede probar que cuenta con una situación desfavorable frente a su contraparte. Y esta ha sido la bandera de movimientos como el lobby LGBT y el movimiento feminista de la tercera ola, los cuáles también son un legado del pensamiento de Marx (y que quizá lo tratemos en otra entrada), ellos se autoproclaman como oprimidos y por ello reclaman al Estado su “reivindicación social”. Por ello el tema de la justicia social no solo se limita al aspecto económico y político, sino que tiene implicaciones morales que atentan contra el espíritu de la palabra de Dios y contra la cultura cristiana.

¿Fue Jesús el primer Socialista?

Muchas personas suelen recitar con suma recurrencia un adagio que logró inmortalizar el expresidente venezolano Hugo Chávez, precursor político del Socialismo del Siglo XXI, quien afirmaba que nuestro Salvador Jesucristo fue el primer Socialista. Para respaldar esta aseveración, él citaba las palabras de Jesús en el Sermón del Monte, que rezan: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mat. 5:3). ¿Nota algo extraño? En efecto, esta bienaventuranza de Jesús no fue dirigida a los pobres per se, sino a los “pobres en espíritu”, algo que Chávez omitía adrede. También, le encantaba citar las palabras de Jesús que dijo ante la actitud del joven rico: “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mc. 10:25). Ignorando también, a propósito, que las palabras de Jesús no se referían a que estaba mal propiamente ser rico o tener riquezas, de hecho, los apóstoles Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo eran de familia acomodada y con jornaleros a su servicio (Mc. 1:19-20). El problema radica en que los ricos fácilmente se desvían del servicio a Dios para servir a sus propios deleites, como indica también Pablo más adelante: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:9-10). De modo que las riquezas no tienen nada que ver, sino la actitud del hombre hacia ellas.

Sin ánimo de pretender extendernos más en este punto, debemos decir que el Señor Jesucristo desmontó todo el paradigma marxista en la parábola de los jornaleros con una frase: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” (Mat. 20:1-15). Al leer tal relato, cualquier líder socialista podría considerar a Cristo como un burgués explotador, pero no, Jesucristo es el Rey justo por excelencia.

Para complementar dicha idea, tenemos como ejemplo representativo del primer socialista en Judas Iscariote y no en Jesucristo: Faltando poco para la entrada triunfal en Jerusalén y la celebración de la pascua, el Señor Jesús visitaba a su amigo Lázaro (de quien se cree que también era rico) y estando ambos sentados a la mesa junto a los demás discípulos, Marta les servía; María tomó una libra de perfume de nardo puro y lo vació todo sobre los pies del Señor, mientras los enjugaba con sus cabellos. Inmediatamente toda la casa fue llena de la fragancia del perfume, que era extremadamente costoso. Algunos evangelios relatan que todos los discípulos vieron esto como un desperdicio, pero solo el discípulo amado relató que Judas Iscariote dijo: “¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios y dado a los pobres?”. Trescientos denarios era el salario normal de un jornalero común durante un año, ¿se preocupaba Judas de ayudar a los pobres? En lo absoluto. “Él no dijo esto porque tuviese cuidado de los pobres -dice Juan-, sino porque era ladrón y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella” (Juan 12:1-6). ¿Acaso los políticos que pretenden redistribuir la riqueza ajena para dársela a los pobres son diferentes a Judas? Bien dice el refrán: “El que parte y reparte se queda con la mejor parte”, y ellos lo saben bien. Por ello es ampliamente conocido que los líderes Socialistas son los paladines del doble discurso, la mentira y la inmoralidad, pues a pesar de sus premisas de igualdad y el odio y resentimiento que profesan en contra de los ricos, una vez toman el poder político comienzan a vivir como auténticos miembros de la realeza.

Otro evangelio, otro reino, otro dios.

Pero no podemos culminar el presente ensayo sin antes precisar, cuál debe ser,
por tanto, la actitud del Cristiano frente al Socialismo. Durante los últimos años,
algunos intelectuales han argumentado que la doctrina marxista puede ser resumida como “el evangelio de los pobres”, pero este es un evangelio que anuncia promesas de justicia social y la construcción de un reino en el que Cristo no reina. Las alarmas de cualquier cristiano bíblico resuenan ante tal aserción e inmediatamente recuerdan las palabras de Pablo respecto a creer o promover otro evangelio: “No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gál 1:7-8). Por lo cual podemos entender que el Socialismo es un evangelio anatema, diferente al que nos ha sido anunciado por el Señor Jesucristo y sus siervos los profetas y apóstoles. No en balde, el célebre periodista y estadista venezolano Carlos Rangel, se refirió al Marxismo como “una triste caricatura del Cristianismo”, a lo que comentamos que, más que una caricatura es una vulgar falsificación.

Por ello podemos afirmar junto al prominente teólogo Reformado Henry Van Til, que: “La religión de un pueblo llega a expresarse en su cultura, y los cristianos solo pueden estar satisfechos con una organización cristiana de la sociedad” 5. Trabajemos, pues, por el Reino de Dios y preparémonos para pelear la buena batalla, acabar la carrera y guardar la fe (2 Tim. 4:7).

1 Salvador Allende, discurso ante la Universidad de Guadalajara, México, el 02 de Diciembre de 1972.

2 Karl Marx, Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Introducción, 1843.

3 Simone Weil, “Y a-t-il une doctrine marxiste?”. Paris: Gallimard, 1955; p. 229.

4 Friederich von Hayek, Law, Legislation and Liberty: A New Statement of the Liberal Principles of Justice
and Political Economy; Volume II. The Mirage of Social Justice; 1976, pág. 66.

5 Henry R. Van Til, El Concepto Calvinista de la Cultura.

Por Jorge Jaramillo

Anuncios

2 comentarios sobre “Cristianismo Socialista | Una Contradicción Ontológica.

  1. Estoy a favor de la justicia social y no de las injusticias sociales. Pero no estoy de acuerdo con el marxismo y otros que roban a unos para darlos a otros. Eso no es JUSTICIA SOCIAL!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s